¿Y si nos ganamos el GRAMMY, que?

En algún que otro lugar de este continente llamado América Latina y la zona ibérica de Europa hay quienes a estas horas preparan sus mejores galas para cierta noche de este mes de noviembre, en cierta ceremonia festiva, en que una vez más se reencontraran todos los involucrados en el asunto GRAMMMY LATINO. O lo que es igual a la premiación más importante de la industria musical no norteamericana.

Cierto es que en la liza también entran algunos italianos y los cristianos; solo faltan por tocar a la puerta de esta industria los africanos que tienen en su ADN genes latinos: los criollos de aquellos lares, hijos de los que una vez dominaron a sangre y fuego; y que hoy devuelven la moneda no slo en forma de música sino incorporando su cultura a la de los dominadores (proceso inverso en que los ritmos y otros hábitos tenidos algu8na vez por barbaros hoy son parte de la vida diaria en aquellos lares).
 


 

Largos vestidos, alguno que otro de un diseñador de moda emergente, que por un golpe de suerte tal vez mañana será famoso; esmoquin de marca o que tiene igual origen y hasta alguna que otra estrafalaria vestimenta harán las delicias de los presentadores que más que ocuparse de reseñar los discos en concurso dejaran la piel en loas a cuantos tachones tiene tal vestido o que larga es la cola de “la larga bata de María Belén Chacón”. Se premia en primera instancia el vestir.

Las redes sociales estarán más que activas. Cada asistente será “tendencia” a su modo y sus seguidores, en la intimidad de sus dispositivos, cruzarán los dedos en espera que compartir un premio que nunca verán de cerca. Habrá quien escriba el ya habitual mensaje de aliento ante el hecho de no sonreír a las cámaras alzando el preciado fonógrafo: “… será el próximo año… y gracias por acompañarnos…”

Dios, que todo lo sabe, lo escucha y critica o bendice, sabrá del agradecimiento de los triunfadores, de los conformistas y de aquellos que el jurado ha de olvidar. El consuelo es también una expresión de la esperanza.

Los asistentes a tan importante acontecimiento se dividen en varias categorías y esas categorías determinan desde el sitio en que han de ocupar en el auditórium, la platea o “el gallinero”. Si porque en estos acontecimientos también se hace honor a tan ilustre sección de público. Alguien sabrá por el auto en que han de llegar, su paso por la alfombra roja, su reflejo en la prensa y su posible compañero de asiento; cuán importante es dentro de la industria.

Vendrán las consabidas fotos tomadas al vuelo, las solicitadas, las no otorgadas y las oficiales. Estas últimas serán las que ilustraran portadas de los grandes y pequeños medios. Habrá muchos reflejos de flashes, sobre todo de los teléfonos inteligentes; y los blogguer harán su agosto invadiendo la zona de confort de muchos de los asistentes.

Nada ha quedado al azahar. Habrá premios a la excelencia, merecidos e indiscutibles todos. Tal vez los únicos en los que la sinceridad ha de ser la ganadora. Hay que reconocer a la industria este acto de justeza y cordura. Habrán, además, las necesarias cenas en las que muchas manos se han de estrechar para zanjar diferencias y posibles rencores. Es el momento de epifanía musical y cultural.

Entre un corte y otro de compromisos comerciales las encuestas confirmaran si los televidentes aumentan o no, el alcance de la señal y cómo reaccionan las redes sociales ante la puerta en escena, los premios otorgados y si los presentadores elegidos son los adecuados para futuras emisiones –esta ya es un hecho consumado.

Así transcurren tres horas en las que se cumplen sueños, se derraman lágrimas a raudales y las emociones contenidas explotan en los que por vez primera suben al pódium. Claro que están los repitentes en eso de recibir premios; para ellos puede ser como cambiar de camisa.

Muchas veces las luces y lentejuelas son superadas por discos y trabajos experimentales de una calidad insuperable, tanta que abre las puertas a nuevas tendencias que rara vez sobreviven a la contaminación del mercado y la voracidad de un público mayoritario que las ignora.

Esta es la noche más larga de noviembre para la música latina. Ha ya veinte y tantos años que se repite una y otra vez y aun no deja de sorprenderme o de provocarme angustias y alegrías. Angustia por aquellos discos de una calidad a toda prueba que pasaron sin penas ni gloria y que se han vuelto con el paso de los años en referencias obligadas (ahora le llaman icónicos). Alegría al saber que discos de músicos amigos, o conocidos, o que simplemente he admirado han llegado hasta esa noche y se han marchado con el premio. Eso me enorgullece, más si son cubanos.

Solo me pesa que nadie repare en ellos. No son “trending topic”, ni alimentan los programas de chismes y morbo que proliferan en muchas partes y se escudan en la palabra cultura. Para ese entonces los presentadores del comienzo –los que arropan la moda y fagocitan en cotilleos—habrán desaparecidos; la alfombra roja estará sobre un camión rumbo a su próximo destino y las luces se habrán apagado.

Alzo mi copa a la salud de los nominados de esta isla, algunos son amigos y sobre sus discos he derramado ríos de criterios honestos. Bebo y como –carne de puerco, yuca y arroz con frijoles a lo Nicolás Guillén—por la pureza y altivez de su paso esa noche, por los diseñadores de esta isla—algunos emergentes—que pondrán a prueba su talento y por los que abrieron la ruta hermosa de la música y la discografía cubana.

Y si nos ganamos el GRAMMY seguiremos estando en el mismo lugar de la tierra.