Cuando murió aquel muchacho, creo que de nombre Dany, vi a mucha gente sinceramente dolida con su muerte, y vi a otros que, de pronto, se descubrían admiradores confesados del occiso a quien elevaban, sin mayores argumentos o pasiones sinceras, a un parnaso de imprescindibles. Yo en ese momento me confesé ignorante de su música; aún lo soy.

Cuando más recientemente murió asesinado el joven que se hacía conocer como Taiger, vi a mucha gente sinceramente dolida con su muerte, y vi a otros que, de pronto, se descubrían admiradores confesados del occiso a quien elevaban, sin mayores argumentos o pasiones sinceras, a un parnaso de imprescindibles. Yo en ese momento me confesé ignorante de su música; aún lo soy.

“Que te guste o no un género, una tendencia, o lo que sea musical es un asunto complejo que no pasa necesariamente por un juicio de valor sobre ella”.

Que te guste o no un género, una tendencia, o lo que sea musical es un asunto complejo que no pasa necesariamente por un juicio de valor sobre ella: yo no oigo música campesina, y ¿quién soy yo para negarle calidad y raigalidad a lo que forma parte de nuestra identidad musical? Sencillamente, no forma parte de la música que tengo por cotidiana, y conozco poco de sus cultores, salvo alguna que otra figura tan gigantesca que no puede no conocerse, como Celina.

No voy a posar ahora de oyente del “reparto” o del reguetón, como mismo no voy a posar ahora como oyente del punto guajiro, cuando en realidad no lo oigo casi nunca y Palmas y Cañas no me tiene entre sus televidentes. Tampoco me voy a proponer de pronto, porque sí, convertirme a esos géneros, tendencias o lo que sea musical.

Pero que no los oiga no quiere decir que no esté interesado en sus implicaciones socioculturales. Hace poco oía con interés la opinión de una amiga virtual de estos lares en su defensa del Taiger y eso me hizo reflexionar sobre el fenómeno social de la llamada música urbana, que es manifestación de circunstancias sociales complejas de nuestra sociedad.

“…se trata de comprender el fenómeno social que acompaña el arraigo de esa música en amplios sectores de la población cubana”.

Que no comulgue con la grosería, la misoginia, el culto al consumo ramplón (o sofisticado), la violencia, la discriminación de género que reflejan muchas de las letras de la música urbana, o que no me atraiga la simplificación musical de la mayoría de sus piezas, no puede cegarme en ignorar que no se trata de condenar y dar por sentado el orden universal, sino que se trata de comprender el fenómeno social que acompaña el arraigo de esa música en amplios sectores de la población cubana. Y ese análisis no es sencillo, ni se salda con lugares comunes y simplonadas presentadas como verdades profundas. Me encanta esa frase shakesperiana de que “hay más entre el cielo y la tierra que en tus teorías, Horacio”.

Aquí no se trata de hacer la comparación simplificadora entre la música urbana, que ha venido de la mano de determinada industria musical estandarizadora y de consumo, y el guaguancó, que surgió de los solares cubanos sin maquinaria comercial azuzadora detrás; como no se trata tampoco de condenarla como puro consumo de industria musical hegemónica e ignorar que hay en ella un componente que responde a algo que el mercado no puede capturar y que se cocina e incuba en nuestros barrios. No se trata ahora de decir que el reparto es lo “más mejor”, cuando ayer se decía que era lo “más peor”; no es con esos oportunismos simplones como se entienden y se construyen consensos culturales.

Pero en ese tema, en estos momentos, me pongo más a escuchar lo que tienen que decir otros, cuyas opiniones respeto mucho —como mi amigo J. Ángel Téllez Villalón— que a dar criterios propios.

“No me siento menos pueblo porque me guste oír música clásica. Al fin y al cabo, si de lucha se trata, pueblo somos todos, desde el que oye música urbana hasta el que disfruta (también) a Caturla”.

No vi la Mesa Redonda y por tanto no opinaré sobre ella. Solo diré que Mesas Redondas sobre los más variopintos temas ha habido, y no vi gritar, cuando ellas ocurrieron, por haber ocurrido, poniendo por delante un listado de temas que, en opinión del que se queja, debieron venir antes. No veo, entonces, por qué la queja ahora, no por el contenido de lo que se dijo, sino por el hecho de haber abordado el tema del “Reparto”. Todos tenemos nuestras listas de prioridades que quisiéramos ver tratadas en la MR, pero eso no quiere decir que tengamos que ponernos en plan de absolutos, selectivamente.

Por cierto, este sábado mi amigo Oni Acosta Llerena le hizo una magnífica entrevista al nuevo director de la Orquesta Sinfónica Nacional. No me siento menos pueblo porque me guste oír música clásica. Al fin y al cabo, si de lucha se trata, pueblo somos todos, desde el que oye música urbana hasta el que disfruta (también) a Caturla. Los dos, lo urbano y Caturla, le hacen un guiño pícaro a nuestras raíces africanas.

Tomado del perfil en Facebook del autor