"Yo soy un paisano"
Fotos: K&K
 
 
 

 "Soy un paisano que algún día me enamoré y soñé –como muchos que están acá-
con cambiar el mundo".
 

Queridos amigos,

Se han ido amontonando los años, los pensares, los decires, los sufrires. Para mí es un merecido honor estar en este templo de la cultura, de la escultura del escribir, del pintar, del sentir, de transformarla en nostalgia y en sentimiento; en poesía, en sensación que se transmite a lo largo del tiempo, que intercomunica a los seres humanos.

Porque yo soy un paisano que algún día me enamoré y soñé –como muchos que están acá- con cambiar el mundo. Y así me fue. ¡Ah! Pero, alguna cosa aprendimos para transmitirle a las nuevas generaciones: que cometan los errores de su tiempo, no los nuestros. Y hoy estoy entrando en ese tiempo en que cuando los amigos te ven, “pero qué bien estás”; y cuando te dicen así…

Hasta los 22 años era un apasionado de la literatura. Leía hasta la guía telefónica. Todo. Me pasaba seis, ocho horas en una biblioteca. En ese tiempo conocí a dos de los hombres más geniales, dos viejos profesores: Don Paco Espínola, una gloria literaria de Uruguay; y don José Bergamino, el último ministro de la República Española, que recaló en mi país y hacía tertulias de muchachos soñadores con aficiones literarias.

Pero, cuando entré en este negocio de cambiar el mundo, cambió la historia: saltaron los libritos, había que buscar 38 y 45 y etcétera. Y se nos acabó la literatura y se nos amontonaron los años y las penurias. Y tuvimos que estar terriblemente alejados de la cultura. Y no nos trataron muy bien en los años de presidio, tuvimos que estar muchos años sin libros.

No le he dedicado a la cultura el respeto que merece y el tiempo que merece. Estar acá para mí es un honor no merecido, porque esto es un templo que simboliza el esfuerzo más comprometido de la cultura latinoamericanaNo le he dedicado a la cultura el respeto que merece y el tiempo que merece. Estar acá para mí es un honor no merecido, porque esto es un templo que simboliza el esfuerzo más comprometido de la cultura latinoamericana, con la cual tenemos una deuda vieja. Y esto fue algo levantado entre el redoble de un viejo sueño y de una muy vieja bandera que nos dice –en términos sintéticos- hemos logrado fundar en estos últimos doscientos años varios países, pero la nación todavía es una deuda. Está allí esperando, agazapada en la incertidumbre de la historia, y es la otra liberación que no hemos logrado: fundar la nación con nuestras patrias en un mundo que se está aglutinando en gigantescas unidades. Y en ese mundo, los latinoamericanos tendremos que negociar y ser. Y en ese mundo precedía que no hay piedad para los débiles. Para dejar de ser débiles, los débiles se tienen que juntar para ser fuertes; y esto es elemental.

Esta es la deuda que tenemos con Martí, con Bolívar, con nuestra historia. Pero antes era por un sueño, por una defensa, una actitud de defensa ante el Imperio. Soy de los que interpreta que la lucha por una integración de América Latina es por el espanto. ¿Por qué? Las batallas de nuestra humanidad, ser o no ser, ahora penden de lo que está en peligro: la propia existencia de la especie en este planeta. Ya ni siquiera el problema más grave es el Imperio o los Imperios. El problema es que hemos creado una civilización que nos gobierna, nos lleva y no tiene dirección –o mejor dicho- la dirección es la acumulación, la riqueza, el consumo, el mercado. Y nosotros pertenecemos a la especie humana: unos monos raros que tienen sensibilidad, sentimientos, frustraciones; que quieren, odian y tienen una sed infinita de felicidad porque no pueden comprar vida en el supermercado. La vida se va y ya no creemos -no podemos creer en estas sociedades laicas- que este mundo es un valle de lágrimas para ir al paraíso. No podemos creer semejante historia.  Sabemos que el infierno y el paraíso están acá. Y nuestra vida se nos va y tenemos sed de felicidad, y no queremos confundir –por lo menos muchos- felicidad con comprar cosas nuevas todos los días.


