Videoclips e industria: ¿matrimonio feliz?

Quiero dejar claras dos posturas eminentemente necesarias antes de esbozar mis opiniones sobre el tema. La primera es de carácter personal, y tiene que ver con mi presencia en varios Premios Lucas como jurado hace muchos años, y al que no fui convocado más. Por ello, no voy a referirme al hecho de Lucas, véase la autenticidad —o no— del fenómeno audiovisual cubano, para evitar algún criterio infundado o mal habido de aquellos que conocen mi paso por el jurado, y puedan argumentar que hablo desde el dolor o el desprecio.

La segunda postura tiene que ver con mi distanciamiento sobre el hecho creativo que rodea al video per se, es decir, a sus directores, ya que no es mi intención criticar o ponderar el trabajo integral de un creador determinado, sabiendo de antemano que la principal diferenciación estilística del clip es su nacimiento como obra por encargo en pos de una necesidad expresiva y, por vasos comunicantes, de una macro necesidad de mercadotecnia. Por ello prefiero enmarcar mi texto en el camino de la consecuente necesidad de hilvanamiento entre la industria de la música, en la Cuba de hoy, y la funcionalidad del clip, de sus diversos esquemas en  ocasiones miméticos o que son reflejo de una subculturización a todas luces, gestada en la más decadente imagen edulcorada y simplista de la vida.


Foto: Internet


Creo que debemos partir de lo que considero el problema primario: la no existencia de un mercado de la música en nuestro país. Al no convivir juntas las necesidades creativas y, por ende, económicas de la discografía y la música en Cuba, el mercado pierde un componente esencial que, en otros contextos (ni buenos ni malos, sino simplemente otros) pudiera funcionar de manera más flexible y dinámica. Tal y como está diseñada nuestra arquitectura artística, el Estado subvenciona gran parte del hecho artístico: la enseñanza, los grupos, solistas, discos y teatros; lo cual ha dado un valor moral, subjetivo y de fuerte impacto en la sociedad durante estos años de Revolución. Ahora bien, ¿tiene esa línea una comunión necesaria con la realidad? ¿Acaso merecen todos el mismo trato, musicalmente hablando?

El ánimo estatal de llevar la cultura a cada confín del país —que se verifica a través de una acertada política—, no tendría por qué contraponerse a un diseño competitivo, y quizás hasta de mercado, que provea cierta jerarquización porque, al final, no todas las propuestas musicales de estos años han sido válidas. Desafortunadamente, esa política que surgió como zurrón para la protección de géneros y la consolidación de cubanísimos proyectos, ha devenido, en ocasiones, en proteccionismo innecesario a ciertas zonas que ni son cultura, ni son creativas; dándole a muchos la potestad de exigir dividendos o prebendas que sabemos, en buen cubano, no merecen. Y con esos truenos es muy difícil concertar un diseño que permita publicitar, mostrar y mercadear con la música en terreno propio, pues las instituciones de la cultura no pueden lucrar ni poner el hecho económico por encima del artístico. Esta razón conlleva entonces a que un artista no se preocupe por la promoción de su concierto, o de llenar algún teatro porque de su total, mediano o mínimo aforo su bolsillo no se verá afectado o beneficiado, pues todo, absolutamente todo, es subvencionado por el Estado.


Foto: Kike


Amén de esa imposibilidad de publicidad, que solo persigue el contacto del artista con su público, surge entonces otro problema consistente en la dicotomía monetaria que hace que un disco tenga que producirse —a causa del bloqueo— en moneda fuerte y, por consiguiente, venderse en moneda convertible. Dicho de manera expedita: los discos se demoran en su proceso de fabricación y puesta en el mercado nacional, por lo que los músicos en un 80% optan por un paliativo por cuenta propia, y es el producirse sus audiovisuales, con énfasis en el videoclip. ¿Y por qué puse los ejemplos de las subvenciones y la doble moneda como causas directas? Porque en mi opinión, para poder generar dinero que se traduzca en comprar instrumentos, accesorios, vestuario, afiches y demás, los músicos tienen que acceder a espacios no masivos y a veces ni siquiera culturales, para lo cual sí necesitan de la publicidad que brinda el clip. Además, ante la lentitud del proceso fonográfico y el auge de la piratería que desangra no solo al artista, sino al propio Estado, el videoclip es la manera más directa de no perder actualidad ni público ¿Cómo puede haber un mercado casi privado del videoclip en Cuba, con Premio incluido, donde muy pocas entidades del disco están representadas? 

