Viento del Neva

Foto: Claudia Yilén Paz Joa

 

¨…tal es tu parte en la vida…¨
Eclesiastés 9:7-10

 

Mucho tiempo sin verla. En realidad, años. Más de dos años. Todo ese tiempo y ahora ella estaba allí, y a las manos aquel libro, un libro de Dostoievski, ella sentada en la butaca, ella y el libro de Dostoievski, lo hojeaba sin cuidado, eso antes de cerrarlo, antes de dejarlo sobre los muslos. Dostoievski sobre unos muslos. Unos muslos dorados. Fiódor Mijáilovich. Unos muslos de vellos rubios, finísimos, y sobre ellos un ruso. Un tipo nacido en Moscú y fallecido en San Petersburgo. Un tipo que viviera en la calle Srédnaya Meschánskaya número 7. Que padeciera epilepsia. Otra vez lucía ella cabellos rojos. Así la había conocido, pelirroja. La última vez había tratado de dejarle un mensaje, unas palabras en el chat de Facebook. No pudo. Descubrió que ella lo había bloqueado. Si en la vida uno no desea saber de alguien le dice: oye, no te quiero más. En Facebook uno introduce ahí nombre y apellidos del indeseado y out. Eso había hecho ella. Fiódor Mijáilovich había escrito muchas cartas a María Dmítriyevna Isáyeva, la letra diminuta y endiablada pero ella nunca bloqueó aquellas cartas, nunca dejó out a Fiódor Mijáilovich, nunca dijo al cartero: tenga usted la bondad de regresar esto, por favor, al distinguido remitente en Stáraya Rusa, óblast de Nóvgorod. Dostoievski nunca fue para María Dmítriyevna un indeseado. Eso hasta que María Dmítriyevna muriera, en 1864. Pero esta no se llamaba María. Tampoco era hija de Dimitri. Y no era rusa. Era de La Habana. Quería verte, dijo ahora ella. Dostoievski se había casado con Anna Grigórievna Snítkina tres años después de la muerte de María Dmítriyevna. Pero en 1881 también hubo de morir Anna. Las mujeres se mueren o lo bloquean a uno. En Facebook o en la vida real. Dondequiera. Vivan donde vivan. La ciudad en la que vivan. El siglo en el que vivan. Eso para un día aparecer y decir aquello: quiero verte, precisamente eso había dicho ahora ella. Lo dijo, bajó los ojos hacia el libro, tamborileó sobre la portada y volvió a mirarlo. Era muy de mañana cuando tocaron a la puerta, un toque insistente, y carajo, ¿quién a esta hora?, así se dijo, y se fue a la puerta, maldiciente, y abrió la puerta, descontento, eso para quedar allí, mirando afuera, incrédulo, sin decir palabra, asombrado, mirándola. Y es que una puerta no se bloquea como se bloquea Facebook. No. No se puede. Ni en este siglo ni en ninguno. En la época medieval se colocaba una tranca detrás de las puertas. Acá ya no se hace eso. Tampoco puede uno colocar nombre y apellidos de la persona sobre una puerta para que el aludido no aparezca ante ella. Quizá en el vudú se pueda. Sin vudú no se puede. Imposible. En un film se coloca un dispositivo a un lado y se introduce un password. Pero esto no era un film, era la vida real. Por eso la miró, sin creérselo la miró y pestañeó, varias veces. Una puerta no es Facebook, pensó. ¿Me vas a recibir?, quiso saber ella. Ahora ella estaba sentada en la butaca y tenía aquel libro de Dostoievski sobre las piernas. El idiota. Ese era el nombre del libro. En ruso, como en inglés, se escribía idiot. Eso he sido siempre con esta mujer, pensó él, un idiot, en ruso, en inglés, en español, no importaba el idioma. Un hombre puede ser un idiot con una mujer, tal vez con dos, eso toda la vida. Una, máximo dos. Lo que no puede es ser un idiot con todas las mujeres, no, eso no. Al menos no toda la vida. En la vida uno se lía con Nastasia Filíppovna Baráshkova pero ama a morirse a Aglaya Ivánovna Yepanchiná. Él se había liado con unas y otras pero ella era su Aglaya. Con ella y solo con ella él era un idiot. Dostoievski lo sabía bien. Exactamente así había acontecido a Myshkin. Pero Myshkin era príncipe. Y era ruso. Y era un personaje literario. Él era un tipo común. Un tipo de La Habana. Un hombre real. Para colmo, Dostoievski nunca había visitado La Habana. El calor no le habría gustado. El