En el marco de la 33 edición de la Feria Internacional del Libro de La Habana se presentó el libro Fidel, cuatro visitas a Ecuador, una obra que reivindica los vínculos entre Cuba y el país sudamericano a través de los encuentros del Comandante Fidel Castro con su tierra y sus figuras emblemáticas. El volumen, escrito por los ecuatorianos Alfredo Vera y Pepe Regato, y publicado por Longo Editores, fue celebrado en la sala José Antonio Portuondo de la Fortaleza San Carlos de La Cabaña como un testimonio de fraternidad y memoria histórica. 

La segunda edición del libro, descrita por Regato como “un canto a la amistad cubano-ecuatoriana”, profundiza en las cuatro estancias de Castro en Ecuador (1971, 1988, 2002 y 2003), momentos que no solo definieron relaciones diplomáticas, sino que también tejieron conexiones humanas. Destaca, sobre todo, la relación entre el líder revolucionario y el pintor Oswaldo Guayasamín, cuyo abrazo fraternal en Quito (capturado en la portada del texto) simboliza la unión cultural entre ambas naciones. 

“Este libro es un puente entre épocas, un homenaje a quienes creyeron —y creen— que la solidaridad es el arte más sublime de la política”.

Pedro Martínez Pírez, autor del prólogo, subraya que la obra “constituye un nuevo y valioso aporte a la historia de las relaciones entre Cuba y Ecuador”, remontándose a próceres como Eloy Alfaro y José Martí. Además, rescata episodios menos conocidos, como el del periodista ecuatoriano Carlos Bastidas Argüello, fundador de Radio Rebelde en la Sierra Maestra, asesinado en 1958 por esbirros de Batista.   

El primer viaje de Fidel, en diciembre de 1971, ocurrió en un contexto de hostilidad hacia Cuba. Regato relata cómo, pese a la campaña mediática contra la Mayor de las Antillas, el líder fue recibido en Guayaquil por multitudes entusiastas que coreaban la canción “Y en eso llegó Fidel”, de Carlos Puebla. “Fidel expuso el cerco imperialista con una claridad que conmovió incluso a sus críticos”, recordó el coautor durante la presentación. 

Tres retratos del Comandante Fidel Castro por el pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín. Foto: Tomada de Granma

En 1988, durante la investidura de Rodrigo Borja, Fidel sorprendió al mandatario con un obsequio singular: una tina de helado de coco, basado en una observación casual durante una cena previa. Ese mismo año, Guayasamín retrató al cubano por primera vez, iniciando una colaboración artística que incluyó cuatro obras, entre ellas “Fidel con Manos” (1995), regalo por su 70 cumpleaños. “Esos retratos son testigos mudos de una amistad que trascendió fronteras”, apuntó Martínez Pírez. 

La tercera visita (2002) quedó marcada por la inauguración de la Capilla del Hombre, proyecto cumbre de Guayasamín, fallecido tres años antes. Junto a Hugo Chávez, Fidel honró al artista en un discurso donde exaltó “la necesidad de paz y entendimiento humano”. El cuarto encuentro, en 2003, coincidió con la asunción de Lucio Gutiérrez, cerrando un ciclo de diálogos con líderes ecuatorianos que incluyó a José Velasco Ibarra y Rafael Correa, este último destacado por su apoyo inquebrantable a Cuba. 

El libro, enriquecido con imágenes inéditas y discursos íntegros, también rescata la labor de la activista Nela Martínez, quien custodió la bandera cubana en Ecuador durante 16 años tras la ruptura diplomática en 1963. Sus cenizas, junto a las de Bastidas, reposan en el Cementerio Colón de La Habana, “símbolo de una hermandad que ni la muerte interrumpe”, según Martínez Pírez.

El abrazo fraternal de Oswaldo Guayasamín y el Comandante Fidel Castro en Quito, simboliza la unión cultural entre ambas naciones.   

La obra, patrocinada por el Gobierno de Pichincha, evoca además los monumentos a Martí en Ecuador y a Alfaro en Cuba, recordando las palabras del Apóstol cubano sobre el líder ecuatoriano: “uno de los pocos hombres de creación en América”. 

Al cerrar sus páginas, “Fidel, cuatro visitas a Ecuador” no solo narra historia: la encarna, invitando a reflexionar sobre cómo los lazos entre pueblos pueden florecer incluso en los suelos más áridos. Como escribió Martínez Pírez: “Este libro es un puente entre épocas, un homenaje a quienes creyeron —y creen— que la solidaridad es el arte más sublime de la política”.