Voces de este tiempo: ellas

Cantar. Eso era lo que ellas querían hacer con su vida, ser cantantes famosas y que los públicos, las luces, la radio en una primera etapa y en una segunda la televisión, le dedicaran tiempo, energías y toda la atención. Los fotógrafos serían los eunucos de sus vidas y los reporteros actuarían como celestinos de sus virtudes.

Ellas, algunas, tuvieron la suerte de graduarse en la Escuela Normal para Maestros, otras traían tanto fuego en el alma, la cintura, el vientre o la cabeza; que lo exteriorizaron por medio del baile y lograron pasar del fondo del escenario a ser figuras; la que menos se conformó con un oficio que bien pudo ser el de cocinera. Pero en común tuvieron estas cuatro mujeres, además de ser negras —no importa la gradación, pues según algunas teorías raciales “hay siete clase de negros”, existen los “mulatos adelantados” y otras cursilerías manifiestas— la suerte de converger en los años 60 y que la ciudad, sus habitantes y sus noches fueran seducidas por el encanto de esas canciones que interpretaron.

Sus nombres: Celeste Mendoza, Gina León, Guadalupe Yoli o simplemente la Lupe, y Fredesvinda García a la que todos llamaron “la gorda Fredy”. Sin ellas no se puede escribir la historia musical cubana de los años 60. Fueron las reinas indiscutibles de los clubes nocturnos y los cabarets. De ellas fue el reino de la música.

Hubo otros nombres de mujeres, algunos que cruzaron de una década a la otra: Elena, Omara, La Mora; algunas que aparecieron en estos mismos años: ahí están Marta Justiniani o Miriam Ramos por solo citar dos nombres. Pero no superaran el mito de las antes nombradas.

La Lupe y Celeste Mendoza llegaron desde Santiago de Cuba, con años de diferencia, con distintos sueños y triunfaron.

Mendoza comenzó su carrera como bailarina hasta que un día le permitieron probar fortuna cantando y su vida cambió. Su ruta profesional transitó de los camerinos de Tropicana a la tranquilidad de los estudios de la calle San Miguel y de ahí a las victrolas. Sones, rumbas y boleros fueron sus armas para llenar los sueños de quienes comenzaron a seguirla; pero tras ella estaba la maestría de Ernesto Duarte con sus arreglos y el talento de sus músicos; la serenidad musical de Bebo Valdés y su orquesta o las ideas renovadoras que Joaquín Mendivel aplicaba en sus orquestaciones; pero también la preocupación por un repertorio adecuado a sus posibilidades vocales. Todo ello funcionó para que Celeste Mendoza se colara en el corazón y en la vida de sus compatriotas. Sin embargo, su entrada en grande en la historia musical cubana sería con sus interpretaciones de rumbas, sobre todo la conocida “Sobre una tumba una rumba”, escrita por Ignacio Piñeiro y de la que ella hizo una creación insuperable.

Mas, si Celeste era el prototipo de aquella mujer que definiera con sus trazos el dibujante Wilson y que conociéramos como “criollitas”; la Lupe no sería menos pero con la particularidad de que ella convertía sus presentaciones en lo que hoy se conoce como reality show. La Lupe se había graduado como maestra normalista en Santiago de Cuba —lo mismo que Pacho Alonso— pero era tanta su necesidad de cantar que cuentan que don Mariano Mercerón, el gran patriarca musical santiaguero, se la recomendó a dos de sus coterráneos radicados en La Habana: Ernesto Duarte y al pianista Pepé Delgado, y sería con este último con quien hará empatía para adueñarse de las noches habaneras, y convertirse en la “Yiyiyi” (su gemido de guerra) que todos querían ver en el Club la Red del habanero barrio del Vedado.

Ella actuaba sus canciones, las vivía apasionadamente y esa pasión le provocaba arrebatos que compartía con el público asistente y así se tejió su leyenda: que si se desnudaba, que si tiraba los zapatos al pianista; esos y otros comentarios y diretes llenaron las calles de una ciudad que vivía desenfrenadamente sus noches y sus sueños de un futuro diferente. Lo cierto es que alguna que otra vez se desgarro las vestiduras, que si agredió ligeramente al pianista, pero aquello no era más que una puesta en escena para comunicarse con el público, para desnudar su alma en cada canción y así lo comprendieron muchos. Sin embargo un buen día La Lupe decide establecerse fuera de las noches habaneras y su leyenda se acrecentó en otras tierras y cantando a otros autores, fundamentalmente al puertorriqueño Catalino, “Tite”, Curet Alonso, cuyos boleros ella supo interpretar y recrear —ahí están “Puro teatro” y “La gran tirana”— su paso por la orquesta de Tito Puente y un final que nadie esperaba para una vida turbulenta.

