Una mirada a Darío en su centenario al amparo de Martí

La vileza también tiene un costado mágico, por enervante, bello. Un escritor decía bordeando la epopeya poética: “Y cuando el sufrimiento sobrepasa una noche / Ya es maldito / el eterno destello que el cuerpo necesita”. Un muerto en el espacio trascendiendo confines, una química súbita donde lo humano encarna a la naturaleza. Se manifiestan el azar y su opuesto. Así Darío y Martí al morir serían objetos de un acto de impregnación inocente. Martí es atado al lomo de su caballo, su ser emana a cada golpe con la tierra. Son pésimas las condiciones del camino. Es sepultado y desenterrado, y en cierto momento colocado bajo un árbol. A Rubén le son extraídos el corazón y el cerebro para su estudio. Es la curiosidad que emancipa las auras. Una especie de “misticismo positivista”: en sus cuerpos está el numen que aún podía ser arrebatado. Hay una muda voz que ordena los epitafios crueles.

 

Darío y Martí fueron autores de una pugna expresiva en relación a los anquilosados valores hispánicos. En sus conocimientos mutuos hay como la constatación de las estaturas. Comparten la concepción panteísta de la naturaleza, la integración del hombre con ella, otro hecho que justifica la reflexión inicial sobre el suceso de sus muertes. Los dos en sus obras dan cabida a un esteticismo ético. Hay una reverencia, hay una devoción que a ambos aproxima. El propio Darío, en apretado párrafo, haría alusión a lo que después la crítica martiana ha dedicado decenas de años:

Escribía una prosa profusa, llena de vitalidad y color, de plasticidad y música. Se transparentaba el cultivo de los clásicos españoles y el conocimiento de todas las literaturas antiguas y modernas; y, sobre todo, el espíritu de un alto y maravilloso poeta.

Oíd siempre el vaticinio del poeta. En él mismo se derraman virtudes esenciales del héroe de Cuba. Ellas son: Detenimiento en su prosa novedosa que haría elevar el periodismo al rango de literatura. Borramiento entre las fronteras verso y poesía. Asimilación de múltiples literaturas, y, como savia esencial, la de su lengua madre. Su condición de poeta, que puede ser seguida en todos los géneros que cultivó. Ambos dan muestra, como dice Lezama, “de una excelente resistencia para lo ético y una punta fina para el habla y la distinción de donde viene la independencia… El americano traía a ese refinamiento del banquete occidental, el otro refinamiento de la naturaleza”. Más allá de cualquier generalización filológica, deseo examinar el maduro pensamiento de estos poetas a través de dos de sus poemarios. En mi análisis adivino el apego al tono confesional de claras raíces humanistas, de claras intenciones con el prójimo. Las similitudes pueden observarse entre el prólogo a Versos sencillos, publicado por Martí en 1891, y el de El canto errante, publicado por Darío en 1907. Dice Martí: “Amo…la sinceridad aunque pueda parecer brutal” Y Darío: “Yo lo he dicho: ser sincero es ser potente”. El prólogo a Versos sencillos así comienza: “Estos son mis versos. Son como son. A nadie los pedí prestados. Mientras no pude encerrar íntegras mis visiones en una forma adecuada a ellos dejé volar mis visiones, oh, cuánto áureo amigo, que ya nunca ha vuelto”. El prólogo del nicaragüense también reza: “He expresado lo inexpresable de mi alma y he querido penetrar en el alma de los demás, y hundirme en la vasta alma universal”. Hay una mística común, una direccionalidad en el reflejo de lo que sienten, en su entrega, y un reconocimiento en poesía de lo inexpresable, un enaltecimiento del silencio en el poeta. Otra de las coincidencias es apreciable en los siguientes parlamentos: (Martí) “Amo las sonoridades difíciles… Todo lo que han de decir ya lo sé, lo he meditado completo, y me lo tengo contestado”. (Darío) “He comprendido la inanidad de la crítica… Este amigo os defiende temeroso. Este enemigo os cubre de flores, pidiéndonos por bajo una limosna… Eso es literatura… Eso es lo que yo abomino. Maldígame la potencia divina si alguna vez, después de un roce semejante, no he ido al baño de luz lustral que todo lo purifica: la autoconfesión ante la única norma”.