Viernes, la revista popular del sábado

Resulta curioso el título y subtítulo de esta revista. Acusa, en su conjunto, cierto sentido enunciativo, como si se proclamara el anuncio de algo propuesto el viernes para cumplirlo el último día de la semana, que es precisamente el sábado. Su primer número salió el 30 de septiembre de 1950 bajo la dirección de una figura hoy totalmente olvidada: Renée Potss (1908-2000), a quien evoco, primero, desde mis recuerdos: de baja estatura, envuelta en carnes, dinámica, jaranera. Iba con frecuencia al Instituto de Literatura y Lingüística a visitar a su director fundador, José Antonio Portuondo, y después a Mirta Aguirre, a cargo de la institución desde 1976 y hasta su muerte, ocurrida en 1980. Posteriormente continuó asistiendo con regularidad a esa institución, a donde acudía a revisar, sobre todo revistas, en su  magnífica biblioteca. 

Renée, o mejor Renecita, como muchos la llamaban, escribió obras teatrales como El Amor del Diablo (1933), Habrá guerra mañana (1935) y Las babuchas de Abú Casim (1963), esta última representada en varias oportunidades. En 1936 obtuvo el Premio Lyceum de Literatura por su libro de poesía Romancero de la maestrilla y en 1955 ganó el premio de cuentos Hernández Catá, con “Camino de herradura”. Dirigió la revista para niños Mundo infantil, dio a conocer obras para títeres representadas en la televisión y fue coautora de textos de lectura para el Ministerio de Educación.

Maestra y periodista por vocación, a ambas disciplinas se entregó durante muchos años y sobre la primera publicó, en 1949, Recuerdo de un maestro, de valor sentimental y testimonial. Su labor periodística la vinculó a otras publicaciones como El Mundo, Avance, Grafos, Vanidades, Ellas y El País, entre otras muchas. Activa en la vida cultural cubana durante su larga vida, en la actualidad nadie la recuerda, pero su labor desplegada para bien espiritual de nuestros niños merece reconocimiento.

Los propósitos de Viernes quedaron plasmados en el primer número:

Diremos enseguida que Viernes aspira a ser algo más que el nombre de un día de la semana. Bajamos al ruedo periodístico no a llenar una necesidad sentida, sino porque sentimos la necesidad de acercarnos a una buena parte del pueblo cubano, que suponemos ausente de la vocinglería de los políticos al uso, al pregón de los mercaderes, la pólvora de los oradores campanudos y los cintillos a ocho columnas.

Se añade, además, que “…no se mueve dentro de una cerrada esfera partidaria, ni está adscrita a un determinado núcleo electoral: aspira por el contrario a convivir junto a todas las fuerzas progresistas y democráticas que buyen hoy en el seno de la patria”.

Y alega:

No va a ser esta una revista erudita, ni pedante, ni «exclusiva». Pero sí tratará de poner al pueblo al contacto con las más acusadas manifestaciones del pensamiento universal de nuestros días, rompiendo así el claustro en que un estrecho egoísmo de grupo las mantiene cerradas.

Finalizaba: “Por lo demás tenemos el valor de confesar que amamos el bien decir, la expresión discreta y propia, el tono ponderado que son parte muy señalada del rico acervo cultural que nos legó el siglo xix cubano”.

Viernes, la revista popular del sábado, reflejó la actualidad cultural de la época y dio preferencia a temas cubanos y del resto del continente. Reseñó exposiciones de arte y libros editados recientemente. También publicó   traducciones, conferencias y artículos de crítica literaria y sobre literatura en general, artes plásticas, cine y otros temas de interés cultural. También dio a conocer poesías y cuentos. Entre sus colaboradores más destacados estuvieron los ya mencionados Portuondo y Aguirre (quien firmó muchas de sus colaboraciones con el anagrama Rita Agumerri), Elías Entralgo, Ángel Augier, Graziella Pogolotti y Rosario Novoa, entre los nombres más relevantes. Al parecer, solo cinco números vieron la luz, el último correspondiente al 28 de octubre de 1950. 

Como todo esfuerzo casi unipersonal en época de coyunturas culturales difíciles, la presencia de una publicación como Viernes no podía perdurar en medio de la desidia reinante en los medios oficiales, y mucho menos cuando su directora convocaba en sus páginas a intelectuales de clara filiación revolucionaria comprometidos con las mejores causas.