Una mujer comprometida con la creación

“La poesía es un poco celosa; cuando haces otras labores, ella no viene a ti”. Así sentenció la investigadora y poeta Dulcila Cañizares (Santiago de las Vegas, 1936) durante una conversación junto al periodista Fernando Rodríguez Sosa en el espacio Libro a la
carta
, a propósito de la más reciente entrega de la ensayista, Café Vista Alegre, publicada por Ediciones La Memoria, del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau.


Autora de más de una docena de libros, entre los cuales se encuentra el ensayo San Isidro, 1910. Alberto Yarini y su época, Dulcila Cañizares confesó que, a pesar de la soledad, su niñez transcurrió en un ambiente culto: “Mi abuelo era un lector insaciable y escribía uno que otro poema. Mi abuela cantaba y tocaba el piano a la perfección. Mi padre era nada más y nada menos que un amante de la botánica”.

Sin embargo, su oficio como escritora comenzó casi en el anonimato: “Nadie de mi familia sabía que yo escribía poemas, porque si los enseñaba me iban a decir que estaban buenos, solo para quedar bien conmigo”, afirmó la ganadora en 2009 del Premio de Poesía Samuel Feijóo sobre medio ambiente.

Poemarios como Agua jubilosa o Raíces y ternura avalan su relación con la poesía. Pero todo comenzó con un encuentro casual en un concierto con el escritor y poeta cubano Nicolás Guillén: el Poeta Nacional bautizaría sus primeros poemas. “Él me pidió una selección de mis poemas. Me dijo que no tardaría en decirme si eran buenos o malos. Yo se los envié. A la semana me llamó por teléfono y me dijo que debía publicar un libro”, recordó la escritora.

Entre la riqueza natural de Topes de Collantes trascurrió la infancia de la estudiosa, para quien la poesía es un acto de creación que llega solo, casi sin avisar: “Nunca voy detrás de la poesía. Al contrario, ella viene a mí. Cuando me busca, dejo todo lo que estoy haciendo y me pongo a escribir”.

Investigadora sin límites de la música cubana, Dulcila Cañizares manifestó que cuando decidió hacer la biografía del compositor y director de orquesta cubano Gonzalo Roig se propuso incluir las virtudes y defectos del ser humano. “En casi todas las biografías de la época los personajes eran retratados como santos en la tierra. No tenían defectos, solo virtudes. Yo no estaba de acuerdo con eso”, apuntó la autora de la entrega Gonzalo Roig y Julio Cueva: el rescate de su música. Con esta premisa preparó también para Ediciones La Memoria el libro Alé alé reculé, un recuento de la vida de Julio Cueva y su relación con Pablo de la Torriente Brau durante la guerra civil española.

Con particular interés en la trova tradicional cubana, Dulcila Cañizares —recordemos aquella entrega periódica en el boletín Memoria del Centro Pablo, que bajo el título Trovadores de ayer y de hoy recogía la trayectoria de la canción trovadoresca cubana de las más diversas épocas—explicó la importancia de su título más reciente, Café Vista Alegre: “era un bar visitado por ricos, políticos, intelectuales y pintores. Era una celebridad. Allí iban a parar trovadores de todas las provincias. El primero en tocar fue Sindo Garay”.

A sus 80 años de edad, Dulcila Cañizares confesó que hoy solo puede describirse como una mujer humilde y trabajadora, dedicada a preservar la cultura cubana.