calor lo habría dejado grogui. Turulato. Odiando a muerte esta ciudad. El calor y otras cosas. Sobre todo otras cosas. Gracias…, por recibirme, dijo entonces ella. Aquello pudo haber llegado de un personaje del novelista ruso, esa humildad, ella nunca había sido humilde, ella nunca había semejado un personaje de Dostoievski. Ni en sueños. Un personaje de Bukowsky sí. O de Bolaño. También de Bolaño. Más bien ella siempre le había parecido una mixtura de ambos. Un Bukowsaño. O un Bolaowsky. No sabía si debía venir, dijo ella, si me recibirías. Lo miró y volvió a tamborilear sobre la carátula del libro. Ahora un ruso diría , quizá no un ruso al estilo del funcionario Marmeladov, ese que muere bajo una carreta en el puente Voznesenski, quizá él no, pero un ruso, por ejemplo, un ruso del común, lo haría, y se arrodillaría para tomar las manos de la muchacha, también eso, y diría iá tibiá liubliú. Eso un ruso. Y el resto de las cosas que diría un ruso. Uno del siglo XIX. Un ruso en una novela de Dostoievski. Quizá también se enjugaría una lágrima. Myshkin, por ejemplo, lo haría. Aliosha, el personaje de Los hermanos Karamazov, lo haría. Raskólnikov quizá. Ragozhin no lo haría, ni muerto, tampoco lo haría Ivan Karamazov, ni Dmitri Karamazov. Esos no. De Afanasi Ivánovich Totsky o de Arcadio Ivánovich Svidrigáilov ni hablar. Dostoievski era experto en tales personajes. Él sintió ahora el impulso de hacer algo así, arrodillarse, tomar las manos de la muchacha y decir: dá, dá, y también: iá tibiá liubliú, el resto de las cosas que diría un ruso, Aliosha, por ejemplo, o Myshkin, un ruso en una novela de Dostoievski, un ruso del común, pero se contuvo, se contuvo porque este era el siglo XXI y era La Habana y él no era ruso, ni siquiera era un personaje literario, y de ruso por demás no entendía una jodida palabra, por eso solo dijo: sabes que aquí puedes venir cuando quieras. Eso fue lo que dijo. En el español de La Habana. Con la cadencia y los gestos de La Habana. Y la miró, aparentemente tranquilo la miró, aparentemente porque dentro era Dostoievski y era Myshkin y transcurría otro siglo y el viento fluía desde el Neva, aciclonado, viento helado que llegaba desde más allá del lago Ládoga, y ella era Aglaya, la hija del general Yepanchin, y la nieve toda de Rusia jugaba a enfriarles a ambos las manos. Al menos eso creía él, eso de la nieve de Rusia enfriando las manos, las manos de ambos. Hay seres que aman en mitad de un volcán. Otros aman al centro de la taiga. Él no estaba en un sitio ni en otro, ni taiga ni volcán, pero quizá la amaba. No a la manera de Dostoievski, aquella, las de las novelas, la manera rusa del siglo XIX, no, esa no, pero la amaba. Lo que tengo que decirte no puedo decírtelo por un cable, le hizo saber ella. En el siglo XX la mayoría de los seres se hablaron a través de cables. En el siglo XXI se hablan mirando una pantalla. Uno a las antípodas del otro. O muy cerca, pero ya sin cable. El siglo XX había sido un cable. Hablarse por un cable. Un cable muy largo. El siglo XXI era una pantalla. Brillante la pantalla. Y no se hablaba, se enviaban emojis. En la Rusia del siglo XIX Aglaya y Myshkin se reunían al calor de un samovar, ahí, uno frente al otro, dos que se miran, la zavarka hirviente en el samovar, y ellos ahí, cerquita, sin cables ni pantallas, sin emojis, dos que sonríen y degustan ceremoniosamente su té, y dicen dá dá, y todo lo demás que puedan decir dos rusos. Él quiso saber si ella deseaba té. Frío, dijo ella, me gusta frío. Aglaya y Myshkin lo tomaban ahora mismo hirviente, la luz de las bujías, el samovar entre ambos, el samovar sobre la mesita de madera amarillenta, madera de castaño, también el kalach, pero aquella era Rusia y el siglo XIX, y bullía, gélido, el viento del Neva, esto era el Caribe, y los vientos eran alisios o llegaban, ardientes, desde el sur, y todo estaba muy jodido con el follón del cambio climático, el efecto invernadero, la jodida capa de ozono y