Van Van-Revé: la historia de cada uno de nosotros

Esta historia comenzó hace 50 años. Fue en marzo del año 1967 cuando Juan Formell dejó los atriles de la orquesta del Cabaret Caribe, en el hotel Habana Libre, la misma en que Juanito Márquez le permitió destacarse como arreglista. En ese momento, Formell asumía de una vez la dirección musical de la charanga del percusionista guantanamero Elio Revé Matos, que por entonces celebraba su primera década de existencia.

La orquesta Revé era una charanga al estilo de La Aragón y el resto de las charangas de  moda en aquellos años. Solo la diferenciaba el hecho de que su fuerte era el ritmo changüí, una forma muy particular de hacer el son en el extremo oriental de Cuba, y no el Cha cha chá, como era la norma entre las charangas.


“En las inmediaciones de la Ciudad Deportiva, otros miles clamaban por entrar al concierto”. Foto: Cubarte

 

La Habana de aquel entonces dividía sus energías musicales entre los tambores de Pello “El Afrokán” y su Mozambique, la llegada de los trovadores del momento y los nacientes festivales que amenazaban con convertir al balneario de Varadero en “la plaza musical más importante” de Cuba.

Revé sabía de sones primigenios, de los secretos que la botija había transmitido a la marímbula y que él ejecutaba dignamente en las pailas. Formell, por su parte, estaba al corriente de las nuevas tendencias que en la música se desarrollaban, lo mismo en los Estados Unidos, Brasil, o en las noches habaneras; de ello daban fe sus composiciones que se habían puesto de moda en la voz de Elena. Él también sabía de sones al estilo habanero, de jazz y fortuitamente, de aquellas vanguardias musicales que su padre, Francisco Formell, le mostraba cuando dedicaba sus energías a enseñarle los secretos de la música. Así, dos modos de hacer, entender y vivir la música coincidían, una vez más, en la música popular cubana. Un hecho que desde los mismos comienzos del siglo estaba ocurriendo incesantemente.

Para diciembre de aquel año 67 los bailadores cubanos de entonces —padres y abuelos de los de hoy—, coreaban aquello de “… yo quiero una flaca…” o “…el martes, no te enamores ni te cases…”. La orquesta Revé se abría por vez primera a una popularidad inesperada y Formell demostraba que podía poner a bailar a sus compatriotas con historias sencillas, y a la vez  arriesgarse a modificar una orquesta en su trayecto al futuro.

La historia antes contada se ha de repetir hasta comienzos de diciembre del año 1969, fecha en que Elio Revé y Juan Formell tomaron caminos distintos en la música. El tiempo pasará y alguna que otra vez estos dos músicos coincidirán en escenarios, popularidad y asuntos propios de hombres de música; como en los años 80, cuando ambos incorporan el sonido bronco de los trombones a sus orquestas, para enriquecerlas musicalmente.

Los bailadores cubanos siempre han estado en la encrucijada de tomar partido por “esta o por aquella orquesta”. Fue así durante todo el siglo XX y aún en nuestros continúa ocurriendo. El bailador cubano tiene por norma la lealtad a un sonido, a un cantante, a una orquesta, a un sitio de baile. Esa lealtad es la razón que hizo a la Aragón ser la orquesta de nuestros abuelos y padres; y la que ha convertido a Los Van Van, la tropa que fundara Juan Formell hace 48 años, en  referente obligado de nuestras vidas, la misma orquesta en la que muchos de nuestros padres descubrieron que algo estaba pasando en la música de esta Isla; pasión que no excluye un rincón para bailar y escuchar “El charangón” de Revé.

Bastan diez años para definir una generación, así lo consideran los estudiosos. Entonces hay al menos cinco generaciones de cubanos que son los hijos de Los Van Van, o para decirlo en palabras de estos tiempos, que podrían denominarse como “los songo boys”. Entre ellos hay de todo: diletantes, roqueros, amantes de la música tecno y de las canciones cursis que van y vienen; están aquellos que nacieron en otros mares y otras tierras, pero que la circunstancia de esta Isla irrepetible le ata el circulo ecuatorial de su existencia; la sacrosanta religión de escuchar la música de sus padres y abuelos, de oler a esta Isla cada día de fiesta. Esos son los cubanos vanvaneros hasta la médula, que se deleitan en oír una y otra vez las placas de vinilo donde quedaron atrapadas su infancia y su primera juventud, sus sueños de estudiantes y hasta su primer amor.

Esta historia se repitió nuevamente este diciembre, 50 años después. Elio Revé Matos y Juan Formell “se fugaron de esta vida”, como solía decir el compositor José Antonio Méndez al saber de la muerte de un amigo querido. Sus hijos dirigen aquellas orquestas que ellos fundaron y ambos ya rondan los 50 años, han acrecentado la leyenda y se enfrentan, juntos desde el escenario, a esa legión de bailadores que les han acompañado por cinco lustros, bailadores que hoy traen a sus hijos y nietos o que, desde otros parajes de la tierra  —los hay de la lejana Islandia, lugar donde el diablo dio tres voces y los habitantes escucharon clave de son y rumba— que saben de mover la cintura y de estribillos cargados de pícara alegría y que ahora los repiten  en un español cargado de giros incomprensibles para los que permanecimos, pero que el baile universaliza y traduce.

Éramos algo más de 100 000 cubanos aquella noche del domingo 10 de diciembre, viviendo una aventura necesaria, la historia de cada uno de nosotros. Son nuestras alegrías y tristezas, nuestra infinita necesidad de reencontrarnos con el golpe del tambor y los contrapuntos del tres, el bramar de los trombones y esa voz inagotable del cantante que alimenta nuestras vidas, desgranando historias que se escriben pensando en cada cubano aunque no se les llame por su nombre.

Afuera, en las inmediaciones de la Ciudad Deportiva, otros miles clamaban por entrar. Y es porque se trataba de sus orquestas, su historia, su vida, su música, su país; su Songo y su Charangón.