Dicho de manera expedita: los discos se demoran en su proceso de fabricación y puesta en el mercado nacional, por lo que los músicos en un 80% optan por un paliativo por cuenta propia.

Poniendo las cosas en orden, en Cuba solo existen tres casas discográficas de gran impacto: la Egrem, Bis Music y Producciones Colibrí. Una cuarta, Producciones Abdala, desde hace años posee una discreta presencia en el país, por razones económicas; sin embargo, no es desdeñable su catálogo. Otras entidades que aportan —aunque pocos— fonogramas al país, son el Centro Pablo de la Torriente Brau, Producciones Habana Radio, Ojalá y algunos Centros Provinciales de la Música. Es decir, las contamos con las manos y nos sobran dedos. ¿Y esas pocas casas discográficas hacen tantos videoclips al año? La respuesta, sobradamente, sabemos que es no. Y no voy a cuestionar la validez de lo estatal o lo realizado de forma particular, pero en materia musical no creo que sea la ley del libre albedrío la que deba prevalecer, pues entonces no tendrían razón de ser ni el Instituto Cubano de la Músicao el propio Ministerio de Cultura. Un producto musical de mediocre factura, que coquetea con la más absoluta maquinaria de mal gusto, no debe ser el que se publicite a todo bombo y platillo por nuestra TV de carácter público, y aclaro que estoy hablando de mediocridad y mala factura musical.


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Ahora bien, para ser justo y ético, algunos buenos músicos tienen que buscar en el videoclip por cuenta propia la manera de expandir su arte, pues las casas disqueras ya están sobregiradas en cuanto a presupuestos para tales fines. Y aquí entonces habría que repensar bien el asunto, a sabiendas de que hoy, tanto en Cuba como en buena parte del mundo, lo que verdaderamente está moviendo al artista es la modalidad de venta en caliente, en espacios festivos donde el público, eufórico y delirante, compra de manera impulsiva el disco del artista con el cual está disfrutando ese momento recreativo; así adquiere productos musicales que no han llamado su atención antes, aun cuando muchos de ellos estén disponibles en las tiendas correspondientes. 

Entonces, ¿qué determina en un elevado grado, que ese concierto se llene para que, por consiguiente, la disquera pueda vender el disco, la gorra, la manilla y toda la mercadotecnia al respecto? Sin dudas, el elemento primordial es el clip,  lo que me conduce a plantear que nuestras empresas discográficas tienen que reestructurar sus presupuestos y, tal vez, dedicarle más a la producción de videoclips que al propio CD que, en muchas ocasiones y previamente pirateado, al más puro estilo de Jack Sparrow, se torna mustio en las tiendas. Claro, en Cuba la industria no produce la mercadotecnia alrededor del artista, solo el CD y un afiche, casi siempre hecho de manera apurada; lo cual anima y propicia que el propio artista se haga dueño de sí mismo y que, en su afán de recuperar lo gastado o de producir lo necesario para nuevos desafíos, no tenga en cuenta elementos como el buen diseño, el uso correcto o adecuado de la fotografía, el uso de colores y otros factores.


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Como sucede en muchos casos, lo popular no va ligado a la calidad, y una zona de mal gusto se ha ido esparciendo en nuestra sociedad a velocidad inusitada. Eso explica, de algún modo, cómo mediante la legitimación televisiva en programas de moda, la propagación de una ¿canción? plagada de acordes simples, con letra escrita por un estudiante de segundo grado, unido a una mala imitación de Chayanne o Shakira, conduce al delirio a centenares de espectadores. Lo que sucede es que cada día el populismo se impone al buen criterio, y es polémico que la mayoría de los clips de hoy sean de músicos que no están promocionando un disco y que algunas veces ni siquiera pertenecen a una empresa de la música. Súmese a esto que algunos de los artistas más populares de hoy, profesan esa religión llamada merengue electrónico, y sus clips reflejan realidades, actitudes, atmósferas e historias bien coherentes para Londres o París. Digo esto porque, dicotómicamente, La Habana se ha tornado un lugar ideal en lo fotográfico y místico para muchos músicos de talla internacional, mientras los cubanos hacen el movimiento contrario: buscan en otras realidades la satisfacción de sus expectativas. En lo musical sucede un fenómeno casi similar: mientras Marc Anthony, Gilberto Santa Rosa, José Alberto el Canario y otros buscan en este tesoro sin fin (y ganan Grammys, Grammys Latinos, etc.), muchos músicos locales trastocan la brújula e invierten el catalejo.

