Una para todas…

La Dayana pensadora sabe que junto a ella viven otras Dayanas: la Dayana risueña, la Dayana molesta, la Dayana cobarde y la Dayana que se toma las pastillas azules. Aunque viven juntas cada una es bien distinta a la otra. La Dayana pensadora se encarga de analizar y criticar todo lo que han hecho las otras. La Dayana risueña pasa el día alegre, como si alguien le estuviese haciendo cosquillas. La Dayana molesta rompe los platos en el suelo, grita, golpea y maldice. La Dayana cobarde tiene miedo de todo y prefiere pasar el tiempo acurrucada en una esquina, temerosa de que le hagan daño. Y la Dayana que se toma las pastillas azules está lela todo el tiempo, mirando hacia un punto perdido en el horizonte, como si buscara algo que todavía no sabe qué es.

Todas las Dayanas son felices, a su manera, todas menos la Dayana que se toma las pastillas azules. La Dayana pensadora disfruta mientras critica lo que hacen las otras. A la risueña no le hace falta ningún motivo para reírse, sabe que es feliz, aunque no sepa por qué. La Dayana molesta encuentra la felicidad al escuchar los platos romperse contra el piso, al sentir el choque de sus palabrotas contra la pared o de sus puños contra la puerta. La Dayana cobarde es feliz porque tiene un espacio en donde acurrucarse, aunque sea pequeño, oscuro, incómodo, pero propio. Pero la que toma pastillas azules no encuentra la felicidad por ningún lado, ni siquiera se molesta en buscarla.

Todas las Dayana sueñan, excepto la Dayana que se toma las pastillas azules. La pensadora sueña que será una filósofa importante, que irá por el mundo impartiendo conferencias, igual de importantes y que muchos pensadores la siguen y le piden autógrafos. La Dayana risueña sueña que al fin descubre un día el motivo de su risa, y eso le da más risa aún. A veces, mientras duerme, las otras escuchan una carcajada estridente, que remueve la casa. La Dayana molesta sueña que alguna vez, cuando logre estar 7 días con 645 horas, 43 minutos y 6 segundos gritando frente al mar, toda su molestia desaparecerá y ella sería una Dayana normal, sin romper los platos, gritar, golpear o maldecir. La cobarde sueña que es una amazona, o un caballero con armadura, o una vaquera, o una policía armada, que sale a defender a los demás. Pero la que toma las pastillas azules no sueña casi nunca, y cuando lo hace lo único que ve es un techo blanco encima de blancas paredes.

Por eso, porque no tiene sueños, es que nunca cierra los ojos y prefiere mirar un punto lejano, mientras se balancea en un sillón. Eso realmente les preocupa a las otras. Saben que la culpa es de esas pastillas azules que la obligan a buscar algo en el horizonte, algo que ni ella misma sabe qué es. Así que decidieron botar las tabletas de una vez y para siempre. Solo así esa Dayana encontraría la felicidad.

La Dayana pensadora se quedó pensando en todas las soluciones posibles para eliminarlas de la faz de la tierra. La Dayana risueña se fue a buscar al científico que las inventó para pedirle, de rodillas si era necesario, que no las hiciera más. De todas formas no le hacían ningún bien a nadie. La Dayana molesta salió a buscar una grúa demoledora para eliminar cuanta fábrica de pastillas encontrara a su paso. La Dayana cobarde quiso comprar todos los medicamentos del mundo, pero cuando estuvo parada frente al mostrador de la farmacia tuvo miedo de que la dependienta le pidiera recetas, métodos y tarjetones y salió corriendo.

Todas regresaron con las manos vacías. La Dayana pensadora se había quedado sin nuevas ideas. La risueña no encontró al científico que inventó las pastillas. La molesta no consiguió combustible para su grúa y la cobarde….

Entonces se les ocurrió a todas una idea brillante, brillantísima, una idea que solo puede ser posible cuando se unen varias Dayanas. Trabajaron juntas toda la noche, una al lado de la otra, como si en vez de cuatro fueran una sola. Al otro día, cuando la Dayana que se toma las pastillas salió de la cama se percató de que en vez de azules las pastillas eran blancas, rojas, moradas, negras y rosas. Recorrió desesperada cada rincón de la casa. En la biblioteca encontró a la Dayana pensadora filosofando sobre la existencia del hombre. En el patio encontró a la Dayana risueña, alegre porque había florecido un girasol. En la cocina encontró a la Dayana molesta rompiendo platos. En su rincón oscuro encontró a la cobarde, acurrucada como siempre. Todo estaba normal. Lo único que no encontró fueron sus pastillas azules sin las que, pensaba, no podía vivir.

Por primera vez en mucho tiempo la Dayana de las pastillas azules pasó el día sin tomar ninguna. Al principio se sintió risueña, después molesta, al minuto tuvo miedo y más tarde se quedó pensando en todo lo que había hecho desde el amanecer. Fue una y varias Dayanas al mismo tiempo.

Pero esa noche, cuando se acurrucó en su cama, empezó a ver por vez primera, las paredes blancas de su sueño, de todos los colores.

 

Especial para La Jiribilla

 

FICHA
 
Eldys Baratute: Escritor y promotor cultural cubano. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio Calendario 2005, La Rosa Blanca 2007 y 2009 y La Edad de Oro 2013. Entre sus últimos libros destacan A la sombra de un león, Vampiros con tatuajes raros y Otras tonadas del violín de Ingres. Es miembro de la AHS y de la UNEAC.