 

El sentimiento de felicidad está unido a cosas entrañables, antiguas, eternas: tiempo para los hijos, para la familia, para un puñado de amigos. Tiempo libre que no se vende, que no se compra. Sabemos perfectamente, por obligación, que en este mundo hay que trabajar para acompañar y hacer frente a las necesidades materiales; pero la vida no es solo trabajar. La vida es la lucha por la libertad, y libertad es tener tiempo libre para dedicarlo a las cosas que nos conmueven.

No podemos aceptar el gobierno de necesidades imbuidas de capitalismo, de sed de ganancia, de mercado, de competencia; donde la vida se transforma en una escalera que hay que subir competitivamente; escalones humanos, pasarles por arriba, pisotearlos. Y esa es la idea de triunfar. Y saber que todavía hay viejos de ochenta, noventa años con un montón de plata y que siguen acumulando más plata y hay que bancarlos y no se les puede cobrar impuestos.

No podemos aceptar el gobierno de necesidades imbuidas de capitalismo, de sed de ganancia, de mercado, de competencia; donde la vida se transforma en una escalera que hay que subir competitivamenteBueno, por eso acudimos a la historia. No es la liturgia de recordar a Martí solo por hacer un homenaje. Vamos al baúl a buscar herramientas intelectuales que nos sirvan para esta lucha de hoy. La historia nunca está terminada porque cambia la perspectiva con la cual nos miramos. Extraemos del pasado herramientas que nos sirven para fortificar nuestra lucha de hoy, nuestro compromiso con el porvenir. Nuestras lecciones están en las raíces de nuestra historia. Pero el porvenir no es nostalgia. El porvenir es siempre un mundo nuevo; y pá esos bichos raros a los que pertenecemos, que después de la Revolución Francesa les llamamos de izquierda, pero que existieron siempre. Antes de la Revolución Francesa, había Epaminonadas, Espartaco, Choca, los Dracos. No creamos que la cara solidaria y la lucha de la equidad es un invento moderno; es eterno de la condición humana; como la cara conservadora no es moderna, no la inventó Franco; esa es la patología de lo conservador que se hace fascista.

Creo que la historia del hombre es pendular entre estas cosas. Los que nos llamamos, más o menos, de izquierda tenemos necesidad de acudir a fuentes como las de Martí, que, en honor a la verdad, para algunos marxistas-ortodoxos les habrá parecido que era un liberal idealista, porque siempre le miramos las costuras. No sé, ni tengo autoridad para decir, si era pre-modernista o algo por el estilo, no me importa. Lo que me importa es que era un soñador, un constructor y no se quedaba escribiendo papeles. Escribía papeles pá impulsar la vida y la acción. Le tocó vivir un momento peculiar de la historia cuando era evidente que Estados Unidos se aprestaba a intentar colonizar buena parte del Caribe, de las Antillas; desparramar físicamente su influencia. Vivió lo que estaba pasando en Hawai, la invasión de Haití y los intentos de comprar a Cuba al imperio español como habían comprado otras cosas –la Florida y Alaska-. Se agarraron a aquellos zares engrifaos que le vendieron. Era un expansionismo por todas partes. Y este hombre singular se define por ahí que quiere jugar su suerte con los pobres, lo que habla de una enorme sensibilidad social. Pero que, a su vez, ante las dificultades de su tiempo, sabe que la lucha por la independencia es doble. Es sacar a las Grandes Antillas y a los restos que quedaban del imperio español, pero es asegurar las continuidades y la fundación de nuevas naciones para que no caigan bajo la égida norteamericana. Y esto significaba un doble duelo. Tuvo la grandeza pragmática de ver el escenario y plantear un partido para todos, con todos. Nos da una lección que hay que recoger: agrandar la base social en todo lo posible. Aquel que se había juramentao jugarse suerte con los pobres, cuando tiene que pelear por la independencia, agranda el discurso y trata de incluir casi todo lo que puede, porque tiene que concentrar fuerzas pá la batalla principal. Pero, a su vez, precisa una diplomacia eficaz con el resto de América Latina para lo que puede pasar con Estados Unidos.


