Entre los poetas nacidos en los años 80 en Cuba destacan, a mi modo de ver, tres escritores en quienes la calidad y el rigor estético definen el espíritu de contemporaneidad de una generación. En ellos se manifiesta la resistencia espiritual del individuo en poemas a veces de corte existencial o que muestran a veces los caminos entre la pasión y el misterio —Daniel Duarte de la Vega—; los desafíos que impone la condición femenina —Ismaray Pozo— y los universos arduos de las relaciones familiares —Marta Luisa Hernández Cadenas—. Como han afirmado Ángel Pérez y Javier L. Mora, la rigurosidad en el manejo del lenguaje, la experimentación de recursos literarios, la consistencia conceptual y la identidad de voces hacen de la escritura de estos autores notables hallazgos de nuestra contemporaneidad, los cuales, a su vez, constituyen aportes a tener en cuenta cuando se habla de la poesía cubana que ha emergido del año 2000 a nuestros días.[1]
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Presentamos hoy a un poeta que ya muestra frutos muy loables de su trabajo, aunque es joven todavía, que tiene entre sus mejores virtudes ser un lector constante, selectivo y dedicado, y tales actitudes se vislumbran con acierto en su lírica. Nos referimos a Daniel Duarte de la Vega (1983).
Así, en sus poemas encontramos que el conocimiento se detiene ante el enigma, que el enigma pugna con el conocimiento, y se nos habla de la inercia social y su imprescindible modulación estética, armada como un arte.

Aquí la lectura y la exégesis trasmiten desconcierto, opresión, lo que nos recuerda que “no hay poema que pueda llamarse tal si no implica una querella, una disputa con uno mismo” [2]. En tal sentido, el poeta apuesta por lo ingenioso y civilista. Entonces emergen las maniobras de adaptarse al destino: donde no hay salvación, y cada uno cree y crea su propia salvación, donde lo kafkiano apunta a lo hipnótico, por lo desconocido. Así encontramos imágenes de opresión en retratos espirituales, metafísicos, en lo que somos y en quien se nos enfrenta, descubriendo algo de desarraigo en uno mismo cuando se vuelve a sí.
Aquí se habla de lo inestable, lo físico y lo maquínico atisbados, de cinéticas que van tejiendo una filosofía irónica, desgastada, donde lo vivo como deshecho invade las relaciones humanas, y, pese a su “entusiasmo”, las vuelve inoperantes. Pero que predica, sin embargo, la utilidad del dolor y su carácter fructificante, pese al tono irónico, aunque descubra que los tiempos épicos se quedaron atrás.
Se intenta describir el momento en que lo auténtico y lo falso intentan reconciliarse o, algo terrible, la imposibilidad de ser auténtico. De tal manera, estar vivo se constituye en una especie de celosía del pensamiento que soporta las inercias del mal, las del vacío, donde el devenir existe y solo es contemplado tras el velo aun, y como metáfora. Encontramos también en su poesía textos de corte existencial, tejiendo belleza con los elementos de la crisis. Daniel sabe que la única forma literaria que resguarda con mayor intensidad el misterio de lo indecible es la poesía, como bien ha expresado Liliane Wouters.
“Seduce en las obras de este autor su gran dominio de la tradición poética y su cultivo del tema de la imagen poética como centro de sus preocupaciones, sin desdorar para nada los ángulos de novedad y eficacia de su escritura”.
Su poesía aborda igualmente el flujo indetenible y el carácter fugitivo del universo, como señal indeleble sobre todos los elementos que conforman nuestra existencia, y la propensión del universo a la imagen. Es así que esta obra poética pretende hacer ver los infinitos caminos entre la pasión y el misterio. Porque la variedad del universo se define encima de la fugacidad, en viajes concéntricos y tenaces de la semilla al fruto, y viceversa. Seduce en las obras de este autor su gran dominio de la tradición poética y su cultivo del tema de esa imagen como centro de sus preocupaciones, sin desdorar para nada los ángulos de novedad y eficacia de su escritura.
