Y se hizo el songo

La década de los 60 estaba en su punto final. Los acontecimientos sociales, económicos y políticos que había vivido Cuba en ese lapso de tiempo, habían generado más conmoción de la que se podía imaginar; pero sería en el ámbito de la cultura donde tendrían un mayor impacto.

Cuba había erradicado el analfabetismo, había convertido El Quijote en un bestseller, y convocado a un salón de pintura tan trascendente como los que iluminaron París a comienzos del siglo y abrieron las puertas a los “ismos” culturales. Aunque la cultura estaba al alcance de todos los habitantes, aún no existía un sonido, una expresión musical que unificara a todos y expresara las vivencias de esos años.

Es cierto que ya se vislumbraba una nueva canción —que no por nueva era ajena a la que le precedió— y que se habían producido algunos intentos de renovación; pero todo había quedado en eso: intentos o simplemente búsquedas. Solo Pello el Afrokán y su Mozambique eran la referencia en la relación de nombres de quienes intentaban encontrar la “piedra filosofal” del baile en esos tiempos.

Así llegamos al año 1969 y al sueño de lograr lo inimaginable: producir 10 millones de toneladas de azúcar; era imperiosa esa cifra para dar el salto al futuro, para demostrar hasta dónde la voluntad de una nación podía imponerse. Y con el sueño vino el lema o la frase —el slogan, dirían algunos— que comenzó a repetirse de boca en boca, de puerta en puerta, y se anidó en los corazones de todos: “… los diez millones van, de que van, van…”.


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El sueño de la zafra gigante se compartía también con el placer de vivir a plenitud el tiempo que quedara libre, y ese ocio tenía reflejo en las noches habaneras, donde los cabarets aún ofrecían grandes y fastuosos espectáculos, y tras estos, una larga tanda bailable con las orquestas de moda. Una de esas agrupaciones era la charanga del guantanamero Elio Revé, que atrapaba el gusto de los bailadores. Todo era obra de su bajista, quien ya había mostrado credenciales como compositor a lo largo de la década, con letras novedosas y tratamientos musicales poco convencionales. Sus boleros, característicos del mejor espíritu del Feeling, eran la comidilla de los cantantes; pero lo más significativo era su inquietante necesidad de no repetirse; una necesidad que le permitió, al entrar en la orquesta Revé, dar riendas sueltas a su imaginación y a aquellas ideas que cambiarían la historia de la música popular cubana de las décadas posteriores.

Quienes estuvieron presentes la noche del 2 diciembre de 1969, cuentan que todo fue muy rápido. La orquesta había terminado su presentación en el Cabaret Caribe del hotel Habana Libre; los músicos estaban en los camerinos y Juan Formell (Formelito), según palabras de Generoso y otros que conocían y eran amigos del viejo Pancho Formell, les comunicó que habían estado ensayando algunos temas nuevos y que era hora de saltar al futuro. El changüí se convertía en historia.

En diciembre del 69 el país estaba en función de lograr la meta y el sueño de los 10 millones; por lo tanto, celebrar el día de Santa Bárbara/Changó, se podía posponer esta vez. Lo que no se pudo postergar fue el acta de nacimiento de una nueva mirada al son y a la vida cotidiana del cubano de estos tiempos. El 4 de diciembre agregó otro motivo de celebración, solo que esta vez pagano.

La hora de hacer la crónica de la vida cubana de esos años y los que vendrían, había llegado; y para atrapar el espíritu del momento, se decidió nombrar a la nueva orquesta —que era una charanga— con el signo de los tiempos: Van Van. Pasados unos años, el sonido tendría nombre y temas emblemáticos. Llamémosle Songo, y a sus interioridades llegaremos en algún momento.