 

El dilema que vivió este hombre, cómo lo manejó, siendo un intelectual vigoroso. Entendió que tenía que fundar una herramienta, un partido revolucionario, inclusivo, que tratara de llevar a todas las clases sociales posibles a esa lucha. Y que, tal vez, premonitoriamente, nos ofrendó su vida como una manera de suscribir su compromiso. Es un personaje informado en su época: escritor, ensayista, poeta, enamorao “como pata de catre” –es un dicho uruguayo, no puedo dejar de hablar en lenguaje muy paisano-. Amaba la vida y la sentía. Enfermo de humanismo con esa definición que la “patria es humanidad” -ese pedacito de humanidad en los que nos toca nacer y conocer. Toda una definición. Y con una filosofía muy singular que intenta resumir los mensajes filosóficos de su tiempo, por momentos con una visión crítica del hombre afirmando que llevamos un tigre adentro.

Son más las afirmaciones negativas de lo que lleva el hombre, pero también tenemos la otra parte que es posible: ponerle riendas al tigre y encaminarlo. Yo creo que este es el mensaje, uno de los mensajes más modernos de Martí. ¿Por qué lo digo? Porque mi generación pensó que si lográbamos cambiar las relaciones de producción y distribución, creábamos las condiciones físicas para un hombre nuevo, y nos quedamos cortos, nos quedó en el tintero el formidable papel de la cultura. Y un sistema creador también de cultura, que la cultura no necesariamente es francamente positiva. Hay cultura retardataria y no por ello deja de ser cultura y, lo que quiero definir, lo que quiero transmitir: no me estoy refiriendo a la cultura que ilumina arte, lo que se transforma en dramaturgia, en poesía, en bailarines en un escenario, en construcción de pintura.


 

Me estoy refiriendo a esa cultura con olor a cocina, con aroma de la cocina –como decía una vieja compañera-, esa cultura natural que guía nuestras decisiones fundamentales casi instintivamente y que, en definitiva, es la que tiñe las conductas de las sociedades. De esta conducta, de esta cultura de valores –ya, de hecho, impuestos por el capitalismo- son la acumulación de por lo menos mucho más de un milenio, incorporando, como cosa natural, la negativa de cosas ancestrales del hombre. Porque el hombre vivió primitivamente en grupos humanos, y casi el 90 por ciento de la historia humana arriba de la tierra vivió en grupos humanos por todas partes, donde no existía prácticamente lo mío y lo tuyo, y donde para poder vivir había que recostarse a los grupos humanos.

Ese mono raro que arranca en África, conquistador, invasor y que empieza a recorrer el orbe entero y que para llegar a nuestra América se tomó nada más que 35 mil años, pá llegar a tierra del fuego. Formidable depredador. Vivió muchos, muchos milenios sin conocer la propiedad y la ganancia en el sentido que lo conocemos hoy. Quiere decir que muchas de nuestras relaciones naturales son fruto de la historia, son una construcción de la civilización, para bien y para mal.

Y es natural, creo, concuerdo con Martí, que usa otro lenguaje, pero en el fondo lo interpreto. Llevamos adentro una cuota de egoísmo que nos coloca la naturaleza para que peleemos por la vida, para que defendamos nuestra vida y la vida de los seres queridos que nos rodean. Y esa es una herramienta de la naturaleza. Pero nos dio la fortuna de la conciencia y la construcción de civilización. Las civilizaciones, la solidaridad intergeneracional –ese formidable capital intelectual, de conocimientos y de costumbres que nos legan las generaciones que nos antecedieron, que nos entregan una fortuna. Habría que pensar qué sería de nuestra vida si tuviéramos que arrancar sin el respaldo de todo lo que nos legaron las generaciones que nos precedieron. Seríamos unos monos miserables, y andaríamos todo el día raspando algunos cangrejos pá poder comer en alguna costa.