La concepción decimonónica del poeta como héroe y vidente es sustituida por la del sabio cuya misión es revelar, compitiendo con el científico, la verdadera complejidad del mundo. Por eso la poesía se vuelve “difícil”, e incorpora un fuerte elemento de racionalismo escéptico [3]. Un poco de esto y quizá de manera evidente ocurre con la poesía de Daniel Duarte de la Vega. En ella se nos habla de la permanencia de los hechos y las cosas desde la filosofía donde todo se iguala, y todo es lo prístino que aparenta otro sentido, donde el lenguaje está repleto de “jirones” que no reflejan el sentir y el pensamiento del hombre. Dada su identidad un poco inaccesible, el mundo nos engaña y crea rostros, figuras y objetos que reniegan sus idénticos orígenes con un lenguaje que se queda en la aspiración de ser legítimo. De esta opacidad de la percepción y del incumplimiento del deseo, lo que va quedando, lo que va permaneciendo, es la disipación, el humo.
“Su poesía aborda igualmente el flujo indetenible y el carácter fugitivo del universo, como señal indeleble sobre todos los elementos que conforman nuestra existencia, y la propensión del universo a la imagen. Es así que esta obra poética pretende hacer ver los infinitos caminos entre la pasión y el misterio”.
Según el poeta, todo conocimiento es subjetivo y relativo a su perceptor: “lo esencial a la vista no pretende ser dado […] el recodo es tan hábil que su imagen se repliega.”; “si se está hablando en serio, tiene que ser arena”. Y prevalece la incognoscibilidad del mundo, el escamoteo, la disolución y el misterio del universo. De ahí la importancia que reviste para él la fijeza, de ahí esa insistencia en la fijeza, que va ejerciendo su poder sobre el mundo, y que rápidamente se representa en la imagen poética; porque aquí se abraza la imagen, el arte, aunque nuestras percepciones nos engañen o sean inferiores a nuestra idea del mundo; aquí el sujeto se deja seducir por la imagen en un espacio donde siempre nos acompaña la gran poesía y la experiencia libresca, la fijeza con la que percibe, con la que sentimos, con la que pensamos —el sustantivo aparece varias veces en su obra— porque en este autor “la resistencia del sentido tórnase aliviadero frente a las cargas simbólicas de lo real y su ilusión fonético versal[4] “ofrecer de repente ante la transparencia y desaparecer” ; “el ojo / ignora / si es arcilla / o retama” . El fruto árido de la imagen, por extensión, del arte es lo que defendemos, aunque llegue a nosotros como rumor. Aquí el escritor enseña sus muchas dársenas donde se ha resguardado artificialmente y ha anclado su saber, y lo ha levantado del fondo también, esos sitios donde entrego lo que llevo, y recojo todo lo que necesito a través del intercambio que crea en una realidad intermedia que llega a ser el todo.
Una ciencia urde el yo ante el reflejo de la realidad. Dada esa peculiaridad, en su obra abundan los poemas de poética donde, pese a la desconfianza en nuestras percepciones, y, por tanto, en el signo, en las imágenes, el ser intenta confiar, lo que en él no es otra cosa que resistir, y esto ha sido desde la prehistoria del hombre. Cuando hace un razonamiento abstracto de lo concreto, poniendo a prueba una filosofía, una cosmología o un élan, me recuerda vivamente la poesía de Ismael González Castañer, sin duda, uno de sus maestros, como he podido comprobar en mis estudios de un libro a otro de Daniel Duarte de la Vega. Amén de su misterio y parsimonia, el libro exhibe opacidad, lenguaje tejido con cosmopolitismo, incluso ecumenismo, y aliento filosófico. El choque entre civilizaciones y culturas aflora en estos textos donde lo uno puede ser lo otro, y se pretende adentrarse un poco más en el ser y la naturaleza humana, siempre en búsqueda de la comprensión verdadera, aunque prevalezcan presentimiento y ansia, pues, como dice y demuestra el poeta, “lo sagrado es la misma esencia de la vida”, [5] y el lugar del arte pudiera ser más alto que el de la filosofía. Aquí se concibe a la naturaleza como un sitio de opacidad, resistencia y misterio que, como tal, ofrece estos dones a los hombres y de manera especial a la poesía, aquí las cosas significan preguntas, y la materia está todo el tiempo en guardia.
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La eficacia del texto, en tanto hecho estrictamente poético, también caracteriza a la obra de Ismaray Pozo (1987) donde la realidad de las cosas es la obra de las cosas, y la apariencia de las cosas es la obra del hombre; un alma que se complace en las apariencias ya no halla placer en lo que recibe sino en lo que crea.

