Villafaña: el «enanito» que alcanzó su pedacito de nube

No podía ser otro el lugar de la cita. Definitivamente, no. A Agustín Antonio Villafaña Rodríguez no se le puede pedir declaraciones por un email y renunciar, así, al diálogo otro que desata con los gestos, las expresiones, las emociones.

Por ello cuando en la tarde de este viernes le entregaron oficialmente el Premio Nacional Olga Alonso 2017 por la obra de la vida —que es decir casi toda su vida dedicada al arte y a la instrucción— el patio de la sede de la Comunidad Artística Casa Yeti (13 No. 4420 entre 44 y 46) se tornó en concurso de remembranzas y ganas de seguir apostándole todo a crear. Y a crecer.


Agustín A.Villafaña. Foto: Tomada de Internet


El patio se quedó chico, sobre todo en espacio para la conmoción. Llegaron buenos y viejos amigos, y repasaron —de a uno— «al Villa» que volcó sus mejores energías en esbozar caminos para la cultura y a quien no se le agotó nunca el combustible en aras de alimentar, en cualquier rincón, el arte desde y para la comunidad.

«Resultan pocos los reconocimientos que se le pueden dedicar a este notable creador. A decir por él, es esencialmente un pedagogo y le gusta enseñar cuanto sabe. Disfruta compartir sus ideas con los jóvenes y verlos crear». Se escuchó durante la presentación del agasajo.

Poco después, Margarita Mejuto —vicepresidenta del Consejo Nacional de Casas de Cultura— leyó las razones de este premio que fue, merecidísimamente, a parar a las manos del artista: «Promotor cultural por excelencia, desde los tiempos fundacionales de la Brigada de Instructores de Arte XX Aniversario en la Isla de la Juventud, durante más de 40 años su obra docente y artística ha estado encaminada a fortalecer el movimiento de aficionados al arte y la cultura en diferentes espacios comunitarios.

«Incansable defensor de la profesión instructor arte, con la mirada puesta en su superación como garante en la formación de valores estéticos, éticos y el afianzamiento de la identidad cultural. Fundador (y director general) del proyecto cultural Comunidad Artística Casa Yeti, que desde las artes visuales y durante veinte años desarrolla acciones comunitarias de gran impacto social, comprometido con la cubanía y el humanismo del proyecto Nación que defendemos», aseveró Mejuto.

La tarde sirvió de pretexto, igualmente, para la categorización nacional del colectivo de artes plásticas KY-13, perteneciente a esa comunidad que fundó el maestro Villafaña.

Y luego de ello, todo regresó al punto de partida: el premio. Empezaron a llover abrazos y elogios. Algunos llevaron cuadros, diplomas y pinceles; otros empaquetaron su regalo en canciones de alegría y trovas de buena fe. Y Agustín «aguantaba» en el más expresivo de los silencios.

Una llamada interrumpió, para bien, la tarde. Portaba el abrazo y el reconocimiento de Sancti Spíritus, la provincia que se vistió de anfitriona este año, en ocasión del Día del Instructor de Arte,para distinguir el arte comunitario con su justo acento, a lo Olga Alonso.

Y es que, en su edición del 2017el importante galardón premió —además del maestro Agustín— a los artistas Florentina Luisa PentónArnalich (Sancti Spíritus), Néstor Olazábal Martínez (Camagüey) y Juan Alberto Iglesia Sierra (Ciego de Ávila). Los tres últimos también con una plausible impronta de entrega, compromiso y tesón en el ámbito de la enseñanza artística a través de la música, la danza y el teatro, respectivamente. Cuatro instructores de arte que pusieron título a un premio y para quienes el norte, sin duda, apunta a la comunidad.

Sin darle tregua a la tarde, prosiguieron los acordes de homenaje al hombre cuyo rostro y manos se hacían omnipresentes en aquel patio; un patio más grande cuanto más comunitario. Hasta que tanto cariño consiguió sacar «al profe» de su silencio. «Quienes me conocen saben que he aguantado demasiado.Primero, todos los que estamos aquí, nos vemos constantemente. Para mí ha sido una satisfacción enorme que estén conmigo, que estén con Yeti, que estén con nosotros de alguna manera reconociendo algo que es una parte de un ejército enorme de esperanza que se llama: los instructores de arte».

Aun cuando muchos no pensaban que esa fuerza pudiera tener la magnitud que ha demostrado,siempre la ha tenido —ponderó el artista—y, también,«la dicha de un reconocimiento no a lo mejor, desde un punto de vista oficial, sino de un reconocimiento a aquellos que han recibido esa fuerza creativa, los propios instructores,en los lugares de silencio total. Hoy hay menos lugares de silencio, gracias a los instructores de arte.

«No quisiera irme de aquí sin decir que yo soy lo que soy, primero gracias a la Revolución», significó. Porque para alguien que haya nacido en Yateras y que puso la esperanza en un día llegar a ser algo de lo que es hoy —continuó—, ese sueño sin la ayuda de muchos hubiera sido inalcanzable. «Y por eso le escribí un día una carta a Celia. Celia me contestó y me dijo que era posible, y cómo tenía que hacerlo, que todo lo demás dependía de mí.Yo creo que tuve una gracia: la dicha de poder agradecérselo y de que ella me viera graduado de la Escuela Nacional de Arte…

«No quiero dejar fuera en estos 45 años de vida como instructor, como profesor, como promotor, como artista, todo lo que pude haber pasado —por tantos lugares, por tanta gente—. Son innombrables los lugares y las cosas que se pueden crear cuando le salen a uno del medio del pecho.

«Lo digo porque si no hubiera sido por esta familia que llevo hace más de 40 años (…), por los amigos, mis compañeros,por todos aquellos que de alguna manera hacen un gremio importante en la vida de uno, era imposible llegar aquí. Si existe Yeti, no es por mí. Yo fui solamente el enanito ese que se propuso alcanzar un pedacito de nube, pero tuve mucha gente que me puso un peldaño para poder llegar (…)Ese colectivo inmenso que me sigue sin pedir un salario, porque es muy difícil hacer este trabajo, incluso asalariadamente…», insistió Villafaña.

Son tantos los que merecen este premio —recalcó—,«tan silenciosamente, tan misteriosamente irreconocibles», que confesó la pasión de saberlo un reconocimiento colectivo. Y saberlo así por cada uno de ellos, quienes muchas veces desde el anonimato prefirieron continuar sumando peldaños hacia la nube.

Que en sus 65 años se unan 45 de vida artística y de magisterio —asegura—, y más de 40 de matrimonio, es para él algo más que un juego de fechas y aniversarios: «una satisfacción tan grande, una dicha de la vida…» Y entonces, con las lágrimas prontas a saltar y la emoción estrujándole la voz, Villa desborda, en una frase, todo su agradecimiento: «Qué más puedo pedir».