Pero La Lupe era irrepetible y auténtica, por eso muchos de sus seguidores no le perdonaron el abandono; mientras que Pepé Delgado regreso por algún tiempo más a la tranquilidad que generaba acompañar a Pacho Alonso o a Elena Burke en el Sherezada. La Red y el Karachi ya no fueron los mismos, no importa que un inquieto Pablo Milanés comenzara en ellos su meteórica carrera musical.

Si Celeste y la Lupe eran las clásicas mulatas cubanas, ella era la antítesis total. Cuentan que era de una enorme estatura y que su cuerpo estaba marcado por una gordura descomunal —hoy le llaman obesidad— pero que sus manos eran suaves y pequeñas. Sus estudios se limitaban a dominar los utensilios de cocina y a combinar especies y condimentos; pero en la casa donde trabajaba como cocinera le despidieron para que se dedicara a cantar. Su buena estrella le acompaño y las puertas del Bar Celeste, en el cruce de las calles Humboldt e Infanta se le abrieron de par en par creando su legión de seguidores. Tenía una hermosa voz de bajo y una gran ternura para interpretar las canciones más difíciles. Le habían nombrado al nacer Fredesvinda García, pero todos le llamaban “la Gorda Fredy”.

La Fredy se puso de moda y todos querían escucharla, los compositores le entregaban sus temas y, por suerte, los estudios de grabación se pusieron a sus pies. Y como si se repitiera la historia siempre que tenía un tiempo Pepé Delgado le acompañaba al piano; lo mismo que más de un escritor famoso de aquellos años le dedicó alguno de sus poemas.

Sin embargo, Fredy al igual que la Lupe se perdió en el laberinto de la emigración y moría en Puerto Rico —dicen que su tumba está cerca de la de Don Tite Curet y la de Daniel Santos El “jefe”— dejando una leyenda menor que la de su compatriota, tanto que sigue siendo la gran desconocida de las cantantes cubanas de los años 60 y no ha sido justipreciada. Aun así su versión del bolero “Debí llorar”, del binomio Piloto y Vera es referencia obligada cuando se habla de grandes interpretaciones.

Fue de ellas cuatro la más mimada por el público y los medios. Su turbante fue sinónimo de belleza y grandeza. Nadie se ausentaba de sus presentaciones, bien fueran en el Teatro Auditórium Amadeo Roldán; en cualquier club nocturno, sobre todo el Johnny Dreams; o en su cuartel general, el Salón Rojo del hotel Capri, convertido en Cabaret una vez que cerró sus puertas como uno de los casinos más lujosos de La Habana. Gina León era novia de todos y la amante de ninguno.

Gina canta en el Capri, tal vez su disco más importante, es a mi modesto entender, una obligada referencia cuando se quiere entender las transiciones musicales que fueron ocurriendo en los años 60; no solo por el repertorio seleccionado sino por la grandeza de los arreglos escritos y orquestados por los mejores músicos de aquellos años. A la carrera de Gina León tributaron Adolfo Guzmán, Rafael Somavilla, Joaquín Mendivel, Armando Romeu y otros que harían extensa esta relación.

Gina supo adueñarse de las composiciones que escogía como pocas cantantes de aquellos años; hubo temas que solamente ella podía cantar y después de haberlos interpretado ya nadie los volvería a tocar; así ocurrió con composiciones del mexicano Roberto Cantoral, del mismo Guzmán o de otros importantes compositores.

Los años 60 siguieron su curso, pero la voz de Gina se mantuvo por muchos años; cuando otras urgencias y propuestas musicales ganaron espacio ella mantuvo su lugar en las noches habaneras desde los cabarets. No importa el paso del tiempo, su voz siempre se ha mantenido inalterable y aún se le escucha reclamar “…aléjate mi vida te lo imploro… ()… los ángeles también, a veces lloran…”

Para seguir entendiendo estos años se hace prudente acercarse a quienes escribieron parte importante de las canciones que llenaron los sueños de esa época.