Pude recordar esta aseveración de Schiller leyendo sus poemas. Aquí los poemas son como viajes en que se aprecian fragmentos que clasifican como paisajes precisos de la identidad femenina que la poeta atisba o arrebata en estado de lucidez, es decir, de éxtasis. Ella no teme echar mano a lo fantástico cuando esto describe o valora con agudeza la realidad. Entonces, la poeta comprende que la mujer, y por extensión, la madre, es un personaje de capas, porque sabe que es inadmisible socialmente mostrar su verdadera naturaleza, la que inevitablemente tiene que comerciar con una naturaleza castigada.
El hallazgo de estos breves versos, frecuentes en su poesía, es quizás uno de los aspectos más valiosos de esta entrega, y que la hace singular, donde la naturaleza de lo femenino se cifra y se escapa, se escapa y se cifra, pese al empaque frío e irónico del discurso —el lenguaje irónico bien cosido al dolor, el dolor subordinándose a lo maquínico, al acto de asistir, a la vez tibia y fría, a la vida— al desenfado, aquí asumido, típico de la poesía de su generación. Versos como pedazos de destino femenino que irrumpen para no borrarse jamás. Pero estas imágenes de opresión, con sesgo original o contemporáneo, llevan en lo más profundo de sí también un ansia de desdramatizar, casi se diría que el mal en ellas no existe si no lo pueden sobreponer, en una mezcla de ironía, sarcasmo, donde el yo lírico considera conmoverse un error: destino, destino de mujer. Por eso el desgarramiento es frío, natural, manido, aunque siga ocurriendo, incluso, suceso histórico, no de la emoción.
“Ella no teme echar mano a lo fantástico cuando esto describe o valora con agudeza la realidad”.
Entonces vemos nacer la calidez inevitable que volvió una a la madre y la casa, donde el paso del tiempo es tan terrible como hermoso, y hermoso porque es terrible. Es la cobija la protección herida, es la intemperie con un camino seguro de vuelta. Entonces la casa es la mujer y el crecimiento, que va desde llegar a ser, hasta el enfrentamiento ofensivo con el mundo. Es la casa superponiéndose a la mujer, la mujer superponiéndose a la casa, sin amagos de debilidad, incluso, destilando cierta violencia, pues estamos ante lo cotidiano invisiblemente trascendente, lo trascendente invisiblemente cotidiano. Porque la poeta sabe que una casa es quien la habita, por mucho que del tiempo parezca el encanto. Por eso la maternidad es vista en el libro como un universo omnipotente, como cualidad que sustituye al universo, donde lo humano no es lo natural, sino que está incrustado en lo natural. Es la madre estableciendo las clavijas del mundo en la voz de la recitante, porque esa certeza está incrustada en la realidad.
Estamos ante una identidad que intenta sobreponerse a sí misma en “los viajes representativos” que ejecuta en sociedad, empujada por el gesto de sal de otras mujeres, distanciada por los caminos que teje una mente bien puesta en su lugar. Una identidad que afirma que el sentido de la vida femenina no depende del amor, ni de un hombre, incluso, ni del hijo, pues asistimos a una reacción contra lo que se cree que es la esencia de la mujer, que en realidad es segregación, algo más profundo, inclasificable [6]. En tal sentido emergen en algunos poemas los fundamentos de una sexualidad, y se borda a tientas la naturaleza femenina con seca inteligencia y sin sublimación. La mujer se entrega a una identidad que, al ser asumida, pronto llega a percibir que la niega a ella misma. Entonces la poeta comprende que la mujer, y por extensión, la madre, es un personaje de capas, porque sabe que es inadmisible socialmente mostrar su verdadera naturaleza, la que inevitablemente tiene que comerciar con una naturaleza castigada.
“En su poesía el destino femenino puede ser preconizado o adivinado en una foto o en una frase (…)”.
En su poesía el destino femenino puede ser preconizado o adivinado en una foto o en una frase, así como la opulencia masculina, presidiendo, desgastada. Pese a lo cual hacen inusual a su poesía el tratamiento original de la incertidumbre de la vida afianzándose en la certeza de la vida, donde se entrevé la naturaleza oscura, trágica, de la existencia de la mujer, algo por supuesto no solo ontológico, sino que es ontológico porque primero es social; ver lo trágico del mundo con objetividad, lo inhumano de los gestos más humanos convirtiéndose en código de la vida, por ejemplo las enseñanzas y descubrimientos fríos de la pérdida. Porque se trata aquí, con iluminado juicio, del conocimiento y autoconocimiento femeninos como fundamento para la autovaloración y el cumplimiento de nuestra esencial y cardinal misión en la sociedad, lo que es decir, cómo esa condición femenina se acomoda y reluce sobre la naturaleza universal de todas las cosas.
