Vivir y pensar la trova
Fotos: Archivo de La Jiribilla
 

Un hombre, una mujer, una guitarra, y buenos amigos en una casa, un patio, un parque, un café, si acaso una pequeña sala de teatro. Eso le bastaba a la trova para existir, alimentar espíritus y fundar mitos y recuerdos. Hablo de la trova como una entidad sucesiva de estilos de la canción cubana, desde la que hoy llamamos tradicional hasta la de los nuevos y novísimos. Esto es importante.

De un tiempo a esta parte, los ámbitos reservados a esta zona de la canción parecen retroceder ante la evolución de la industria del espectáculo y el mercado. Incluso ante la evolución misma de los géneros que confluyen en la trova, al arroparse esta con formatos instrumentales más nutridos, la irrupción de la electrónica y fusionarse, en el mejor de los casos, con otras muy vivas expresiones nuestras.

Debemos diferenciar, sin embargo, un hecho. La actitud y comprensión de la naturaleza de la canción, de su función estética, define la calidad del acto trovadoresco, con independencia de los formatos y el lugar donde se produzca la entrega artística.

Silvio seguirá siendo el trovador por antonomasia en un estadio o la salita de Bellas Artes. Lo es y crece en la gira interminable por los barrios de la Patria, entre gente sencilla que lo recibe como si fuera un familiar cercano.

Entre los parroquianos de un café concert de pocas mesas o frente al retador auditorio del teatro Karl Marx, Pablo no se rinde ni hace concesiones. Miriam Ramos salva la memoria de diez o mil personas y ya quisiéramos revivir a César en el Gato Tuerto.

No obstante, existen espacios que estamos en la obligación de preservar y potenciar como parte una diversidad irrenunciable y de la salud de nuestra vida cultural. Hablo de una red de instituciones que a lo largo del país, en unas provincias con mayor aliento que en otras, constituyen baluartes a defender. Las más destacadas no se han impuesto a base de normas y obligaciones, sino de constancia, respeto y una gestión promocional efectiva. Y calidades musicales, puesto que no todo lo que parece, es trova. Los festivales y eventos ayudan, ¿pero qué pasa después de estos?

La Egrem sabe que La Trovita de la calle Heredia es sagrada. El Mejunje de Silverio, en Santa Clara, rinde culto a la Trovuntivitis. Los Novos y Nelson Valdés defienden a capa y guitarra sus espacios en el patio de la Uneac cienfueguera. En el hueco del Instituto de Periodismo, de la calle G, a los diablos ilustrados de Fidelito les nacen seguidores. El Sauce, en Playa y con Frank Delgado como capitán, es territorio libre de reguetón, aunque los precios sigan altos; Víctor Casaus, en el Centro Pablo, sostiene A Guitarra Limpia.

El acompañamiento mediático padece de intermitencia. Son escasas, magras y poco favorecidas las entregas televisuales de la trova, mientras avanzan las lentejuelas, nuestras operaciones triunfo y la exaltación de la fama. El disco merece otro análisis, en tanto los problemas en la producción, circulación y promoción del disco cubano afectan a todos los géneros, artistas y públicos. En cuanto al futuro de la trova, que levante la mano la guitarra, digo, y creo no estar solo.