Una llama encendida

Fidel Castro es un fenómeno indescriptible, de cuyo nacimiento y desarrollo he sido testigo a lo largo de varias décadas. Alguna vez escuché, de labios de Alfredo Guevara, una de las definiciones más atractivas, a propósito de recordar Alfredo la irrupción de Fidel en la Plaza Cadenas de la Universidad de La Habana: “Había llegado una tromba”. Su vaivén me dio lecciones que todavía me encauzan y me perfilan, porque durante todo este tiempo Fidel ha colocado a Cuba en los primeros planos de la opinión pública mundial. Gran lector de José Martí, no se conformó con copiar al pie de la letra la trascendencia del Apóstol, sino que encarnó en su propio ser el espíritu local y universal de su genio.


Foto: Roberto Chile

Gran lector de José Martí, no se conformó con copiar al pie de la letra la trascendencia del Apóstol, sino que encarnó en su propio ser el espíritu local y universal de su genio.


No hemos tenido mejor interpretación del legado martiano que la suya.  Cuando comencé a publicar mis primeros poemas, la obra de Martí era parcialmente conocida; estaba dispersa y solo conocía la preferencia de unos cuantos solitarios que habían decidido seguir su ejemplo.

Fidel abrió el camino y, con su fe adelantada, colocó la vasta obra del poeta de “Los dos príncipes” en función de la vida cotidiana, a través de programas confeccionados especialmente para la Instrucción Pública, y nos hizo descubrir el monumento filosófico y moral que representa toda su producción, la cual, como se sabe, alcanza más de 20 volúmenes.

Ante la inmolación de los jóvenes del Centenario, Fidel hizo tangible cambios radicales de las estructuras de nuestra sociedad y abonó el suelo de la Isla con la práctica de los más importantes postulados del editor de La Edad de Oro.


Foto: Archivo La Jiribilla

Fidel había levantado la fe de los más pobres y había creado espacios políticos nunca antes frecuentados por las fuerzas vivas de un país al borde del abismo.


Para la vida de mi familia constituyó el primer tsunami del que tuve conocimiento. Mis padres, desde su origen y desde su perspectiva sindical, lo eligieron como su héroe, pues Fidel había levantado la fe de los más pobres y había creado espacios políticos nunca antes frecuentados por las fuerzas vivas de un país al borde del abismo.

Aquel joven abogado, convertido en guerrillero triunfal, había preferido la mesa de los carboneros de la Ciénaga de Zapata en la primera Nochebuena de la Libertad.

Tiempo después, fue huésped de honor del Hotel Teresa de Harlem, en donde encontró el más cálido amparo del pueblo negro de Nueva York. Estos dos episodios me hicieron elegirlo como mi héroe favorito del siglo XX.


Nota: Fragmentos de una crónica de Nancy Morejón aparecida en la revista belga De Cuba, Bruselas, n. 2, nov.-dic. 2006, p. 17-18.