Entonces, como monos raros, la naturaleza nos da la posibilidad de construir civilización, y es la civilización, la herramienta que tiene para encauzar, hasta cierto punto, ese egoísmo. Pero esto no es solo una cuestión de naturaleza. No es una cuestión de disco duro. Ahí influye la historia de la humanidad. Voy a ser más claro, más sintético y más agresivo: el ser humano como bicho, históricamente, en todas sus etapas, hasta en el neolítico, ha sido un bicho socialista porque no puede vivir de otra manera, depende de los otros congéneres del grupo. En todas las sociedades primitivas después de la pena de muerte, la peor era la expulsión del grupo, la soledad porque es igual a la inseguridad.

Aún hoy en una aldea Imara en el Altiplano, consideran que pobre no es lo que nosotros consideramos como pobre. Pobre es quien no tiene comunidades. No hay nada más valioso en la lucha por la vida que la existencia de los otros, de la comunidad. Lo que cuenta es la interrelación. Robinson Crusoe se hubiera muerto de frío y de angustia, pero la civilización le había legado el lenguaje y otras cosas. Solo no iba a ningún lado, estuvo con la herencia de la civilización que le permitió sobrevivir.


 

Entonces, en esta lucha, Martí representa un momento preciso de la historia. Establece el compromiso del intelectual con una causa viva. Por un lado se trata de un pensar, pero, por el otro, pone la vida al servicio de lo que piensa. Y sinceramente es fácil pensar, es fácil para la gente intelectualmente bien dotada escribir novelas que pueden ser apasionantes, pero hacer todo eso y jugarse la vida convencido por una causa, no es corriente. Este hombre es una cosa que sacude las entrañas. Acá le dicen el Apóstol, para mí es un puente entre los viejos gestores de la independencia latinoamericana y los desafíos del porvenir.

Martí representa un momento preciso de la historia. Establece el compromiso del intelectual con una causa vivaPero tenemos deudas con Martí. Martí es una lección, pero es la apertura de una causa. Yo no creo que la segunda independencia sea esta. Pero si esta es la segunda entonces nos falta la tercera, y la tercera es la propiedad del conocimiento que nos haga libre. Y la creación de una cultura libertaria, no sometida a los valores del capitalismo. No importa la naturaleza de la propiedad y la distribución, lo que importa es la conducta de las masas, la conducta natural del hombre, y tenemos la deuda con la construcción de una cultura contestataria distinta.

No se puede construir un edificio socialista con albañiles capitalistas, que roban las varillas, las bolsas de polvo. Todo. Pero ¿por qué lo hacen, porque son malos? No. No son malos ni buenos, están embebidos por la cultura capitalista que traemos en la mochila consciente o inconscientemente. Y este fenómeno no lo arregla solo una pelea por la educación. La educación es una herramienta, esa tiene que ser una preocupación de todas las fuerzas progresistas, de la conducta y de la forma de vivir de los dirigentes, de la imagen que vuelcan, más republicanos que nadie.

Porque si son las mayorías, hay que acompañarlas hasta en la forma de vivir y limitar a las minorías privilegiadas, no porque ello influya en la economía del país, sino porque hay que influir en la confianza de la gente. La confianza de la gente se pierde si nos ven distantes, alejados, encerrados en una torre. Entonces tenemos que aprender de todo esto. Cuando en la Unión Soviética estaba Nikita Jrushchov, tiempo en el cual muchos de los que estaban aquí no habían nacido, acá en occidente habían aparecido unas camisas de nailon -dios me libre, qué porquería más grande-, pero eran de nailon traslucido, de un calor insoportable. Los pobres rusitos no habían visto esa porquería jamás, estaban enamorados y las querían comprar. Estaban construyendo relaciones de producción y distribución, pero la cultura era la misma y no se daban cuenta del valor de lo que tenían.

