Vivir en tiempos de Fidel

Sé que iba a suceder más tarde o más temprano. Y sin embargo, no lo pude creer. Porque Fidel no es de los que mueren, ni física ni espiritualmente. Siempre pensé que su voluntad, su energía interior serían más fuertes que los achaques y daños ocasionados por el paso del tiempo. Y siempre lo podríamos salvar. En eso reaccionaba como un niño, sin mucha madurez. 

Mi hija llamó para preguntarme si era cierto. Estaba en una fiesta y nadie lo podía creer. Sin meditarlo mucho le dije que seguro esa era otra de las tantas mentiras. ¿Cuántas veces nos lo mataron? Pero me porfió que la noticia la estaba dando la televisión.

Daniela tiene 22 años, yo 54. Por su juventud, ella debió ser más sensata y cuerda a la hora de aceptar la triste noticia. Porque no creció como yo, viéndolo a diario lo mismo en un cañaveral, enfrentando un ciclón o anudando la pañoleta de una pionera; lo mismo desenmascarando a nuestros enemigos que condenando los grandes males que afectan a la humanidad en los más importantes foros planetarios.

Pero no fue así. Daniela también está triste, como la mayoría de los jóvenes cubanos. Porque aunque desde la distancia, ella también creció bajo su abrigo, con sus enseñanzas, con su orgullo; ese orgullo que ha hecho tan grande a este pequeño archipiélago del Caribe. Porque Fidel nos tocó, nos llegó a todos como el padre mayor, el sabio de la tribu al que siempre volvemos en busca del consejo oportuno.

Mis padres duermen y no los quiero despertar. Temo cómo puedan reaccionar a sus 70 años. Se hicieron hombres y mujeres a su lado. Crecieron con la Revolución, crecieron con Fidel. Como repiten en ocasiones: “En las buenas y en las malas”. Y fueron muchas más las malas. Así y todo, siempre confiaron en que “cuando Fidel se entere, eso se va a arreglar”. ¿Cómo les digo que ya no estará con nosotros, aunque sea en esas breves noticias y fotos en las que últimamente aparecía en la prensa? ¿Cómo les digo?

A la pequeña Marcela tengo que enseñarle más sobre ese gran hombre y sus ideales de independencia y justicia. Ese es ahora mi mayor deber. Así entenderá mañana porque su padre se pone triste cuando llega el 25 de noviembre. Y por qué se enorgullece de haber vivido en tiempos de Fidel.