Xenofobia yanqui

El idioma inglés no enfrenta ninguna amenaza en Estados Unidos, ni en el mundo, donde es la lengua franca de los negocios. Pero uno pensaría que el coco de los idiomas se asoma por cada ventana cuando se observa la reacción de hablar otro idioma en público.

 

Esto va más allá de las candidaturas demagógicas de Donald Trump y Bernie Sanders, que deben provocar suficientes preocupaciones. Si usted quiere poner nerviosos a los estadounidenses, mencione el valor de hablar otro idioma, y defiéndalo, como he hecho varias veces recientemente.

 

Les provoca pavor, y ni siquiera tus seguidores, esos que defienden la diversidad, se atreven a apoyarte.

 

Un lector cubanoamericano me recuerda que si uno habla demasiado en español –como él cree que hizo recientemente María Elena Salinas, presentadora de Univisión, en una ceremonia de graduación en California– se corre el riesgo de hacer que algunos se sientan excluidos y “listos para que Trump los reclute”. En otras palabras, calladitos nos vemos más bonitos, como las abuelas de ayer nos hubieran recordado. En otras palabras, la mayoría nos acepta mejor cuando no nos destacamos mucho.

 

Soy una veterana periodista de las guerras contra el bilingüismo en Miami-Dade en los años 1980, de manera que no debería sorprenderme por la división, los malentendidos y los prejuicios que provoca defender el idioma español en este país. Pero sí me sorprende que tantos inmigrantes e hijos de inmigrantes se apresuren a criticar el uso de otros idiomas en estos tiempos.

 

El delirio de que otros idiomas son una amenaza a nuestra forma de vida nos lleva por el camino equivocado.

 

En la Florida, la Legislatura estatal, dominada por los republicanos, trató de erosionar las clases de idiomas al permitir que los alumnos de secundaria reemplazaran con clases de codificación informática el requisito de estudiar una lengua extranjera para entrar a la universidad. No estoy segura si fue el sentido común o un cálculo político de temporada electoral, pero la medida no salió adelante.

 

Incluso en Miami-Dade, que se vende como la Puerta de las Américas, muchas veces la educación bilingüe no recibe el apoyo que necesita, y es una batalla educar a niños que hablen por lo menos dos idiomas para que puedan competir en una economía global.

 

Pero el peor trato lo reciben los musulmanes, como si los terroristas de verdad se anunciaran. ¿Cuántas veces tenemos que leer que sacaron a alguien de un avión, o no le permitieron abordarlo, por hablar árabe por teléfono o con un compañero de viaje?

 

Lo único que odian más que el español es el árabe, o cualquier cosa que suene que es del Medio Oriente. En lo que va de este año ha habido al menos seis casos de musulmanes que han sacado de aviones en Estados Unidos por hablar árabe.

 

Lo único que esto hace es revelar debilidades: los estadounidenses se rinden al miedo, y el nativismo ha sido adoptado como escudo protector.

 

Es triste leer las cartas de estadounidenses que expresan un gran sentido de logro –y superioridad– del hecho que lograron ocultar quiénes eran para ser aceptados en este país.

 

El Sr. P, quien llegó a Estados Unidos a los 12 años, me escribe que todo lo que quería en 1947 era “hablar inglés como los americanos”, para poder asimilarse y que “nadie pudiera decir que no nací en Estados Unidos”. En dos años logró borrar quien era, y está muy orgulloso de eso.

 

“No he querido que nadie me hable en mi idioma natal, ni me interesaba envolverme en la bandera del país donde nací... no puedo aceptar a los nuevos inmigrantes [y sus descendientes] que insisten en hablar su idioma natal, exigen que los eduquen en ese idioma y protestan envueltos en la bandera de otro país”, escribe el Sr. P.

 

Una búsqueda rápida dice mucho sobre quién es el Sr. P. Es republicano y ha vivido en la comunidad políticamente activa de The Villages en el centro de la Florida, y sus familiares no comparten sus posturas. Esos parientes han investigado a la saciedad en Ancestry.com sus raíces en el país que el Sr. P ni siquiera se atreve a mencionar en la carta que me escribió: Austria.

 

Un idioma es mucho más que palabras que no entendemos.

 

El temor se origina en la ignorancia, incluida de la de uno mismo.

 

http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/opin-col-blogs/fabiola-santiago-es/article82046017.html

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Xenofobia yanqui

El Nuevo Herald (EE.UU.)