la Corriente del Niño. Ahora, para colmo, había aparecido la Corriente de la Niña. Era el siglo XXI y hasta los párvulos se arremolinaban contra el clima. Y de kalach ni un demonio. Se levantó, fue a la cocina y preparó el té, las bolsitas con poca agua, hirviente, después agua fría y mucho hielo. Ella quedó sobre la butaca, la mirada fija sobre el libro de Dostoievski, el libro sobre los muslos, un mundo más vasto que el mundo sobre las piernas, un mundo pesando sobre unas piernas de vellos muy rubios, quizá lo hojeó, tal vez leyó alguna que otra oración, alguna que formara parte, por ejemplo, de aquella sección, esa en la que Aglaya y Myshkin degustan su té, el diván vasto y tornasolado del salón de la generala Lizaveta Prokófievna Yepanchiná, quizá leyó esa parte, quizá, pero nada cambió. El viento fue el mismo. Llegó desde el mismo sitio. Lo leí hace algunos años, dijo, al verlo regresar de la cocina, él colocó las tazas sobre la mesita: gran libro, admitió. Las tazas quedaron ahí, sobre la mesita, sobre esta, la mesita de acá, la del siglo XXI, cero madera de castaño, plástico y metal, solo eso: ahí está el azúcar, le pones la que desees, yo lo tomo natural. Siempre obsesivo con la salud, dijo ella. Él pensó que ella no se cuidaba, en realidad nunca se había cuidado, por eso le puso tres cucharaditas, tres bien cargadas, después cruzó las piernas y, sin preguntar, sin indagar si podía hacerlo, prendió un cigarro. Tengo SIDA, dijo. El humo subía aletargado y dentro de las páginas Aglaya Ivánovna Yepanchiná y el príncipe Myshkin no dejaron de saborear su té. Sobre la mesita, madera de castaño, aquella, la mesita de allá, la del siglo XIX, hervía el samovar y Aglaya no prendió cigarro alguno, no, y no lo hizo porque en las novelas de Dostoievski las mujeres no fuman. Puede que alguna inhale rapé pero fumar no, eso no. Fuera de las páginas ella lo miró muy seria y tamborileó sobre el libro, ni a Aglaya ni a Myshkin molestaron aquellas raras vibraciones, solo miraron al techo, extrañados, la nieve, pensaron, copos grandes, volvieron a pensar. Si Aglaya confiara ahora mismo a Myshkin padecer alguna enfermedad muy grave el príncipe de seguro diría algo así como Le ruego encarecidamente, querida Aglaya Ivánovna, de favor se lo ruego, que no bromee tan infelizmente, como bien sabe usted la quiero sin remedio y todo cuanto a usted suceda me conmueve de manera seria. Eso diría Myshkin. En eso pensaría después, cuando a grandes pasos cruzara el puente Stoliarni: vaya broma pueril la de Aglaya Ivanovna esta tarde, decirme que ha caído gravemente enferma. Pero esto no era una novela rusa. ¿Sida?, repitió él. El humo jugaba a hacer un nudo, jugaba a ahorcar cada una de aquellas cuatro letras. Cuatro letras que eran una katorga, la S quedaba pataleando, dando coces. Ella asintió, con la cabeza, la cabeza y un plegar de labios: resulta que soy seropositiva, dijo. Myshkin y Aglaya debatían sobre la pena de muerte: usted es un demócrata consumado, le imputaba orgullosa la joven, lo que se suele llamar hoy día un librepensador. Válgame Dios, solo soy un hombre bueno, negaba rotundo Myshkin. ¿Fuiste al médico? Ella le extendió un papel. HIV positivo, letras rojas, grandes, inclinación a la derecha, la segunda O más grande que la primera, en realidad la segunda O era mucho más grande y tosca que el resto de las letras, sobre el papel cuños y firmas, también un logo. Debes hacerte la prueba, dijo ella. Después probó el té: tiene un sabor inusual, admitió. En la novela Aglaya y Myshkin degustaban té negro, hojas grandes de camellia sinensis, hojas que aportaban un zavarka muy fuerte, de este lado en cambio eran las clásicas bolsitas con hilo, té Earl Grey que le regalara un amigo llegado de Rusia, él quedó pensando, pensó en la última vez en que habían tenido sexo, habían sido dos, no, tres veces, solo tres, pero con una bastaba, solo con una, para enamorarse o morirse solo con una, de la última vez hacía ya más de dos