“…yo soy un chamaco de Buenavista… del templo de Buenavista…”

Han pasado más de cuarenta años desde la primera vez que escuché cantar a Paulo F.G. Él, por ese entonces, era miembro de una orquesta que hoy muy pocos recuerdan y que respondía al nombre de Caracol. Su director era el percusionista Humberto López, conocido en el ambiente artístico como Puchilán, y su director musical era Picallo, el mismo que pensó y orquestó una de las obras maestras de la historia de la música cubana cuando era miembro del Conjunto de Roberto Faz: “Los mosaicos”.

Fue en el cabaret Parisién del Hotel Nacional. Había entrado en esa orquesta por mediación de José Luis Cortés, El Tosco, que lo recomendó. Meses después estaba en la nómina de una de las más importantes formaciones cubanas de ese tiempo, Los Yakos, que eran de Matanzas, de Unión de Reyes; y a la que pocos conocen, pero que son junto a algunos elegidos ─Irakere, Los Reyes 73 y la Ritmo Oriental— parte importante de la génesis de ese hecho musical que hoy conocemos como Timba.

En los Yakos tuvo dos grandes aprendizajes: el tarimeo (que es lo mismo que estar frente a un público insaciable e incansable) y la rumba matancera; sobre todo la influencia de Los Muñequitos de Matanzas, que por aquel entonces eran parte fundamental de esa vanguardia rumbera que responde al nombre de guarapachangueo. Había sido llamado para sustituir a Israel Sardiñas, que había pasado a formar parte de Los Van Van.

En ese momento volvimos a coincidir. Fue en un baile en los comienzos de La Tropical. No había mucho público porque los Yakos eran los reyes de Matanzas y en La Habana, por ese entonces, señoreaban la orquesta Revé, con un trío de cantantes temerarios: Valentín, El Padrino y Alfonsito; Adalberto ─con el que haría fortuna brevemente─, Irakere con Oscar y El Tosco como voces líderes, y Los Van Van; solo que en la tropa de Formell ya no estaba Israel Sardiñas.

Su primer tema con la orquesta Dan Den lo definiría para siempre, “El chico Suchel”.

Por ese entonces Pablito ─que así le llamaban todos— era “un león adolescente” en el tema de sonear. Después le perdí el rastro, sobre todo porque Los Yakos cuando no hacían bailes estaban en la plantilla de algún cabaret y el repertorio era más que hacer a los cubanos sudar. Fue en ese entonces que Pablito se afianzó como “potencial bolerista”. Y es que en cabaret hay que cantar lo que sea.

Un buen día llegó a mis manos un disco de un grupo cubano llamado Galaxia. Era una combinación de jóvenes estrellas de la música cubana de entonces ─el de mayor edad era el trompetista José Miguel Crego─, dirigido por Ramón Huerta y que tenía como integrantes a músicos de la talla de Ángel Bonne, Diego Valdés, entre otros; y ahí estaba “el hijo de Caridad”, poniendo el son como debía ser, solo que con una fuerza distinta, la que había aprendido en sus cortos pero intensos años de carrera profesional.

Fue gracias a Lorenzo, su hermano, que volvimos a reconectar. En esos años nos cruzamos muchas veces en Buenavista, su barrio; y le escuché hablar de algunos de sus sueños y de la admiración que sentía por la música de un grupo llamado Opus 13, con el que había coincidido muchas veces en Matanzas; sobre todo por su cantante Pánfilo, a quien había estudiado en sus giros vocales a la hora de pasar del bolero al montuno.

Fue entonces que descubrí que admiraba hasta la devoción a Fernando Álvarez, el cantante preferido de su mamá; del tiempo que dedicaba a escuchar los discos viejos de Los Muñequitos de Matanzas y su acercamiento a la música yoruba; sobre todo en el modo de inspirar los cantantes. Y la fuerte influencia de su hermano Lorenzo, que le había acercado al rock, especialmente en eso de conectar con el público para tener personalidad.

