VĂ­ctor Heredia

Una de mis hijas acaba de escribirme esta frase: “¿El mundo se está secando, papá?”.  Y yo pienso en esta muerte de un hombre gigantesco, en esta muerte de árbol frondoso que cobijó millones de esperanzas, que floreció en millones de sonrisas, que guardó entre sus ramas la fruta más poderosa que puede ofrecer un hombre-árbol: la dignidad.

Allí está su pueblo reafirmando día a día la digna esperanza de buscarse, de entender que el mundo es equidad, solidaridad, independencia. Fidel no ha muerto, se ha repartido.