Una Universidad como la nuestra debe ser un centro de vida intelectual
Fotos: Archivo La Jiribilla
 

Mayo, 17 de 1968.

Mi querido Rapi:

Ayer fui a recoger nuestro Milián, tal como habíamos quedado. En cierto modo, me alegré de que no fueras conmigo, porque así tanto Portocarrero como Milián pudieron hablarme con entera libertad. (¿Estás asustado? Yo también.)

Por cierto, que al salir me encontré  con…Bueno, bueno ya sigo. Portocarrero me dijo lo mismo  que acabo de decir, esto es, que se alegraba de cierto modo que tu no estuvieses, porque así me podría decir… Que entre todos los pintores jóvenes ―y aun viejos― que habían  pasado últimamente por su estudio, tú eras el que tenía una línea más segura, más propia, más original. Que era impresionante ver lo adulto de tu trazo. Que los dos – él y Milián – no habían hecho más que hablar de ti con todo el que los visitaba. Que buena prueba de la calidad de tu dibujo era el juicio de Milian, cuya severidad es generalmente excesiva. Este ―Milián― apareció entonces y agregó que lo había conmovido la fuerza expresiva que había en los ojos de tus figuras, y, como sabe un horror de estética de pintura, comentó otra vez sobre tu parentesco con los expresionistas alemanes, que son, para él, la única salida del abstraccionismo contemporáneo. Ahora viene lo que es para mí más importante: los dos comentaron sobre tu persona, sobre tu calidad humana, tu sencillez, tu manera de mirar, a un tiempo lúcida y cálida. Te digo que es lo que más me importa, porque el corazón es el centro mismo del hombre, la fuente de donde todo lo demás nace, y si el corazón es  profundo y puro, todo lo que de él brote ha de serlo también necesariamente, y esta es la prueba suprema de todo arte. No sé si llegarás a ser o no un buen pintor; pero sí sé que el único camino es mantenerte fiel a ti mismo, a la verdad de tu persona. Recuerda, entonces, que la vanidad es el más grande enemigo del artista, porque le vela el corazón y lo arrastra por caminos que no son el suyo. Hay siempre aquello que le dé la plenitud que merece, porque la fama, el estar en boca de otros, no es más humo de paja, y a nadie alimenta. Justamente es esto el arte: alimento, de uno mismo y de los demás, y para serlo tiene inexorablemente que ser verdadero. No sé si habré cometido un error contándote la opinión de nuestros amigos: pero tengo mucha confianza en tu persona. Le dije que te habías pasado la noche haciéndole un dibujo, y que al terminarlo lo habías troto porque no te pareció bastante bueno. Me escuchó con esa sonrisa suya entre decolada e infantil que tanto conmueve y comprendí que le habías hecho el mejor regalo imaginable: el rigor mismo, la exigencia de perfección a cuyo servicio ha puesto su vida.

¿Cómo estás, cómo te has sentido? Escribe tan pronto puedas. Un abrazo bien fuerte de

Papá

Desde mi punto de vista, en estas palabras del poeta Eliseo Diego a su hijo, el cineasta y dibujante, están aquellos elementos duraderos del arte y la estética. Puedes cambiar de rumbo, de estilo, de modalidad, pero si no se parte de eso que es el corazón, la verdad, el compromiso, nunca llegará a hacerse una creación artística válida, útil y necesaria. No solamente  para el artista, sino también para aquellos a los cuales se dirige.

En las palabras de Lilian que agradezco, el tema se ha centrado en la creación de la Facultad de Teatro y en el Departamento de Teatrología. Yo quisiera situarlos en un contexto más amplio. Esta institución inició su  primer curso en septiembre de 1976, bajo el auspicio del entonces llamado Consejo Nacional de Cultura, respondiendo a la perspectiva de una etapa compleja caracterizada por el trasplante de copias, que se tradujo en el plano de la creación artística en la ruptura entre la dirección de esta institución y los artistas cubanos. Tres meses después, en diciembre de 1976, la Asamblea Nacional creó el Ministerio de Cultura y puso al frente de ese Ministerio a Armando Hart, uno de los que llamamos históricos de la Revolución, pero además, un intelectual permanentemente crítico respecto a las posiciones esquemáticas y dogmáticas.