años, bulto de meses, pensó él, pero bastaba. Era ella, no otra cualquiera. Y era el SIDA, no una gripe. La primera vez él aseguró no estar enfermo: supongo no estés enferma tú, había dicho entonces. Y ella dijo ven, y negó con la cabeza. Y sonrió. Después fue el hacer de los cuerpos, pelvis contra pelvis. El resto de las veces fue lo mismo. Aglaya y Myshkin nunca hablaron de ello, no fue necesario, si bien el condón era una molestia moderna, en realidad Aglaya y Myshkin nunca se conocieron los sexos. Ella nunca dijo Ven, al menos no así, no desnuda, sobre una cama. No hicieron ni deshicieron sus cuerpos. Nunca. Lejos quedaron las pelvis. El sexo de Myshkin no conoció el sexo de Aglaya. Y viceversa. Los dos sexos solo se estuvieron ahí, uno frente al otro, muy calmos, degustando té. Mirándose. Sexos sobre un diván. Sexos del siglo XIX. Ocultos detrás de las ropas. Espiándose. Presintiéndose. Latiendo ahí, cerca, a un lado pero a siete verstas, anhelándose, sí, porque aunque fueran sexos púdicos y pacatos del siglo XIX de seguro se anhelaban, se deseaban, eso aunque Dostoievski resultara ajeno a toda pornografía. Myshkin y Aglaya, petré y fevróni, muchacha y muchacho, eran vírgenes, chicos grandes y castos, chicos que ocultaban muy bien sus anhelos. Muy virginales ellos. Por otro lado nadie sabe si en la Rusia del siglo XIX existían tales porquerías. Condones, quiero decir. Sexos anhelándose han existido desde que el mundo se afana en sus vueltas. Pero al menos SIDA no existía. No, SIDA no. Esa porquería no. La gente se moría en un duelo, como Pushkin, o de tuberculosis, como la friky loca de las camelias, o tirándose bajo un tren, como la heroína loquísima de Tolstoi, o fusilados en la fortaleza de Pedro y Pablo, la gente se moría de cualquier nimiedad, no de SIDA. No, de eso no. Ni en Rusia ni en sitio alguno. Eres la cuarta pareja que visito, me faltan otras dos, en todos los casos quería…dar la cara, decirlo… personalmente. Así dijo ella. Y otra vez lo miró y otra vez tamborileó sobre la portada del libro. Las vibraciones regresaron al otro lado, el lado ruso, el lado San Petersburgo, el salón de la generala Yepanchiná, ese lado donde el Neva y el viento, el samovar y gabariek parrusky y ia tibiá liubliú y todo lo demás. Todo lo demás que podía decir un ruso. Ese lado pof pof tamborileo de dedos que se confunde con copos enormes cayendo sobre un techo. Copos como de cinco puds. Una nevada bestial. El único personaje impúdico de Dostoievski quizá fuera Grúshenka, un impudor que nunca se desnuda, ni se masturba, solo pone como locos a los pobres Karamazov, un impudor que no tiene sexo, al menos no en la novela. Un impudor así no precisa condón. Está muy rico el té, dijo la muchacha. La pelirroja, la de este lado. En la novela, esa que todavía estaba sobre los muslos de la muchacha, los muslos de la muchacha real, la de La Habana, la del siglo XXI, Aglaya también elogiaba la infusión: esta tarde la velada ha tenido un té de lujo, juraba, eso para que Myshkin asegurara que el té servido en el salón de su prima lejana, la generala Lizaveta Prokófievna Yepanchiná, era siempre muy digno de elogio. Lizaveta Prokofievna lo hacía traer de Persia y eso lo sabía todo el mundo. ¿Alguno está enfermo?, quiso saber él, lo preguntó y tembló, por dentro y por fuera tembló, un temblor que no tenía un milímetro de relación con Dostoievski. Era muy pronto para saberlo, habría que esperar: te sacan sangre, demora unos días, avisó ella. ¿Tú estás bien?, ¿te sientes bien? Después de un nuevo sorbo de té ella aseguró estar de maravillas: si no fuera por la confirmación, la segunda prueba de sangre…, diría que es un error. ¿Pero no es un error? Un desliz de la naturaleza humana, sostuvo ahora el príncipe, la pena de muerte es un pecado que llega desde nuestros padres, un error que asoma desde esa bestia indócil que nos bulle dentro, eso para que Aglaya le elogiara el humanismo: usted, querido, ha leído demasiado a Rousseau. Ah, ¡qué