Creímos que el socialismo equivalía a producir las toneladas de aluminio y acero que producía occidente, y la cosa no estaba ahí. La cosa estaba en otra parte. Pienso honradamente y, como estoy con ochenta y pico de años, me doy el lujo de decir lo que pienso sin ambages, ¿para qué hicieron esto en una revolución proletaria? ¿Qué nos estaba pasando? Nos estábamos desviando, porque la fuerza de la representación burguesa está precisamente en tendernos la mesa opípara, en invitarnos a participar y después hacernos creer que también somos propietarios de la mesa.

Tomamos sus usos y sus costumbres: necesitamos casas grandes llenas de piezas, gente que nos sirva, autos bárbaros y así sucesivamente. No nos damos cuenta que así nos estamos alejando de la gente. Si las repúblicas se inventaron para enfrentar el feudalismo, para enfrentar la monarquía absoluta y suscribir que los hombres somos básicamente iguales, por lo menos los partidos políticos tienen que tener la gestualidad de cuidar esto. Ser y parecer que nadie es más que nadie. Que tener un cargo de importancia no es más que tener un cargo, pero uno no tiene más importancia que el común, porque, en definitiva, nos debemos al colectivo y a la mayoría en cuerpo y alma.

El eterno problema de las fuerzas del cambio es la lucha por la unidad, que significa respetar la diversidad y aprender a componer columnas con gente que tiene matices, pero no dividir las fuerzas del cambio porque eso es debilitarse frente a la derecha. Debemos tener bien claro cuál es la batalla principal. En el caso de Martí la batalla principal era conseguir, por un lado, la independencia del imperio colonial y, por otro, frenar la ambición norteamericana que era manifiesta sobre esta parte de América, ser conscientes de que si lo lograban estaban cumpliendo un servicio a favor de América Latina.

El eterno problema de las fuerzas del cambio es la lucha por la unidad, que significa respetar la diversidad y aprender a componer columnas con gente que tiene maticesDe ahí la lucha diplomática y las representaciones consulares. De ahí la sutileza de darse cuenta de las contradicciones con Inglaterra y con Alemania. Porque Martí sabía que había que frenar el monstruo, que se necesitaba la presencia de una potencia en un mundo de realismo. Estas son lecciones vivas y, sobre todo, lecciones vivas que indican los grandes desafíos reales que presentan la historia y las actitudes que hay que asumir por momentos.

Claro que para Cuba, Martí es mucho más que esto. Para Cuba, Martí es el símbolo de la construcción de la República. Es, como lo llaman ustedes, el Apóstol. Porque da la impresión que casi buscó con la alegría, la muerte como una manera de suscribir lo que pensaba y lo que sentía. Había dado todo, o casi todo, le faltaba dar la vida por lo eterno.

Y tal vez, algún psicólogo contemporáneo podrá sacar algunas cuentas. A mí me da la dimensión del amor y la estatura de este hombre.

Quisiera señalar la idea de los equilibrios que nos legó, porque creo que estamos en la coyuntura de esa lección, de esa lucha por el equilibrio. El equilibrio para asegurar la independencia de los países latinoamericanos. Si Cuba caía, o era anexada a Estados Unidos, todo el Caribe quedaba comprometido. Era evidente, y vaya qué había ganas de Estados Unidos. Él se dio cuenta de que romper con el imperio colonial y, a su vez, frenar la ambición norteamericana era una causa a favor de América Latina. Buscó la diplomacia interna, se dio cuenta del contubernio que tenía la República de Argentina con Inglaterra y desconfió de la política que traía Brasil desde la época de Don Pedro con un acercamiento hacia el gran mercado yanqui. Trató de moverse en las contradicciones en toda esa América, y nunca se olvidó de México, como corresponde.