Le tocó a Hart replantearse el eje del trabajo cultural en nuestro país,  decisivo en el devenir de la cultura cubana. Planteó como base sustantiva de la función que correspondía al Ministerio y a sus instituciones, el auspicio de un clima que favoreciera el desarrollo de la creación artística. Construir un clima es difícil porque es algo intangible, por lo tanto, hay que buscar vías, procedimientos para lograr esa atmósfera, esa tónica epocal que ha existido siempre a través de la historia del arte. En aquel momento se fueron involucrando creadores de grandes méritos, como fue el compositor Carlos Fariñas, o el escultor José Villa. Se incorporaron también los maestros de la creación artística cubana, me refiero a músicos, a artistas plásticos, a artistas de la escena.

En la Facultad de Teatro la fuente nutricia fueron aquellos artistas que eran parte de las distintas tendencias presentes en el teatro cubano de la época, quienes habían atravesado los 70 y mostraban el rostro múltiple y a veces contradictorio del teatro cubano de ese tiempo.


 

En ese claustro hubo maestros que habían estudiado en la Unión Soviética, otros procedían del Grupo Político Bertolt Brecht, algunos habían pasado por el Escambray, había maestros que respondían a la línea fundadora de Teatro Estudio. Esa diversidad de fuentes y experiencias favoreció la convergencia de estudiantes de Música, Artes Visuales y de Teatro, lo cual  era un factor extracurricular de primera importancia.

En una Universidad no se aprende solamente en las aulas, en una Universidad se aprende cuando las circunstancias lo permiten, en momentos en que conversas con los compañeros, cuando se discute en el ámbito de la Beca, cuando participas en otros procesos creativos. Al mismo tiempo, en unas facultades más que en otras, se produjo la integración al claustro de jóvenes artistas egresados de nuestras escuelas de arte. Y ocurrió entonces, paulatinamente, sin que nadie estableciera una normativa, un reglamento, que este lugar a la orilla del Quibú, se fue convirtiendo a lo largo de los 80 en el epicentro de los debates artísticos de la ciudad.

En la Facultad de Teatro la fuente nutricia fueron aquellos artistas que eran parte de las distintas tendencias presentes en el teatro cubano de la época, quienes habían atravesado los 70 y mostraban el rostro múltiple y a veces contradictorio del teatro cubano de ese tiempo.

Fue en el minuto en que irrumpió el conceptualismo, que se situó críticamente frente a las generaciones que habían sucedido a la primera vanguardia cubana. Fue en este espacio donde aquellos conceptualistas establecieran su diálogo controversial. Y fue desde la Facultad de Teatro de donde salieron  grupos renovadores de la escena cubana.

En estas circunstancias tan peculiares se dio un fenómeno aparentemente paradójico, era un infrecuente maridaje entre una formación académica y  una posición de ruptura. Este sitio se convirtió en un lugar donde convergían, en el mejor sentido, tradición y ruptura. Esa fuerza de los maestros fue deudora de un modo de relacionarse, de un concepto de formación que vincula los elementos técnicos propios del oficio con un criterio de enseñanza humanista, en el sentido de crear múltiples conexiones desde una perspectiva histórica.

Creo que esa experiencia en su integralidad merece ser estudiada por los investigadores, por esa categoría que yo no entiendo mucho, que se conoce con el nombre de metodólogo. Por encima de todo, aquí pudimos contar con un conjunto de maestros que respondían, básicamente, a una ética en su relación con los estudiantes, que se transmitía a partir de la defensa de la  verdad de cada cual.

En lo personal, pasé por la experiencia poco frecuente de que esa pluralidad de tendencias que habitaba la Facultad no fue entendida por una parte del movimiento teatral ni por una parte del estudiantado.