cosas dice usted!, no, líbreme Dios, solo he leído el Eclesiastés. Y como en las novelas de Dostoievsky los personajes suelen soltar frases en francés eso hizo ahora Mychkin: tout ça est une bla­gue, dijo, eso para que Aglaya asintiera: oh, oui, exactamont. Y el viento, el viento allá, tremebundo, batiendo las riberas del Neva, el viento y Aglaya que inquiría si acaso, querido Lev Nikoláievich, todo crimen, todo prestupléniye, no debe recibir su adecuado castigo, eso para que Myshkin lo pensara un tanto: Aglaya Ivanovna, convendrá usted que no puede llegar nakazániye de la misma fuente que antes ha condicionado el crimen. Y, desde luego, prestupléniye se traducía como crimen y nakazániye como castigo. Soy HIV positiva, dijo ella, portadora asintomática, así se llama, hasta hoy mi carga viral es muy baja. En el salón de la generala Lizaveta Prokófievna Yepanchiná se sirvieron nuevas tazas de té, el servicio era de fina porcelana china, esmalte de Nankin, y el té, negro, oriundo de Persia, té de las montañas, añejado, muy superior al que se servía en las chaijane de aquel país. No quiere decir que necesariamente debas estar enfermo, pudimos haber tenido sexo antes de quedar infectada yo. En la novela Aglaya Ivanovna reprochaba algo con fuerza a Myshkin y a los ojos del príncipe llegaban ahora, en turbión, las lágrimas: ah, no incurra usted, se lo ruego, en semejante atolondramiento, no sabe cuánto la amo a usted. O pudimos tenerlo estando ya infectada y en algún por ciento no infectarte tú. Ella bebió todo el té. Desde la portada del libro, un libro sobre unos mulsos, los miraba el rostro barbado y patriarcal de Dostoievski. Muy fijo los miraba. Los ojos tristes y hundidos de Dostoievski. La barba rojiza de Dostoievski. El amarillo intenso de los vellos, los vellos de los muslos. La vida es una caja de sorpresas, dijo ella. En San Petersburgo nevaba y Aglaya Ivanovna tenía ahora en las manos un pañuelito de seda rosa, la habían sorprendido las lágrimas en los ojos del príncipe, el samovar hervía, afuera, sin embargo, la vida, remolino de sorpresas, hilaba su curso, debajo del puente Anishkov, muy cerca de Nevski Prospekt, se movían, friísimas, las aguas del Fontanka, y allá, sobre el viaducto, a un lado de las estatuas de los caballos, dos hombres discutían. Te das cuenta que una noticia así no puede darse por un cable, volvió a decir ella. La había conocido con el cabello rojo y largo, después había mutado a negro, más tarde a rubio, a seguidas se había cortado ella el pelo, bien bajo, casi al rape, ralo y un color indefinible, ahora el cabello había crecido y era otra vez rojo. Un rojo cinamomo. Acanelado. Le sentaba bien. La hacía parecer una chiquilla. Una chiquilla con SIDA. Esa era la vida, y la vida era un baúl repleto de sorpresas. En la Rusia del siglo XIX las mujeres no se teñían el cabello. Al menos eso Dostoievski no lo mencionaba en sus novelas. Tampoco lo mencionaba Tolstoi, y Anna Karénina de seguro se habría teñido hasta los vellos del pubis. Lo mismo Grúshenka. Hora de irme, dijo ella y se levantó. Antes dejó la novela sobre la mesita, a un lado de la taza de té. El agua que destilaba la taza, esa que todavía contenía los trozos de hielo, amenazó con llegar al libro pero él no lo advirtió. Myshkin tampoco advirtió un tic que a ratos agitaba el ojo derecho de Aglaya Ivanovna: ah, querido Lev Nikoláievich, dijo ella, sin dejar de ruborizarse. Muy jodido tener que verte para darte una noticia así…, pero era… no sé…mi deber, decírtelo…en persona. En la novela, esa que ahora en la mesita amenazaba el agua, Myshkin se despedía de Aglaya Ivanovna para ir al encuentro de Nastasia Filíppovna Baráshkova, dos mujeres de las que no conocería jamás el sexo. Ni los orgasmos. Dos mujeres de las que nunca tendría la posibilidad de contagiarse de enfermedad alguna. Una de ellas púdica, la otra… no tanto. Dos mujeres rusas. Del siglo XIX. Dos mujeres que, concebidas por Dostoievski, vivirían por