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Los avatares de esa naturaleza femenina, pero ahora unidos al universo complejo de la familia, son uno de los temas medulares en la poesía De Marta Luisa Hernández Cadenas (1991). Ella es una autora de fuerte sesgo dramático y performático. La poesía es un espejo que hace hermoso aquello que está distorsionado, la poesía es una especie de concentración, en una buena parte, inconsciente, [7] en estas ideas de Shelley y Eliot pensaba mientras leía el libro Días de Hormigas de Marta Luisa Hernández, Premio David del año 2017, donde asistimos a un espacio, sin dudas, teatral, donde “ella está escenificando su memoria: sus días y sus noches debajo de los ojos de la madre y de la abuela. Y de la muchacha fantasmal.” [8]

Son tejidos allí el mundo de la familia, y el teatro sin fin de las relaciones de la madre con la hija, del mundo de la madre con los hijos en el que siempre gravitamos, “como un diario de apuntes de una puesta en escena, como un diario sobre la soledad”, [9] y por supuesto, una historia de amor o desamor, pues de ello podrían conformarse todos los discursos posibles; del amor como drama, para lo cual echa mano a la metáfora de las hormigas, relacionándola con categorías que tienen que ver con el teatro, y que representa disímiles ideas u obsesiones a lo largo del cuaderno, como por ejemplo, a la familia. Las diversas metáforas sobre el diminuto insecto van dando cuerpo al libro en el que se logra la poesía muchas veces a través de una mezcla de ingenuidad y espontaneidad. Uno de sus filones más efectivos es cuando las vincula al incesante movimiento, a la incesante búsqueda, al símbolo de una huella. Entonces la memoria es como un baúl de evidencias para explicar el presente, entonces la familia es el mundo encantado de este yo lírico casi adolescente que legitima sus otros mundos conteniéndolos en este. Por eso las hormigas son también lo esperado, lo prometido, lo venturoso que llegará en oleadas, por eso esta ilusión, este goce, esta pieza teatral con aliento poético es también un perfecto acto mental de inclinación atávica, que escoge a las hormigas como síntoma, como desazón en el que se oye al final.
En su poesía el tiempo de lo(s) muerto (s) puede ser un solo cuerpo: el propio. Entonces se crea una geografía otra y angustiante que da testimonio del absurdo y de una esencia de dolor profundo que no muta, por eso emparenta con la muerte, aunque su “argumento es la condición humana considerada en sí misma, no como acontecimiento histórico.” En la obra de Martha Hernández Cadenas, según Nanne Timmer, se construye paralelamente un devenir-mujer y un devenir-in-secto. La voz se mueve en una liminalidad entre devastación e ilusión, extinción y supervivencia, donde se formula un testamento de la infancia y adolescencia. Puede hablarse de cierta forma de un bildung que atraviesa paisajes devastados, un crecer que duele. Superar así las fronteras entre las especies a fin de compartir —incluso— corporei-dades de modo transgresivo, equivale a construir nuevas formas de resistencia. [10]
“La voz se mueve en una liminalidad entre devastación e ilusión, extinción y supervivencia, donde se formula un testamento de la infancia y adolescencia”.