Es evidente que había reconocimiento de México con la causa, no cabe duda que México puso la carne en la parrilla. Y esto habla del valor de la diplomacia gestada, seguramente, con muchos pasos clandestinos, con mucho trabajo previo y con un bombardeo intelectual a través de todo ese trabajo de prensa que hizo (Martí) por América Latina para conformar un apoyo en esa región y explotar las contradicciones que existían con Alemania, Rusia e Inglaterra.

Siempre a favor del planteamiento de una lucha, en primer término; quiso que fuera corta y no pudo ser, y le costó la vida. Pero esa idea del equilibrio no es solo una cuestión de táctica política, es una visión del mundo, un mundo de equilibrio que creo que es un mensaje moderno y que hay que analizar en cada circunstancia histórica cómo se presenta la lucha por el equilibrio y las fuerzas, en un mundo que está totalmente desequilibrado y que parece de locos, no de desequilibrados.

Con una civilización que nos domina y que, con una enorme genialidad, acumulamos disparates. Hace poco ladrábamos contra el cambio climático, se hicieron brutas reuniones de presidentes, declaraciones, se tomaron medidas…las fuentes alternativas de energía que no agradan al medio ambiente. Ahora tenemos el petróleo a 30 dólares y adiós, vamos a quemar petróleo porque como tenemos que competir tenemos que bajar los costos. Entonces, el cambio climático que siga, le vamos a dar manija para que se apure.

Estuvimos ladrando desde Kioto hasta acá inútilmente. De esas contradicciones estamos llenos. Hemos inventado ciudades que son monstruosas, selvas de cemento, y después tenemos que crear vías de comunicación subterráneas porque los tipos precisan tres horas de vida por día para ir a trabajar. De locos porque no se puede tocar la santa propiedad inmobiliaria. Y aquel monstruo sigue creciendo y amontonando gente. Ahí está Sao Pablo, 20 millones de gente amontonada. Por supuesto que los más pobres son lo que pagan el peor precio.

En Ciudad de México hay albañiles que alquilan una azotea cerca del trabajo, duermen a la intemperie y van una vez por semana a la casa solo por no salir de ciudad de México. Pero los mayas tenían control territorial, una ciudad tenía cierta medida, y la civilización griega, con sus pequeñas ciudades, inventó el mecanismo de las colonias. Pero cuando crecían fundaban una colonia y ¡vaya qué las pequeñas ciudades fueron creadoras de cultura y conocimiento! Pero, la ganancia no se puede frenar.

Yo pudiera pasarme horas hablando de estos disparates que estamos cometiendo como humanidad. Tiene razón Fidel, en algún discurso por ahí, que hace años decía: “Lo que está en juego es la vida humana”.

Si seguimos acumulando tanto disparate, el cambio climático es evidente. No se precisa ser hombre de ciencia para darse cuenta de lo que les pasa a algunos árboles.

En mi país este año las peras tronaron. No hay peras. ¿Por qué? Nadie sabe. No hay peras, se retobaron los perales. En mi casa tuve que poner un techito a dos arbolitos, un árbol ginkgo biloba, un árbol fósil que tiene 250 millones de años. Se le caen las hojas. ¿Por qué? No sé. El Sol. Nunca había visto eso, nunca habíamos visto eso. Aparecen más frecuentes los fenómenos extremos por todos lados, no se puede discutir.

Porque hemos llegado a una etapa de interdependencia, de interrelación donde el mundo necesita decisiones globales, inapelables, que hay que tomarlas. Pero los gobiernos de los países centrales están preocupados en quién gana las elecciones en cada uno de sus países. Caemos en cosas ridículas: en mi país, por ejemplo, nos privamos de hacer una central a carbón para no agredir el medio ambiente, mientras en China inauguran una todos los meses.

