Una verídica (y decepcionante) historia de la Creación

A Dios se le ocurrió, en una ocasión, crear el Universo a partir de un punto que estallara de pronto y sin motivo alguno. Cualquiera habría pensado en algo más interesante, como por ejemplo diseñar su creación estrella por estrella, pintar detalladamente hermosas galaxias y, desde el inicio, darle vida a una criatura inteligente. Pero no, Dios no era esa clase de persona. Acaso por eso (y por lento) lo habían despedido de su trabajo. De todas formas, le parecía una idea genial, y durante eones se dedicó a la “ardua” tarea de contemplar cómo los incandescentes pedacitos del estallido inicial se agrupaban formando soles, nebulosas, galaxias… y otras cosas raras a las cuales no prestó mucha atención.

Pero pasado un tiempo incluso Él se aburrió de tanta parsimonia y decidió, por fin, darle vida a su primera criatura: un bichito microscópico que no hacía más que flotar en el agua y copiarse a sí mismo.Su psicólogo le explicaría, más adelante, que tan insignificante creación era la manifestación de un profundo complejo de inferioridad o, quizás, de un deseo sexual reprimido. Dios tardó en procesar esta afirmación…

Sobra decir que estaba fascinado con sus microbios: le encantaba verlos autorreplicarse, poblar el planeta donde los había puesto, y evolucionar hacia creaturas más complejas (esto último, un error imprevisto). Antes de darse cuenta, en aquel planeta ya existía todo tipo de bichos. Para que las cosas fueran más divertidas, de vez en cuando les mandaba un asteroide, hacía estallar un supervolcán o propagaba una pandemia que extinguía a medio orbe.

Más tarde que temprano, se le ocurrió una idea “brillante”: hacer una criatura a su imagen y semejanza. Se disponía a mirarse al espejo cuando, sin previo aviso, hubo un apagón. ¡Hágase la luz!, gritó, pero la luz no se hizo y tuvo que seguir a oscuras. La criatura, como es obvio, quedó con montón de desperfectos. No obstante, tal como había ocurrido con la evolución de los microbios, esta especie manifestó una característica inesperada: la inteligencia. Era tan inteligente que se llamó a sí misma “hombre”, aunque, cosa rara, también hubiera “mujeres”, y nombró Tierra a su planeta, si bien aquí había más agua que otra cosa…nada, dejémoslo ahí.

El hombre era muy inteligente, eso está claro, y Dios, además de feliz, se sentía identificado con él, aunque fuera incapaz de comprender la causa. Durante buen rato, se entretuvo viendo al hombre crear cosas, destruir cosas y pasar mucho tiempo sin hacer nada. Cuando empezaba a irle demasiado bien a su criatura, Dios se aburría y utilizaba los recursos de siempre para hacer más entretenido el juego: ¡cuánto disfrutaba ver a su creación favorita aterrorizarse ante los volcanes, tsunamis, tormentas y enfermedades, y más aún escuchar los rezos y los muchos nombres que le daban!

Un día, como es natural, se hartó del hombre y decidió darle inteligencia a otra criatura, la vaca. El destino de la vaca sería derrocar al hombre. Para lograr este propósito divino, seleccionó una de origen francés, porque los hombres franceses tenían espíritu revolucionario y, por lógica, sus vacas también debían tenerlo.A pesar de esto, la revolución de las vacas francesas fracasó, y lo mismo ocurrió con las vacas rusas, inglesas, chinas y alemanas. Sin embargo, en un lugar muy alejado de las primeras revueltas, al cual el hombre había nombrado Cuba, surgió de entre las “masas” bovinas una vaca destinada a triunfar. La Revolución, increíblemente, tuvo éxito, y las vacas, por fin, desplazaron al hombre y lo llevaron a su extinción.

Dios estaba contento. La cúspide de su alegría fue cuando, al mirarse al espejo, esta vez con luz, notó, por primera vez, que había sido a la vaca, y no al hombre, a quien había creado a su imagen y semejanza.

 

FICHA
Nelson Ochagavía: escritor cubano. La Habana, 1991. Estudia en la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI). Ha publicados cuentos en la revistas Qubit, Korad y Juventud Técnica, y en las antologías Tiempo Cero e Hijos de Korad (bajo el seudónimo “Sideral”). Fue 2do premio del concurso Juventud Técnica 2010, mención en categoría de cuento fantástico del concurso Oscar Hurtado 2011 y mención en la categoría de cuento del concurso Mabuya 2014.