Vapor 69

Dice Rogelio que él no está dispuesto a perdonar, y uno lo entiende. Perdonar se trata de arrepentimientos y en este mundo no hay que arrepentirse de nada; a lo hecho, pecho, decía Nelson Ponce en un cartel.

Yo estuve en la misma escuela que William El Magnífico no es un espectáculo para largas temporadas. Ni Jarlys Rafael Ramírez, ni Rogelio Orizondo, ni Laurita González, ni los jovencísimos músicos, ni Chabely Díaz aguantarían los aplausos, el dolor y la angustia. Empezando por ellos, y ni decir de William El Magnífico, de quien escuché hablar por primera vez gracias a Rogelio. Y, por cierto, nunca apareció. Yo quería conocer a William El Magnífico porque yo no estudié en su escuela. Y me dije, esta es la oportunidad para conocer a un magnífico William y todo resultó mentira, un gran embuste. “Esta generación…”, así me dirían si no la hubiera escogido como propia, y me cuelo aunque me critiquen y me digan: “¿no te ves un poquito pasadita para estar en el pupitre sentada junto a Jarlys, quien, además, fue tu alumno? ¿No es rarito eso?” Seguramente alguien lo pensaría y lo tendría en la punta de la lengua y ahí se quedaría y no lo soltaría porque me va conociendo, y entonces se callaría y diría para dentro: “esta gente cree que hace teatro y el teatro no es lo que hizo Rogelio en función única durante la Semana de Teatro Cubano-Noruego.”  


Fotos: Amaya Oria


Fui con una amiga que no es del teatro. Ella es una persona muy inteligente y con gran sentido común que cuando concluimos la carrera de Periodismo se dedicó al futuro, es decir, al turismo, y le ha ido de maravilla. Mi amiga es de Santa Clara, de manera que sabe bien de las esquinas, lugares, del río Bélico, del Malecón sin Malecón, del Mejunje, del Parque Vidal y de todo lo que decía Jarlys sobre Santa Clara. A mi lado, yo sentía que mi amiga se revolvía en su asiento, abría y cerraba las manos, se estiraba y había cierta incomodidad en su postura.  Se volvía a mí y me preguntaba, y yo le explicaba: así es, así mismo. Al salir, me dijo, “qué visceral, qué duro, cómo pueden aguantar tanto, ellos no pueden hacer eso todas las noches.” No exagero cuando digo que a mi amiga le faltaba un poco el aire.

En Vapor 69 está la casa de Rocío, la mejor amiga de Rogelio. Tampoco exagero cuando digo que si uno conoce a Rocío (yo, por ejemplo, la conozco desde que es una adolescente) y conoce a Rogelio, uno dice, no, no pueden ser los mejores amigos. Rocío es eso, una gotica de agua al amanecer, de frágil complexión, de voz suave y remota; y Rogelio no. Rogelio no es Rocío, ni el teatro de Rocío, ni la voz de Rocío, ni el rocío de la mañanita. Pero Rogelio vive en Vapor 69, la casa de Rocío en La Habana y eso no tiene discusión, queda claro que esa es la casa de Rogelio también, donde Rogelio guarda un blúmer de Angélica Lidell que no se puede ensuciar. Todo esto es para decir: ¡abajo el estereotipo que me pone a Rocío a mil leguas de Rogelio! Rogelio es un pulpo, un matador, un vampiro insaciable que bebe sangre de puerco, de William El Magnífico y te lo hace saber, te lo grita y lo vuelve arcilla. Rogelio pone su sufrimiento sobre el tabloncillo oscuro y sucio del Café Brecht, se expone, se muestra, se duele, se flagela con los recuerdos de su infancia, de su madre, de su padre, de sus amores, de su escritura, de su Santa Clara. Es lo que hace Rogelio para expiar esos dolores que también tienen que ver con el teatro, con la sanación y la herida que deja la palabra sobre el escenario.


 

Yo estuve en la misma escuela que William El Magnífico es un acto de honestidad, un acto de fe en la vida y en la muerte: la muerte de un amor, la muerte de los padres, el miedo a la vida, el miedo a la muerte, la fragilidad del ser ante esas sucesivas muertes por ahogo, por enfermedad, por obstinación, por tozudez de permanecer: “yo quiero estar ahí”, como Andrea Doimeadiós y Martica Minipunto en Charlotte Corday o el animal. También es un acto escatológico, con la dosis de malas palabras de varias generaciones para quienes hay que inventar nuevas malas palabras.

