Veinte años de un mito y sus secuelas

El mundo entero venera la música cubana al tiempo que ignora su riqueza y complejidad. En esa paradoja vivimos los interesados en la circulación de productos culturales de factura nacional, de muy alta calidad pero desconectados de los principales circuitos comerciales y promocionales de Europa,  Latinoamérica y los Estados Unidos. Por eso los grandes sectores de público de esos continentes y países continúan valorándonos según la producción de hace más de 60 años, representada por figuras como Celia Cruz y Benny Moré, por solo mencionar dos de los íconos de entonces, probablemente los más significativos; y desconocen la enorme lista de artistas, agrupaciones, géneros y tendencias musicales que han surgido y madurado durante más de medio siglo entre nosotros. Esta tendencia ofrece, además, un correlato político que nos presenta a la etapa prerrevolucionaria, especialmente la década del 50 del siglo pasado, como la panacea cultural de donde surgieran aquellas grandes figuras, cuyas carreras en la Isla fueran bruscamente interrumpidas por el triunfo de la Revolución y su posterior establecimiento en el poder. Sobre esta suposición, hecha verdad a fuerza de repeticiones intencionadas de aquellos íconos (particularmente de los que abandonaron el país) y ausencias de otros artistas en esos mismos circuitos, se erige, por ejemplo, la amplia circulación internacional de un fenómeno como el Buena Vista Social Club, nacido hace ya 20 años con la intención de reciclar o rescatar figuras de la música que se mantuvieron residiendo en su país y que para entonces se hallaban marginadas, o cuando menos, desatendidas por el sistema sociopolítico vigente.   

Liderado por el guitarrista norteamericano Ry Cooder, pero respondiendo a una empresa del británico Nick Gold, contaron con los buenos oficios del músico y productor habanero Juan de Marcos Gonzalez y gestionaron un exitoso fonograma cuya visualidad se erigiría sobre las ruinas físicas del llamado Período Especial, momento de aguda crisis económica propiciado por la caída del bloque socialista de Europa del Este, que tuvo su más duro impacto entre nosotros durante la primera mitad de los 90. El proyecto original pretendía juntar en La Habana a guitarristas de varios países, algunos de los cuales nunca llegaron, lo que permitió aprovechar el tiempo de estudio para efectuar varias grabaciones de prueba que poco a poco fueron configurando el perfil de un par de discos, uno de ellos ganador del Grammy y a la postre paradigmático en lo que respecta a la circulación del arte nacional, más allá de nuestras fronteras.


Ibrahim Ferrer y Omara Portuondo, dos grandes estrellas del Buena Vista Social Club. Foto: Cortesía del autor 

Fue así que, tras varios días de interminables descargas y grabaciones en los viejos estudios EGREM de la calle San Miguel, con Juan de Marcos y parte de su familia asumiendo las más disímiles tareas productivas y de aseguramiento material, el proceso mismo iría revelando músicos que en sus mejores días fueron segundas figuras de diferentes grupos y movimientos artísticos muy diversos y que en ese momento se encontraban en franco retiro, a excepción de Omara Portuondo y Eliades Ochoa, quienes gozaban entonces de considerable popularidad.   

Luego, gracias a un tratamiento audiovisual que se regodeaba en el desastre y la ruina, avalado por firmas reconocidas como la del cineasta alemán Wim Wenders, este fenómeno inundó el planeta. Claro que había y hay mucha verdad en todo aquel esfuerzo, y que cada uno de los músicos seleccionados representaba grados de peculiaridad cercanos pero complementarios, lo que otorgaba potencialidad a un producto nuevo y bien empacado desde la perspectiva de su relación directa, consanguínea podría decirse, con lo mejor de nuestra tradición sonera. Al mismo tiempo, tales canciones cobraron nueva vida al interior de la Isla y abrieron determinado espacio, insuficientemente aprovechado por los medios locales de difusión masiva, para la circulación de varios íconos del cancionero tradicional entre determinados sectores de público, dejando alguna que otra huella incluso en los más jóvenes.

Sin embargo, todo ese material hubiese quedado en total anonimato de no ser por la idea integradora que lo puso a dialogar con el mundo, mediante laberintos y resortes promocionales inaccesibles aun hoy para la industria discográfica y el ámbito empresarial nacionales. Por primera vez, e independientemente de cualquier conjetura al respecto, aquellas canciones, muchas de las cuales contaban con registros profesionales previos de muy alto nivel, articuladas de una determinada manera que las convertía en absoluta novedad, accedían a una escala promocional sin precedentes para un fonograma producido en Cuba. Este hecho, a su vez, abrió una enorme brecha para la circulación de otros artistas y que, de alguna manera, condicionó y hasta adelantó más de lo que podría suponerse los niveles de apertura que se vislumbran hoy, resultantes del prestigio internacional alcanzado por nuestro proyecto social y la  restauración gradual de vínculos de todo tipo con varias zonas del entramado global y, muy especialmente, con el que fuera nuestro mercado musical por excelencia, los Estados Unidos de América.

Dicho en otras palabras, la instancia global donde pugnan por insertarse hoy artistas y agrupaciones cubanos sería otra y mucho más impenetrable para ellos, de no haber existido aquel boom protagonizado por Buena Vista Social Club, cuyo verdadero efecto multiplicador apenas comienza gracias al establecimiento de una coyuntura nueva, absolutamente impensable  en aquellos días en que Ibrahim Ferrer fuera convocado para grabar una segunda voz y terminara por convertirse en la estrella planetaria que nunca soñó ser. Queda por despejar, claro está, el modo en que la industrial cultural nacional conseguirá rearticularse frente a ese inconmensurable espacio que hasta hoy se explota con discontinuidad y torpeza, siempre a partir de la gestión particular de cada agrupación o artista; pero aun así resulta obvio el advenimiento de un momento cualitativamente superior en lo que a circulación respecta, con todos los riesgos y oportunidades que esto representa.

En este sentido y para que se tenga apenas una idea de lo expresado aquí, bastaría decir que al momento en que se escriben estas líneas, circulan simultáneamente por diferentes ciudades de los Estados Unidos la orquesta Los Van Van, el ensamble jazzístico conocido como Interactivo y el Dúo Buena Fe, agrupaciones que responden a muy diversos sectores de nuestra producción musical y que nada tienen que ver con aquella imagen detenida en el tiempo que se abrió paso, hace ya 20 años, bajo el rótulo de Buena Vista Social Club. Hasta dónde podrá llegar esa avalancha de músicos formados durante más de 50 años de enseñanza artística del más alto nivel y operantes en un contexto que no da abasto para satisfacer sus expectativas, y en qué medida ese impulso por venir y sus consiguientes dividendos económicos y hasta simbólicos podrán ser utilizados a favor de otras manifestaciones del arte, la cultura y hasta de la sociedad cubana toda, constituye ahora mismo la mayor y más urgente de nuestras interrogantes en este campo.

De momento, y a manera de homenaje a aquellos que ya no están entre nosotros, algunos de los cuales ni siquiera sospecharon la resonancia que tendría esta zona tardía de su labor profesional, despidámonos por hoy tarareando aquel susurro del boricua Rafael Hernández, en las siempre lozanas voces de Ibrahim Ferrer y Omara Portuondo: Silencio, que están durmiendo / los nardos y las azucenas / no quiero que sepan mis penas / porque si me ven llorando, morirán.