En su poesía, dado el dolor y el desgarramiento, el amor es como algo que agregan a nuestro cuerpo, que no se sabe si lo vamos a recibir o nos definirá cuando se coloque sobre nosotros. El suceso de las muertes de los 11 vegueros cubanos que ofrendaron sus vidas en la recordada sublevación, víctimas del colonialismo español en 1723, le sirve a la autora para, con un sintomático lenguaje paradójico y pleno de enumeraciones negativas, propias de su estilo, dar testimonio de un cataclismo que recorre al mundo y la penetra a ella, pues no existe ni el fruto, ni su muerte:
NECRÓPOLIS LOCAL
Hace mucho tiempo no existe el mundo. No existo yo, como no existen la pérdida y la descendencia. Hace mucho tiempo me vi entre los escombros y las ramas cortadas. No existe la raíz, como no existen el silencio y la humedad. Por eso estoy viva. Aunque hace mucho tiempo me rasgué durante 16 minutos los párpados y me estrujé miles de veces la memoria para olvidar lo inalterable de mi existencia. Ha pasado todo este tiempo, el otro tiempo, nuestro tiempo, ha pasado sin gloria ni existencia para el hierro. [11]
Este “hierro” me recuerda a la conocida metáfora martiana en el poema de igual nombre, pues son las armas, el cambio, la acción del hombre sobre algo, la fundación por fundición, de algo nuevo: la hazaña. Asistimos a la personificación o performance dramático de un estado, de una condición extrema de cataclismo para el humano, “y a partir de ahí hurga en la existencia, en las razones de ser y del ser […] frente al aparente sin sentido de nuestro estar en el mundo”. [12] Todo lo cual encuentra un asidero en la propia confesión de la autora de que estas páginas son fruto de la experiencia del terrible tornado que azotó hace varios años a La Habana, y de su viaje, haciendo donaciones a los damnificados por los municipios de la ciudad. Es así que sobre el yo lírico se personifica el acto de exhumar, y es él el protagonista del estremecimiento extremo. Por momentos, y hacia el final del poema “Exhumación 27. 01.19” siento que se representa la famosa exhumación de la Milagrosa del Cementerio de Colón, en el afán de la autora de atraer sucesos, personajes y cosas, y reflejar lo que se levanta, lo que queda después de la muerte:” Quiero que me pongan este abrazo encima / Quiero que me pongan este hijo encima”. La casa es el cementerio, y, por extensión, también lo es la ciudad. En este viaje del pasado al presente, y del presente al pasado de la urbe, de Cuba, y del mundo, porque el discurso toma esas medidas, se redimensiona la ciudad desde su cotidiano renacer, y el yo lírico se aferra a la memoria del sitio al que pertenece. Los paisajes a través de los años van juntando sus manos renegadas, van siendo los mismos, si viajamos sin piedad hacia atrás, pero “existe el poeta extrañado en la belleza” [13], quien repara en que” los objetos, las personas, los sitios que aparecen encarnan maravillas, inscritos en su propia aniquilación” [14], el poeta que sueña con la niña–visión, el poeta que puede pronunciar el nombre, y que sabe, con Cesare Pavese, que la condición de todo impulso poético, por elevado que sea, es siempre una atenta referencia a las exigencias éticas, y también prácticas, como es natural del ambiente donde se vive.
Notas:
[1] Ángel Pérez y Javier L. Mora. “La desmemoria: lenguaje y posnostalgia en un selfie hecho de prisa ante el foyer del salón de los Años Cero (prólogo para una antología definitiva).” Long Playing Poetry Cuba: Generación Años Cero. Editorial casa Vacía, Richmond, Virginia, 2017, p. 22.
[2] Seamus Heaney. Obra reunida (trad. e interpretación Pura López Colomé, Trilce Ediciones, México, 2015, p. 13.
[3] Juan José Dávila. “Breve panorama de la poesía inglesa del siglo XX” en De Hardy a Heaney. Poesía inglesa del siglo XX, UNAM, México, 2003, p. 11.
[4] Nota de contracubierta del libro.
[5] Marguerite Yourcenar. Confesiones de Escritores. Narradores 1, Librería Editorial El Ateneo, Buenos Aires, p. 69.
[6] Véanse los poemas “Viendo una foto del Festival Nigránjazz” (pp. 34 – 35) y “La anunciación”, p. 64. Ismaray Pozo. La recitante, Ediciones Extramuros, 2019.
[7] Véase respectivamente, Percy B. Shelley. “En defensa de la poesía” y T.S. Eliot. “La tradición y el talento individual”, en El Placer y la zozobra. El oficio de escritor, UNAM, 1996, pp. 26 y 167.
[8] Nara Mansur. Nota de contracubierta del libro.
[9] Larry González. “Años de hormigas…”, La Gaceta de Cuba, n. 5, sept. – oct., 2018, p. 62.
[10] Timmer, N. (2024). Extinción o supervivencia de las especies: hormigas, tataguas y mosquitos en la obra de Martha Luisa Hernández Cadenas. 452ºF. Revista De Teoría De La Literatura Y Literatura Comparada, (30), 165–181. https://doi.org/10.1344/452f.2024.30.9
[11] Martha luisa Hernández Cadenas. Los Vegueros, Colección Sur, La Habana, 2019. Ob. cit, p. 9.
[12] M.L.H.C. Ob. cit, p. 9.
[13] MLHC. Días de hormigas, Ediciones Unión, La Habana, 2018, p. 12.
[14] Pura López Colomé. “A la altura de sí mismo” en Seamus Heaney. Obra reunida. Trilce ediciones, México, 2015, p. 21.