Pero vivimos en el mismo barco y en la misma atmósfera. ¿Habrá animal más disparatado que el hombre? ¿Qué es lo que estamos haciendo? Tenemos una civilización sin gobernanza, necesitamos acuerdos mundiales porque nunca el hombre tuvo la fuerza que tuvo hoy. Nunca tuvo los medios que tiene hoy. Dos millones de dólares por minuto se gastan en el mundo por presupuestos militares.

Decir que no hay recursos es no tener vergüenza. Hay una manga de viejos que acumulan plata que da fiebre, tienen la mitad de la humanidad y no se les puede cobrar impuestos. Si le metés la mano en los bolillos se arma un lío. Hace veinte años que  discutimos la miserable tasa Tobin, y no se puede poner un pequeño impuestito a las transacciones financieras. ¿Por qué?

Porque el hombre llegó. Esta civilización nos hace interdependientes por su magnitud, por el impacto tecnológico, por la informática. Tenemos que empezar a racionar como especies responsables de la vida de este barco que se llama Tierra. Pero este mundo no tiene conducción, o mejor dicho, tiene conducción a través de la acumulación capitalista. No a favor de la vida.

Martí tuvo el desafío del desborde norteamericano, la independencia de las colonias y preservar a América Latina. Nuestro desafío es la lucha por la vida arriba de la tierra. Creo que muchas veces no somos conscientes porque vivimos en una sociedad marketinera. Nos tienen entretenidos. Los romanos inventaron el pan y el circo, acá tenemos la televisión y el entretenimiento para estar embobecidos. Es una civilización mediática a manera de dominarnos. Mucho más importante que los ejércitos, el poder militar y la reacción de una cultura que nos lleva a reacciones y nos gobierna a favor de la acumulación capitalista.


 

Yo no abogo por un hombre que vuelva a las cavernas o que viva debajo de una hoja de palmera. No defiendo la pobreza como ideal de vida, defiendo a muerte la sobriedad. Vivir livianos de equipaje, tener tiempo para vivir, recordar que la felicidad humana es la relación con otros seremos humanos. Que el hombre no es una mercadería, ni se compra ni se vende. Que las cosas más sagradas, que las decisiones más importantes que tomamos en el periplo de nuestra vida, nada tienen que ver con la economía y mucho tienen que ver con los sentires.

Creo sinceramente — y lo resumo— que nuestro deber es luchar por una cultura contestataria, libertaria, diferente, insujetable. Creo sinceramente — y lo resumo— que nuestro deber es luchar por una cultura contestataria, libertaria, diferente, insujetable. Me van a decir que no se puede, yo creo que este bicho humano es el único animal capaz de reprogramarse en su conducta, si ejerce voluntad sobre sí mismo.

El hombre tiene capacidad de autoprogramarse y es la parte que tiene que ver con la construcción del porvenir. Pero en todo caso es un tema que hay que debatir. Creo a muerte que hay que luchar por una liberación, una liberación de nosotros mismos, de la cultura que nos sujeta en lo más hondo de nuestras decisiones. Debemos luchar por la felicidad humana y la felicidad humana no es amontonar cacharros, pasarte toda la vida trabajando como un burro y terminar como un viejo reumático amurado en una casa de salud porque no pudiste gastar tiempo en cultivar los sentimientos. La vida se nos va, y estas cosas que estoy diciendo son tan elementales y, por elementales, se olvidan. Cuando tú compras algo con plata, no estás comprando con plata, estás comprando con el tiempo de tu vida que tuviste que gastar para tener esa plata.

Pero el tiempo en la vida no lo podés comprar. Se te va, te tocan pito y adiós, márchate. Quien le dé valor a la muerte, tendrá voluntad para defender la vida. Hay que pensar en la muerte porque está a la vuelta, ahí nomás, esperándonos. Por favor, no malgasten el único milagro que tienen, el milagro de estar vivos.

Gracias.