 

En más de una oportunidad hubo reuniones bien críticas, en otros casos fueron de otra naturaleza. Mis estudiantes lo enfrentaron con valentía, para defender el proyecto pedagógico y a mí en tanto conductora del proceso. Recuerdo un ejercicio satírico del cineasta Arturo Soto, sobre lo que estaba ocurriendo en la Facultad. Una de mis pocas virtudes es no haber olvidado mi modo de pensar y sentir en mis años juveniles. Por eso estaba perfectamente consciente de que el centro del espectáculo no era la propuesta, sino yo, con lo cual sabía que tenía que poner cara de jóker y participar de aquello porque favorecía el clima de debate que había en la Facultad; clima que nunca, tengo que decirlo, transgredió las normas del respeto auténtico.

En esa Facultad, los teatrólogos tuvieron la enorme ventaja de compartir con estudiantes de Actuación, de Dramaturgia, que estaban integrados en los procesos docentes. Pero la Facultad estaba instalada en un edificio inconcluso al lado del Quibú, uno de nuestros pobres riachuelos que de repente tiene unas crecidas inexplicables cuando llueve. En una oportunidad tuve que salir cargada en brazos por estudiantes de Actuación, que como ustedes saben tienen un gran entrenamiento físico, y estaban en condiciones de hacerlo.

Fue en el minuto en que irrumpió el conceptualismo, que se situó críticamente frente a las generaciones que habían sucedido a la primera vanguardia cubana.Sin embargo, respecto al destino de la Universidad, mi punto de vista está cargado de una angustia muy profunda.  Podría llegar el momento, y no soy apocalíptica en la medida en que soy tozuda y sigo trabajando, en que nos encontraríamos ante la muerte de la Universidad. Ese es un debate internacional que me parece perverso y viene de la implementación de un modelo neoliberal. Ese modelo llevado a sus últimas consecuencias, es conducente a convertir al profesional en una herramienta descartable, a merced de los desmanes empresariales.

El tema de la educación tiene que ver con el acceso gratuito, con las oportunidades para los más débiles; tiene que ver con quienes dicen que el Rector de la Universidad debe ser un gerente y no una autoridad académica. Poco a poco va subvirtiendo la naturaleza de la relación entre estudiantes y profesores. Tengo plena conciencia de que soy una dinosuaria, he visto todos los avances tecnológicos y tengo la enorme ventaja de haber accedido a un caudal de conocimientos muy amplio. Ningún aparato tecnológico sustituye la relación humana.  Vicente Revuelta, que durante un tiempo practicó el budismo zen, decía que cada maestro escoge a su discípulo y cada discípulo escoge a su maestro

Hay una verdad que trasciende la mera transmisión del oficio. Hay saberes que tienen un elemento intangible de relación humana. Está en el maestro de piano que enseña al niño a colocar las manos, hay contacto de artista y hay contacto humano, aunque eso entrañe rupturas violentas pero necesarias, en la medida en que el discípulo tiene que romper el cordón umbilical.

Por encima de todo, aquí pudimos contar con un conjunto de maestros que respondían, básicamente, a una ética en su relación con los estudiantes, que se transmitía a partir de la defensa de la  verdad de cada cual.Si lo digo en una mañana tan especial como esta es porque también tenemos esos problemas. Esos conceptos se repiten hasta el cansancio y se convierten en verdades universales, bajo el manto de una supuesta modernidad. Sin embargo, cada uno de nosotros ha crecido en su espiritualidad en un contexto determinado, con su propia historia, eso es parte de nosotros mismos, de lo que nos llega al corazón y se convierte en verdad del arte.

La reivindicación de una palabra que no está de moda, la autenticidad, es indispensable en una etapa en que corremos el riesgo, en tanto Humanidad, de homogeneizarnos, de borrar nuestras identidades. Estamos viviendo una etapa de violenta irrupción del mercado del arte, eso amenaza la preponderancia del corazón y la verdad, porque hay que complacer al marchante y responder a la demanda. Al arte le corresponde abrir caminos, asumir una perspectiva crítica que vaya más allá de las apariencias, desacralizar, pero eso no puede ser un acto frívolo o banal, hay que ir al fondo de las realidades.

