Zumbado, el ídolo

Héctor Zumbado (1932) acaba de morir en La Habana. La noticia deja consternadas a varias generaciones de cubanos, que a lo largo de tantísimos años aprendimos a admirar su obra. Prolífico, multifacético, siempre a ras de pueblo, se distinguió por la perfecta armonía que lograba al combinar su vasta cultura con el habla coloquial.

El humorismo cubano le debe a Zumbado más de un vuelo, mucho más que los textos que prodigó durante décadas, reseñando deliciosamente la cotidianidad de los años 70 y 80 del siglo pasado. Sus estudios de publicidad (ejerció durante mucho tiempo como redactor de textos publicitarios) dieron paso al periodismo, oficio en el cual desplegó el maravilloso talento del cual aprendimos, como ya se ha dicho en más de una ocasión, los actuales escritores(as) costumbristas y de humor en general.

Creador infatigable, no se guardó para sí la gloria que la fortuna iba prodigándole. Además de sus inolvidables columnas “Riflexiones” y “Limonada”, que se publicaban periódicamente en Juventud Rebelde alcanzando gran popularidad, creó una sección para Bohemia llamada “La bobería”, cuyo logo era la figura de El Bobo, del también imprescindible Eduardo Abela. En “La Bobería”, Zumbado dio a conocer nombres hasta entonces desconocidos (o, en todo caso, de jóvenes que se iniciaban en el mundo de la escritura de humor). Gracias a su generosidad conocimos los primeros textos de Jorge Fernández Era y de Eduardo del Llano, por citar solo dos ejemplos de quienes hoy son ya consagrados escritores. Sus colaboraciones para el Conjunto Nacional de Espectáculos, que dirigiera Virulo durante la década de los 80, fueron cruciales. Todavía resuenan entre nosotros aquellos parlamentos, esos guiones para el teatro en los que Zumbado contribuía. El diálogo constante con los jóvenes, el refinado y al mismo tiempo popularísimo modo de hacer humor, y la osadía de los temas que abordaba, constituyen tres aristas ineludibles en la obra zumbadiana.

En la década de los 80, el humor cubano brilló como nunca antes (ni después), y en gran medida este fenómeno se debe a la mano mágica de Zumbado. Cuando en el año 2014 la Fundación Alejo Carpentier, a propuesta de su directora, Graziella Pogolotti, analizó el humor cubano a través de un ciclo en el que participaran los exponentes de los grupos escénicos más destacados en los 80 (Salamanca, Nos y Otros, La leña del humor, La seña del humor, Humoris Causa, Los hepáticos), llamó la atención que todos, absolutamente todos los conferencistas, reconocieron la influencia de Zumbado en sus propuestas. Como era de esperarse, este ciclo recibió el nombre “Los ochenta que zumbaron”.  

Resulta imposible en tan breve espacio resumir el alcance, la trascendencia, la brillantez de la obra de quien acabamos de perder. Imposible escoger un texto suyo en detrimento de otro: ¡tan inmenso fue su talento! No hubo crítica ni alabanza que dejara en el tintero, ningún tema le resultó escabroso. Lo que se considera su mejor ensayo (aun cuando él no lo escribiera pensando en dicho género) es materia de estudio en el ISDI: “Kitsch, kitsch, ¡bang bang!”, y hasta el sol de hoy sigue siendo el más agudo análisis de lo vulgar en el arte. Varios intelectuales cubanos han antologado artículos de Zumbado (Ana María Muñoz Bachs: ¡Aquí está Zumbado!, Antonio Berazaín: Un zoom a Zumbado, ambos en el año 2012), son varias las tesis que jóvenes han elaborado a partir de la obra de tan insigne artista, y, por suerte, continúa una generación de admiradores que se dedican al estudio de la labor reseñadora de Zumbado, como podrá apreciarse en el venidero evento teórico del Aquelarre.

Su gran amigo, Osvaldo Doimeadiós, quien tuvo el tino de hacer justicia al galardonarlo en el año 2000 con el Premio Nacional del Humor —en la primera edición de dicho reconocimiento—, ha dicho que Zumbado sigue siendo “el más rebelde y bohemio de los humoristas cubanos”, aludiendo a las dos publicaciones periódicas en las que más aparecían sus artículos, seguidos con frenesí por el público.

Pocas veces ocurre el reconocimiento de un ídolo. Son escasas las ocasiones en que un artista de talla monumental se convierte en leyenda viva. Héctor Zumbado es una de las excepciones: fue profeta en su tierra. Con la majestuosidad que siempre rechazó, con la rimbombancia de la que siempre se burló, y con los elogios que aunque merecidos, rechazaba, lo despedimos hoy. Adiós maestro. La cultura cubana está de luto. Pero siguiendo su tono, siempre marcado por la jocosidad a ultranza, le anuncio que lo recordaremos (como pidió un poeta), con alegría.