siempre dentro de una novela en la muy novelesca ciudad de San Petersburgo. Pero esta era La Habana. La vida real. Acá nadie vive por siempre. En la vida real nada es por siempre. Acá una mujer, una mujer real, una sola, una de la que se conociera sexo y orgasmos podía enfermarlo a uno. Joderlo a uno. Convertirlo en un idiot. Dejarlo diciendo dá, dá, como los pobres personajes de algún novelista ruso. Dostoievski o el que fuera. Me voy, repitió ella. Fueron a la puerta, y él, de puro idiot, la abrazó. Ella se dejó asir, las manos a los lados del cuerpo: tranquilo, dijo, ya verás, te harán la prueba y no tendrás nada. En la novela Aglaya despedía al príncipe: ¿cuándo regresará usted, querido Lev Nikoláievich?, tiene que acudir sin falta mañana, no se haga de rogar usted, mañana a la tarde debe acudir a tomar el té, debe prometerlo, eso para después correr como una colegiala, ir a sus habitaciones, atusar con los puños todos los almohadones, llorar como una chiquilla, hacerlo con rabia porque intuía, con esa intuición infalible, propia de las novelas rusas, que Myshkin iría a casa de esa zorra, Nastasia Filíppovna. La puerta estaba ahora abierta, las nubes casi ocultaban el sol y se había levantado viento. Un viento cálido que llegaba desde el sur. En Rusia, en San Petersburgo, el San Petersburgo de la novela, ese sitio donde las mesitas eran de castaño, nevaba y el viento fluía desde el Norte, desde el Neva, desde los hielos del Sestroretski Razliv, un aire gélido que asolaba desde más allá de la isla Vasilievski lo agrietaba todo. Y la vida fluía, como el viento, la vida, sorpresa escapada de un baúl. Chao, dijo ella, que tengas suerte. La última vez, hacía ya más de dos años, el viento no alcanzó a batirle el cabello, era entonces corto, ralo, y el viento quedó impotente, ahora el viento hizo de las suyas y ella intentaba protegerse. Y es que así era la vida. Chao, repitió y se fue, la mano derecha sosteniendo el cabello, aquella maraña otra vez roja. Roja y SIDA. Roja y el calor de La Habana. El calor y otras cosas. Sobre todo otras cosas. El cerró la puerta y miró a la mesita. La mesita de acá, plástico y metal, la mesita del siglo XXI. El agua mojaba la novela de Dostoievski, la mojaba precisamente en aquella sección en la que Myshkin era recibido a la puerta de Nastasia Filíppovna. Tomó la novela y se afanó en secarla, primero con las manos, después agitándola, una, dos veces, en el aire. Era la segunda vez que Myshkin sentía aquello, una suerte de mareo, un vahído, como si alguien zarandeara con fuerza el mundo, lo lanzara muy fuerte arriba y abajo, su mundo, por eso se llevó las manos a la frente. Querido Lev Nikoláievich, ¿está usted bien?, preguntó alarmada Nastasia Filíppovna. Dá, dá, respondió él y sonrió. Después dijo otras cosas, esas que podría decir un ruso. Y copos muy blancos caían desde un cielo gris. Copos de muchos puds. Y el viento, no dejó de fluir el viento, fuerte y gélido, casi huracanado, un viento real y cortante batía con fuerza desde el Neva.
 

Aunque Rafael de Águila (La Habana, 1962) “intentó” estudios de matemática y derecho, finalmente encauzó su energía creadora en el cultivo de la literatura y del periodismo especializado. A él se deben los conjuntos de narraciones Último viaje con Adriana (Premio Pinos Nuevos, 1997), Ellos orinan de pie (2006), y Del otro lado (Premio “Alejo Carpentier”, 2010), todos publicados en Cuba, y Ventana tapiada con un hueco (España, 2016).
 
Incluido en múltiples antologías de cuentistas cubanos, su obra ha sido parcialmente traducida al italiano, serbio y chino. Además de los premios arriba consignados, ha obtenido varios reconocimientos en el concurso de La Gaceta y en el Iberoamericano de Cuento “Julio Cortázar”. Precisamente en la edición decimosexta de este último certamen, correspondiente a 2017, de Águila alcanzó el máximo galardón con la pieza narrativa que, en exclusiva absoluta, ponemos aquí a consideración de los lectores. (AF)