Requiere esa hondura que, en la carta que leímos, Eliseo le atribuye al pintor Raúl Milián, tan olvidado, tan misterioso, tan esencial lector de Filosofía que aspiraba a responder con su obra las grandes preguntas que se ha hecho siempre la Humanidad.

La reivindicación de una palabra que no está de moda, la autenticidad, es indispensable en una etapa en que corremos el riesgo, en tanto Humanidad, de homogeneizarnos, de borrar nuestras identidades.El principio ético formador al cual nos adscribimos en los 80 fue no renunciar al diálogo, a las rupturas, a la aceptación de los desafíos. Se fundó una ética por la cual los estudiantes nunca sufrirían represalias, serían valorados por su obra. Había una juventud que planteaba otros problemas en un momento de gran creatividad.

La ética es la garantía del vínculo entre el estudiante y el maestro. La Universidad no es, no puede ser, un centro proveedor de títulos académicos, no puede ser proveedora de una retórica vacía. Una Universidad como la nuestra debe ser un centro de vida intelectual.

Hay que volver a colocar al ser humano en el centro de la vida universitaria, en el centro de la vida cotidiana. Hay que intentar el esfuerzo supremo por reinventar la universidad que demanda el presente, y a eso podemos contribuir todos, en lo grande y en lo pequeño, desde el aula hacia todos los espacios posibles.

El artista no se forma. Se desarrolla a partir de una irresistible vocación personal. Para lograr la realización de su obra necesita el crecimiento del espíritu, de un tejido delicado y sutil, alimentado permanentemente por el pensar y el sentir.


 

En ocasión de su primera visita a Cuba, tuve una larga conversación con Eugenio Barba. Obsesionada con mi tarea en la Facultad, le hablé de mi propósito de enseñar a pensar. "Los actores no piensan", comentó. Transcurridas varias décadas, sigo considerando que los grandes actores alcanzan ese nivel por su capacidad de pensar. Las vías del pensamiento son muchas. Se construyen desde las necesidades profundas de cada cual. Se fundamentan en el arte de mirarse hacia adentro, de examinar críticamente el quehacer propio, y de establecer las interconexiones con el contexto epocal. La conducción de tan complicado proceso tiene que llevarse a cabo mediante una pedagogía asumida, también, como arte creador.

La enfermedad de nuestras universidades, más allá del ámbito específico de la enseñanza artística, se debe a la intromisión de un funcionariado aferrado a conceptos seudometodológicos y a la expansión de una retórica falsamente teórica, enmascarada en una supuesta modernidad, traducida en recetas y en meras abstracciones. 

No podemos dejarnos aplastar por esa corriente hegemónica. Desde el fondo de una cueva, se nos impone el deber ético de luchar por la renovación de las ideas y del proyecto humano. Ha llegado la hora de rescatar un nuevo humanismo, que no implica regreso a los clásicos de la antigüedad. Hay que romper la dicotomía  entre las visiones totalizadoras y el rescate del fragmento. Portadoras de vida, las células de nuestro organismo, tan minúsculas, integran todos los nutrientes necesarios para preservar nuestra existencia. En el plano de la enseñanza, desde los niveles más elementales, se trata de integrar las células básicas del sentir y del pensar para romper las barreras que se interponen entre las distintas áreas del conocimiento. Hace muchos años, al inaugurar un curso, aludí a la metáfora implícita en el hermoso  proyecto arquitectónico de Cubanacán. Lo más importante, a mi juicio, es entender la vida, el arte, la historia y la nación como proyectos inconclusos, como obras abiertas hacia el hoy y el mañana.

 

Nota:
Palabras inaugurales del Foro Internacional Traspasos escénicos, organizado por la Facultad de Teatro de la Universidad de las Artes de La Habana, para celebrar los 40 años de la Teatrología en Cuba.