La música que se consume en Cuba no es aquella por la cual somos famosos: llena más un teatro un grupo de reguetón que Omara Portuondo.

Hace varios años, publiqué un artículo donde valoraba ―como ahora― varios afluentes del clip cubano, y de la industria. Muy poco ha cambiado. La música que se consume en Cuba no es aquella por la cual somos famosos: llena más un teatro un grupo de reguetón que Omara Portuondo y, amigos míos, la pirámide continúa al revés. No abogo por desmontar lo hecho, lo logrado; ni por censurar la mediocridad. Clamo porque el buen gusto y los presupuestos sean bienvenidos y mejores utilizados, y porque el clip cubano sea visto no por exaltar azoteas o solares, o músicos colmados de bufandas haciendo un picnic en un terreno árido como Texas o el Sahara. En eso la creatividad juega un papel primordial, pero el mercado hace lo suyo: si la competitividad solo es privilegio del mismo equipo, todos aquellos que quieran cambiar las reglas serán desterrados. Pero, ¿en nombre de quién o de quiénes?


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La industria de la música debe sustentarse con estudios, ya sean de mercados establecidos o potenciales, donde los psicólogos, semiólogos, productores y demás especialistas, hallen los modos de seducir y complacer, tratando a cada rama según los intereses de sus respectivos mercados potenciales. Sin embargo, tales campañas están basadas en factores y presupuestos que acá no son iguales, además de que manejamos otros criterios acordes a nuestra realidad social y política, a nuestra independencia cultural. Pero al final del camino, las campañas publicitarias de muchos músicos cubanos se guían por gustos personales del jefe en turno, o de aquel que dicta poner lo que su propia conciencia le sugiere, como lo sucedido hace unos años con el tema El chupi chupi, donde muchos medios de comunicación y expertos quisieron echarle toda la culpa al autor, cuando en mi opinión fueron los propios programas de TV y radio quienes potenciaron hasta el cansancio la controversial canción, para luego lavarse las manos y acatar la prohibición, descargando toda la culpa en el compositor e intérprete.

Deberíamos potenciar el mercado joven, sin desconocer que la sociedad no se reduce a ese segmento, consumidor de bailes y modas, de peinados raros y normas transgresivas.

Sé que imponerle a un joven hoy día que delire por Eliades Ochoa o Chucho Valdés, es casi un sacrilegio. Deberíamos potenciar el mercado joven, sin desconocer que la sociedad no se reduce a ese segmento, consumidor de bailes y modas, de peinados raros y normas transgresivas. Y ahí, precisamente ahí, volvemos a tropezar con el mismo muro: el seguir creyendo y haciendo arte de forma monotemática, solo para una zona de la audiencia que, en cualquier otro escenario, no dicta todas las normas del mercado ni del gusto. Al contrario, las construcciones de esos mercados y de otros en vías de consolidación van buscando un tamiz más profundo y con cierta holgura económica que permita, en un mismo plazo, suplir a aquel adolescente que si bien tiene sus gustos propios, no está en edad laboral y, por lo tanto, no es independiente, económicamente hablando, por otras franjas de espectadores con poder adquisitivo real para contribuir, de una manera u otra, a la sustentabilidad y el crecimiento del arte. Claro que para lograr tales propósitos se han de trazar esquemas y configurar patrones de visualidad que reflejen realidades cercanas a ese otro segmento, las cuales responden a su vez a los referentes culturales e identitarios que se constituyan en prioridad de la sociedad y el país donde se genere el hecho cultural en cuestión.