 

Hablar otro idioma en público en EE.UU. es para algunos una amenaza

Fabiola Santiago -  JUNIO 6, 2016 12:46 PM


El idioma inglés no enfrenta ninguna amenaza en Estados Unidos, ni en el mundo, donde es la lengua franca de los negocios. Pero uno pensaría que el coco de los idiomas se asoma por cada ventana cuando se observa la reacción de hablar otro idioma en público.

 

Esto va más allá de las candidaturas demagógicas de Donald Trump y Bernie Sanders, que deben provocar suficientes preocupaciones. Si usted quiere poner nerviosos a los estadounidenses, mencione el valor de hablar otro idioma, y defiéndalo, como he hecho varias veces recientemente.

 

Les provoca pavor, y ni siquiera tus seguidores, esos que defienden la diversidad, se atreven a apoyarte.

 

Un lector cubanoamericano me recuerda que si uno habla demasiado en español –como él cree que hizo recientemente María Elena Salinas, presentadora de Univisión, en una ceremonia de graduación en California– se corre el riesgo de hacer que algunos se sientan excluidos y “listos para que Trump los reclute”. En otras palabras, calladitos nos vemos más bonitos, como las abuelas de ayer nos hubieran recordado. En otras palabras, la mayoría nos acepta mejor cuando no nos destacamos mucho.

 

Soy una veterana periodista de las guerras contra el bilingüismo en Miami-Dade en los años 1980, de manera que no debería sorprenderme por la división, los malentendidos y los prejuicios que provoca defender el idioma español en este país. Pero sí me sorprende que tantos inmigrantes e hijos de inmigrantes se apresuren a criticar el uso de otros idiomas en estos tiempos.

 

El delirio de que otros idiomas son una amenaza a nuestra forma de vida nos lleva por el camino equivocado.

 

En la Florida, la Legislatura estatal, dominada por los republicanos, trató de erosionar las clases de idiomas al permitir que los alumnos de secundaria reemplazaran con clases de codificación informática el requisito de estudiar una lengua extranjera para entrar a la universidad. No estoy segura si fue el sentido común o un cálculo político de temporada electoral, pero la medida no salió adelante.

 

Incluso en Miami-Dade, que se vende como la Puerta de las Américas, muchas veces la educación bilingüe no recibe el apoyo que necesita, y es una batalla educar a niños que hablen por lo menos dos idiomas para que puedan competir en una economía global.

 

Pero el peor trato lo reciben los musulmanes, como si los terroristas de verdad se anunciaran. ¿Cuántas veces tenemos que leer que sacaron a alguien de un avión, o no le permitieron abordarlo, por hablar árabe por teléfono o con un compañero de viaje?

 

Lo único que odian más que el español es el árabe, o cualquier cosa que suene que es del Medio Oriente. En lo que va de este año ha habido al menos seis casos de musulmanes que han sacado de aviones en Estados Unidos por hablar árabe.

 

Lo único que esto hace es revelar debilidades: los estadounidenses se rinden al miedo, y el nativismo ha sido adoptado como escudo protector.

 

Es triste leer las cartas de estadounidenses que expresan un gran sentido de logro –y superioridad– del hecho que lograron ocultar quiénes eran para ser aceptados en este país.

 

El Sr. P, quien llegó a Estados Unidos a los 12 años, me escribe que todo lo que quería en 1947 era “hablar inglés como los americanos”, para poder asimilarse y que “nadie pudiera decir que no nací en Estados Unidos”. En dos años logró borrar quien era, y está muy orgulloso de eso.

 

“No he querido que nadie me hable en mi idioma natal, ni me interesaba envolverme en la bandera del país donde nací... no puedo aceptar a los nuevos inmigrantes [y sus descendientes] que insisten en hablar su idioma natal, exigen que los eduquen en ese idioma y protestan envueltos en la bandera de otro país”, escribe el Sr. P.

 

Una búsqueda rápida dice mucho sobre quién es el Sr. P. Es republicano y ha vivido en la comunidad políticamente activa de The Villages en el centro de la Florida, y sus familiares no comparten sus posturas. Esos parientes han investigado a la saciedad en Ancestry.com sus raíces en el país que el Sr. P ni siquiera se atreve a mencionar en la carta que me escribió: Austria.

 

Un idioma es mucho más que palabras que no entendemos.

 

El temor se origina en la ignorancia, incluida de la de uno mismo.

 

http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/opin-col-blogs/fabiola-santiago-es/article82046017.html