Y el Benny ya no está

Uno de los grandes acontecimientos que había caracterizado a la música cubana en los años 50 fue el retorno y la llegada de Benny Moré; después de haber estado un tiempo en México a donde había llegado como parte del conjunto Matamoros; y todo lo que ello trajo como consecuencia. 

Había hecho carrera inicialmente como trovador popular hasta que don Miguel Matamoros lo incluyo en su formación musical y lo llevó para México, lugar del que regresaría famoso y con ganas de conquistar la tierra que lo vio nacer, las calles en las que cantó y las noches de gloria que le fueron negadas.

En México, además de sus historias de amor y otras anécdotas, había sido parte del mundillo musical que en aquel país había potenciado la música cubana en el cine; una historia en la que estaban involucradas bailarinas como Ninón Sevilla, Tongolele, María Antonieta Pons; músicos como Silvestre “Tabaquito” Méndez, Francisco Fellove y por supuesto Dámaso Pérez Prado y el mambo.

A su regreso a Cuba, tras su paso por la orquesta del santiaguero Mariano Mercerón, haber grabado el ritmo Batanga de Bebo Valdés y hacer temporada con la de Ernesto Duarte; Benny arma su propia banda en la que se permitirá tener músicos de la talla de Cabrerita en el piano o de Generoso “el Tojo” Giménez en el trombón como arreglistas. 

Así por cerca de diez años Benny Moré lo acapara todo. Graba con Pedro Vargas un memorable dúo interpretando el tema “Obsesión” de Pedro Flores; lanza la carrera de muchos compositores del momento y desde su voz el son, la guaracha y el bolero adquieren una nueva dimensión.

No había victrola en Cuba donde no se escuchara su voz, espacio público donde no se contaran sus anécdotas, se alimentara su leyenda y se bebiera a su salud. El Benny era el comienzo y el fin de todos los caminos dentro de la música cubana de aquellos años 50; había otros cantantes, había otras bandas y orquestas; había también espacios para todos, pero eran tras su estela musical que se les reconocía.

Se dice que era fanático de Duke Ellintong; que consideraba a Miguelito Cuní el mejor sonero y que le escuchaba con vehemencia; se dice que en su casa, en un pedazo de tierra donde sembraba, que sus animales de cría se llamaban como sus amigos y colegas; todo eso se dice. Pero como todo ídolo Benny tenía dentro de sí el gen de su propia destrucción: su devoción por la bebida.

En los años 60 parecía que su ruta de triunfos y su impronta en la música cubana alcanzarían su cenit, pero su salud se quebrantó tanto que en febrero de 1963 dejó de existir; solo que esta vez no aplicó el axioma de a Rey muerto, Rey puesto. Él era único en verdad.

Benny era inimitable, no solo su voz y estilo, sino ese sabor que imprimía con cada gesto. Él había tomado de Orlando “Cascarita” Guerra el modo de usar el saco a sobre medida; de sus ancestros —el Cabildo de los Congos de Cienfuegos— el uso del bastón para impartir instrucciones (litúrgicamente el bastón es el masó o mayete del que imparte justicia) a sus músicos y de su paso por la vida trovadoresca la humildad; y de su origen campesino el sombrero para proteger sus ideas.

Por más que se empeñaron sus músicos la banda no era lo mismo sin él y comenzó el declive de aquella formación, pero también alguien; no se sabe quién, lanzó la voz de alarma y se atrevió a decir que su muerte sumiría a la música cubana en una profunda crisis de la que no se recuperaría en largo tiempo. A su partida se debía sumar un proceso migratorio que incluyó a figuras que para aquel entonces gozaban de una amplia popularidad; músicos, intérpretes y compositores se afincaron en otras tierras; mientras que otros decidieron quedarse tras los muros del malecón; pero todos sintieron la muerte del Benny.

Mas en este año 1963, mientras los restos del Benny cruzaban la Isla camino al cementerio de Santa Isabel de las Lajas, nuevos caminos se abrían para la música cubana e involucraban a hombres de música contemporáneos con el Benny, a nuevos actores y por sobre todo a una pléyade de jóvenes que entraban en la recién fundada Escuela Nacional de Arte. Mientras que en el mediterráneo caribeño y en la ciudad de New York se creaban las bases de lo que será el movimiento musical que definirá a los hombres de esta área geográfica; y en el centro de estas búsquedas estará el Benny.

El Benny ya no está pero su leyenda, su mito, no dejará de gravitar sobre la música cubana los próximos 50 años y parece que se extenderá; pero en los años 60 su rápida partida dejó un vacío que removió los mismos cimientos de toda la música cubana; y aunque un palo no hace monte, él era el árbol a cuya sombre estaban creciendo los nuevos retoños.

Otros acontecimientos vendrán a incidir en la música cubana de esta década. A ellos llegaremos.