Tal vez Homenaje a Tito Rodríguez haya sido su mejor disco. Foto꞉ Tomada del Portal Cuba

Mi vida profesional en ese entonces giraba entre lo culturalmente posible y permisible y lo culturalmente necesario (trabajaba con Juan Blanco y su equipo en el Laboratorio de Música Electroacústica) y absorbía todo lo indispensable, sin decantar. Y con esa formación un buen día fui a la redacción de la revista Opina, a una cita con uno de sus editores llamado Armando López, que curiosamente estaba de “delegado” ─así se identificaba en los años pretéritos en Cuba al hoy manager— de una nueva orquesta que llamarían Dan Den; y sentado en la entrada estaba Pablo Fernández Gallo, que había sido designado el cantante líder de esa naciente formación  ─que no era más que un desprendimiento, uno más para la época, de la orquesta Revé─, y estaba revisando el primer tema que debía grabar esa noche y que lo definiría para siempre “El chico Suchel”.

Sin temor a equivocarme, fue en ese momento que nos acercamos más. Al menos fue entonces que descubrí su modo de pensar y ver la música cubana y de reverenciar a quien siempre fue su “mentor” personal: El Tosco ─que era mi vecino por ese entonces─, sobre todo por la posibilidad, siempre latente, de un día ser otro cantante de NG La Banda.

Tiempos mejores o peores siempre fuimos cercanos de algún modo; sobre todo por mediación de Lorenzo, su hermano. Ese privilegio se manifestó en una dedicatoria muy sentida cuando salió su primer disco; en no poner reparos cada vez que necesitaba que dedicara tiempo a mis preguntas; en ser parte, tras bambalinas, de los que le ayudaron a solucionar problemas legales cuando decidió terminar una relación profesional que ya era un lastre en su carrera, y estar como invitado especial ─junto al gran Helio Orovio─, la noche que grabó de una sola toma el que posiblemente haya sido su mejor disco: Homenaje a Tito Rodríguez; fonograma que salió al mercado con otro nombre, una vez que firmó con La Nueva Fania, que fue el último intento de Jerry Massuchi de regresar a sus buenos momentos con la música, esta vez desde Cuba y con músicos cubanos.

También el placer de ser de los pocos que le acompañaron a una reunión con el director de cine Rigoberto López, cuando confió en él para que fuera protagonista de una de sus películas, y verle estudiar el personaje…; y gozar la rumba a plenitud cuando se trataba de Los Muñequitos de Matanzas, con los que un día debía grabar un disco.

Ha muerto Pablo F.G., el muchacho de Buenavista.

Parte de los arreglos de ese disco son obra del talento del pianista Boris Luna ─es hora de que sea justipreciado más allá de ser el tecladista de Los Van Van—, y la ejecución al piano de Tony “el loco” Pérez.

No todo fue “amor y ternura” en nuestra relación personal. Hubo desacuerdos, envidia ─las mujeres lo amaban hasta el delirio—, y hasta cierta dosis de celos. Envidiaba que fuera capaz de haber fusionado elementos de la rumba y que cuando llamaba a sus seguidores (hombres y mujeres) a “ir hasta el piso”, yo no pudiera hacerlo. Para ese entonces comenzaba a ser “un gordo barrigón” y mis músculos perdían elasticidad.

Así fueron pasando los años. Acumulando conversaciones, algunas grabadas; otras, simples encuentros fortuitos en los que me permitía abusar de su tiempo. Hasta esta tarde en que mis vecinas están de luto. Mi esposa tiene dos lágrimas en sus mejillas y me dice que Pablo F.G. ha muerto prosaicamente en La Habana, en un accidente de tránsito; y me obliga a romper mi rutina musical.

Ha muerto Pablo F.G., el muchacho de Buenavista, el que sin miedo escénico se paraba ante un teatro ─en sus años de estudiante en Ciudad Libertad─ lo mismo a recitar un poema que a cantar una canción de moda con la aprobación de sus amigos; entre ellos, su compañero de historia que responde al nombre de Issac Delgado; el mismo con el que hizo coros en un tema memorable de NG La Banda llamado “Los Sitios enteros”, y el que decía a sus amigos en cierto momento de la vida, cuando no querían seguir su ritmo en los juegos infantiles del barrio de Buenavista “…sofócate, brother, sofócate…”. La misma frase que comenzó a usar cuando junto a los Yakos soñaba con ser el gran cantante.

La frase que le hizo leyenda más allá de Buenavista.

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