Trabajar con materiales vivos, con historias de vida, exponerse como autores/actores/oficiantes que intentan construir dispositivos de ficción en contextos y sobre relatos de realidad, ha sido un desafío y una tentación para los más jóvenes creadores. Es un riesgo que se elige. Y ellos se arriesgan y con ellos, “nosotros, los sobrevivientes…”

Jarlys entra al escenario y dialoga con desenfado sobre su relación sentimental con Rogelio. Ofrece detalles de cómo le llegó el texto: “Nos vemos en Vapor 69”. Dice Jarlys que Rogelio lo citó, y allí le entregó Yo estuve en la misma escuela que William El Magnífico. Una obra que fue escrita para él, dice Jarlys. “Hay muchas cosas ahí inspiradas en mi persona”. Y uno se lo cree porque es real, es verdad todo lo que cuenta Jarlys sobre Rogelio, sobre la madre y el padre de Rogelio, sobre la agonía de la muerte del padre de Rogelio. Para que todo quede claro, Jarlys reproduce una filmación de su abuela hablando bien de Rogelio. Y Jarlys mira la pantalla de su celular que tiene la imagen de su abuela y la mira con cierta desconfianza que provoca ingenuidad y cariño.

Fue Jarlys quien le dijo a Rogelio que yo había empezado un texto que se llamaba Vapor 69. Jarlys fue corriendo a decírselo a Rogelio, y Rogelio me mostró una galería de imágenes que se llama Vapor 69 donde varios amigos nuestros se retratan con una foto de Jim Morrison (Roge, yo estuve en la tumba de Morrison en París!!!). ¡Qué casualidad! Ninguna casualidad, esto es puro teatro. Tengo que hacerme la mía, abrazada a Morrison que no es lo mismo que estar abrazada a William El Magnífico. Yo me hubiera enamorado de Morrison y hubiera sufrido con él. Díselo. Yo lo hubiera abrazado de verdad y hubiera estado ahí con él cuando la nariz y las venas se le reventaban. De eso se trata. Morrison fue una banda sonora, un telón de fondo en el aula de Rogelio Orizondo y de William El Magnífico.

¿Qué fue lo que vimos el 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos? Un homenaje, un estado de cosas, un espíritu de época.  El desasosiego de todo eso junto, el caos, la desarmonía, el ensayo de la incertidumbre, la partícula que se expande, la revolución molecular de Guattari; y el hastío y el aburrimiento también.

En una especie de cruce entre performance y cabaret político, entra este sujeto performer, autor, autorreferencia, fuente primaria, director, y cae en una especie de red social donde lo afectivo y la memoria sentimental tejen otra textura escénica. Esos nexos, simulados e hiperbólicos en las redes sociales, son también sustancia fundamental de los nuevos materiales con los cuales se construye el teatro, al menos este.

Esa invasión de realidad que se está instalando en la escena cubana, esa necesidad de traducir en imágenes, en trazos en el aire, lo vivencial, la experiencia conflictuada que estalla entre ficción, no ficción y autoficción, en un juego de espejos que logra otro lenguaje de convención; se construye sobre presupuestos más ligados a la intermedialidad, a la simultaneidad y a la cada vez más creciente posibilidad de una narratividad en tiempo real, en el aquí y ahora. Ese aquí y ahora es equivalente a una biografía pública, compartida, vulnerable, expuesta, tal como sucede con la gran sociedad del espectáculo, observada, vigilada hasta el acoso por sistemas cada vez más sofisticados, fuera de nuestro control.

A Rogelio no le gustan los aplausos, prefiere que el público llore o se vaya. El aplauso es una manifestación de empatía, de goce, de aprobación. Pero también es una reacción automática, sin sentido muchas veces, pura formalidad, ritual cotidiano al que asistimos como si respirar no costara trabajo.  Rogelio prefiere decir sus propios textos y hacerse acompañar de The Elefant Family, un grupo de jóvenes músicos, gente desenfadada que acaba de bajarse de la guagua o de un almendrón, con olor a gasolina, luz brillante o petróleo, con olor a humo de ciudad.

Yo estuve en la misma escuela que William El Magnífico está escrito en primera persona del singular y habla desde ahí. Habla de dolor, pasión, desamor, muerte, angustia, desgarramiento y no hay palabras, no hay metáfora, no hay figura poética que pueda condensar ese grito. Al igual que en Aleja tus hijos del alcohol, aquí un metal raya el pizarrón del aula, y en la esquina de esa aula, un triángulo de hilos de varios colores forma una red bien tejida que tapa el busto plástico de Morrison.

A la salida, en los audífonos de los muchachos se deja escuchar Tal vez, la canción de Juan Formell, cantada por Omara Portuondo. Quizá demasiado patético para ser verdad. Quizá es pura imaginación, puro deseo.

Al otro día, le entrego a Rogelio un ejemplar aún caliente de Si esto es una tragedia yo soy una bicicleta, libro con el cual Legna Rodríguez Iglesias ganó el Premio Casa 2016. Fue lo que se me ocurrió como regalo, al final, de cuentas, dice Legna que Rogelio es el padre de sus hijos, los mismos hijos que la Ciclista Independiente y la Novia de la Ciclista están a punto de parir.