Yo también soy Camilo
Fotos: Abel Carmenate y Yeins Cordero
 

El teatro latinoamericano está consciente de la realidad que lo construye, del espacio que lo inspira y de los moldes que funcionan para convertir alusiones en certezas. La temporada de Mayo Teatral, que auspicia y organiza la Casa de las Américas, en La Habana, trajo en esta ocasión varios grupos que han dejado en las tablas, durante años, la motivación por seguir sus pasos. Uno de ellos es La Candelaria, de Bogotá, Colombia, al que se le dedicó este año el evento, junto a Yuyachkani, de Perú.

La programación de las puestas de Mayo fue hecha pensando en la necesidad de actualizar a los grupos cubanos, y al público en general, con los estrenos que cada uno tiene en su geografía. Los visionajes de los espectáculos aportan, más que una experiencia nueva de la escena, la noción de los caminos que recorren los grupos invitados; porque bien pueden continuar con su estética,  insertar nuevas soluciones, o enmascarar otra forma de crear sobre el mismo tema.


Camilo
, La Candelaria
 

La Candelaria es parte de la familia de Casa, por ello esta edición se le dedicó a su 50 aniversario. En las paredes de la Sala Che Guevara, donde se realizó el evento teórico, quedaron claras las verdades que hoy perturban al grupo y sus miembros, y las posturas estéticas que hemos defendido como faro de la creación latina y sus diversidades, todavía garantes de aquello que nos unió la primera vez.

Los visionajes de los espectáculos aportan, más que una experiencia nueva de la escena, la noción de los caminos que recorren los grupos invitados.Camilo es el nombre del espectáculo que presentaron al público en la sala del Teatro Bertolt Brecht. Con las más orgullosas expectativas, el grupo propuso el montaje en esta ciudad, alejada de sus códigos, y no por ello incomprensible. Estrenada en el 2015, la puesta narra la historia de Camilo Torres, sacerdote, iniciador de la sociología en Colombia y rebelde.

Las confrontaciones entre las historias de las geografías latinoamericanas suelen tener varios puntos de contacto; sin embargo, no por ello se repiten, o los ideales de una se corresponden con los de la otra. La realización de una puesta en escena que tiene un anclaje en la realidad puede ser contradictoria para quienes la asumen, pero también para quienes la reciben, la recepcionan, la leen; pues como lleva la referencia, no todos los espectadores tendrán la iluminación de buscar en la obra de arte la metáfora que la convierte en tal.

Las confrontaciones entre las historias de las geografías latinoamericanas suelen tener varios puntos de contacto; sin embargo, no por ello se repiten, o los ideales de una se corresponden con los de la otra.Camilo es una obra diferente para La Candelaria. Luego de tres propuestas anteriores, el grupo vuelve a compartir escenario. Con 13 actores que demandan ser Camilo, las generaciones que forman la cincuentenaria agrupación comparten un cuerpo, una mente, una filosofía. Las visiones sobre el espectáculo deben comenzar hablando del carácter colectivo de su montaje.

Esta edición de Mayo estuvo inclinada hacia la discusión del grupo como espacio de diálogo, como democracia que negocia el futuro. La creación colectiva como método de trabajo tiene el singular peldaño que la costumbre de un director, especie de fuerza decisora, no puede alcanzar. Escuchar las voces de los actores se convierte en los incisos de una gran ley y, por eso, tienen igual peso todas. La temporada pretendió incentivar las discusiones sobre esta manera de trabajo eficaz para mantener a un grupo como Yuyachkani durante 45 años, y a otro de 50 como La Candelaria.


Camilo
, La Candelaria
 

La puesta que presenta Patricia Ariza como directora, amén de que sea una creación colectiva, refiere la personalidad de un hombre que viene ante nosotros, el público, como reflejo de una vida de sacrificios. No pensamos al terminar el espectáculo si hubo buenas o malas decisiones tomadas, si fueron acertadas sus conclusiones éticas, o si el sacerdocio y su manera de asimilarlo están en una misma cuerda. Tenemos, cuando salen los actores a saludar, el pecho apretado por el conocimiento de una realidad que no pretende seducir desde su militancia, sino existir para una posteridad comprometida con el arte y sus creencias personales.

Camilo es una obra diferente para La Candelaria. Luego de tres propuestas anteriores, el grupo vuelve a compartir escenario.Cuando tenemos la necesidad de armar un discurso artístico sobre el convencimiento de nuestra verdad, se impone el tacto en la modelación del sonido emitido. No podemos convertir nuestra obra en una arenga, pues trasladamos la sutileza al panfleto. Muchos pensaron, al saber la inspiración de La Candelaria, que su puesta caería en este abismo. Pero fue todo lo contrario: un texto hermoso, con una visualidad espectacular y una banda sonora extraída de las calles, de los campos de una geografía dibujada por su pueblo, como el personaje escogido para protagonizar la obra.                

Camilo llega a la escena desde la piel de todos los actores, baila y coreografía un texto que no connota en sí, pues delibera sobre las aficiones y posturas de una iglesia que le dio la espalda a Camilo Torres y mostró con sus pasos aleatorios la negación del papel que le exigía asumir el sacerdote. El grupo no tiene la danza como parte de su estética común; sin embargo, en esta obra decidieron llegar a construir una partitura que pueda ser tocada por los actores, y que no ilustre meramente una tradición o ejecute una baile nacional, sino que a través de la danza se mueva el ritmo de la puesta, se dinamite la parsimonia de un sermón y se recree la estrategia de un combate.

La visualidad del espectáculo es crucial cuando nos detenemos a pensar en las huellas que deja en nuestra memoria. La sotana y el uniforme verde olivo, como elementos de homogeneidad, comparten los momentos de acciones grupales, imponiendo un cromatismo en la escena que aumenta su nitidez gracias al resto de la escenografía que por momentos desaparece. Las presencias en la escena han sido calculadas para no perder al público, para sostenerlo en una gran iglesia que llega a la evidente prueba de sí cuando se ilustra la procesión y un video proyecta la claraboya de una catedral gótica.


Camilo
, La Candelaria
 

Mas la puesta no siempre camina con la fortaleza que pudiera. La inclusión del video tiene dos caras: cuando se utiliza para presentar la participación de Pacho Martínez, actor del grupo fallecido y con un protagonismo importante, pues realmente conoció a Camilo Torres; y las proyecciones de fotos y video documentales que, sin un foco preciso y oscureciendo la puesta sin lograr un diseño claro de imagen, ni unas luces en el espacio para, mínimamente, sumarse al diseño lumínico, cometen el error de probar una técnica avanzada en una partitura artesanal.

El proceso de un año para crear esta obra dio al traste con la puesta que vimos en la Sala Tito Junco, una autorreferencial creación colectiva sobre Camilo Torres. La Candelaria nos ofrece la posibilidad de conocer a un hombre, puede contenernos en sí y, como sus actores, darnos la oportunidad de ser otro y muchos a la vez. Porque Camilo es eso: la mente de un hombre y la historia de muchos.