Una lectura geopolítica

Pretendemos abordar algunos puntos para tener una lectura geopolítica de un hecho que marca un antes y un después en el escenario global.

a) La población no vota sobre las expectativas del escenario internacional.

Se valora el escenario interno, independientemente de las tergiversaciones que sobre ese plano puedan crear medios de comunicación y redes sociales. Los grandes conglomerados mediáticos del mundo, al igual que el sistema financiero internacional, esperaban otro resultado: el triunfo de Hillary Clinton. Lo mismo que sucedió en Colombia y en Gran Bretaña, con el plebiscito por la paz y el Brexit, respectivamente.

b) Trump ganó el voto de la clase obrera industrial hablando contra los TLC.

Este elemento fue el menos considerado por los mass media internacionales: detrás del pirotécnico xenófobo también había un candidato que se dirigía a un sector desencantado por el “fin del sueño americano”, tras la crisis iniciada en 2008. No fue demasiado creativo: usó el mismo slogan que la dupla Reagan-Bush en 1980: “make America great again”, lo que también coincide con una visión de la inserción global de EEUU. Pero así ganó en estados clave como Florida y Carolina del Norte, e industriales como Ohio, que incidieron en el resultado final. Tuvo una contundente votación en el interior del país, a contramano de los grandes centros urbanos que le dieron la espalda, conociendo sus exabruptos.

c) Hay un debilitamiento de EEUU en el plano internacional.

Trump ganó cuestionando el NAFTA, acuerdo comercial firmado por Bill Clinton en 1994, junto a México y Canadá. También mostrándose contrario al TPP (Acuerdo Transpacífico), que Obama motorizó en detrimento de China. Su perspectiva, al menos discursiva, fue aislacionista. Estas dos variables pueden explicar la tranquilidad de Moscú y Beijing ante el nuevo escenario abierto, que confirma el debilitamiento  del hegemón en declive. Rusia espera un debilitamiento de la estrategia intervencionista de EEUU: lee que la población le pidió a Trump que mire fronteras adentro y abandone aventuras como Libia y Siria, patrocinadas por la exsecretaria de Estado derrotada en las urnas.

d) América Latina espera con incertidumbre.

En nuestra región, algunas cancillerías —no particularmente las de gobiernos progresistas o de izquierda— jugaron todas sus fichas a un hipotético triunfo de Clinton. Hicieron lo que pedían las instituciones, los mass media y el sistema financiero internacional. También son perdedores en la contienda: llegaron tarde y se jugaron a fondo, algo que suele cobrarse (no en términos económicos, sino políticos). Un error garrafal en la diplomacia, que no es bueno naturalizar. Una de las incertidumbres reside en la normalización diplomática que Washington planificaba con La Habana bajo la capitanía del propio Obama: ¿qué sucederá con ese proceso? ¿se aletargará?

e) Hay que volver a interpretar el escenario internacional.

La elección de Trump abre paso a una lectura: detrás de los colapsos institucionales que se verifican en la Unión Europea y los EEUU, la salida —parcial— parece venir de outsiders conservadores. Hay un déficit indudable en los contrapuntos, al menos electoralmente: a Corbyn no lo benefició el Brexit (aunque volvió a ganar la interna de su partido, con comodidad), a Podemos no lo benefició la elección 2016 en España (aunque el voto implícito del PSOE al gobierno de Rajoy lo para como única alternativa real), y las proyecciones de Melenchon en Francia, de cara a las presidenciales 2017, parecen ser limitadas. Ni que hablar de Sanders, que tras una elección interna descomunal tuvo que dejar que Clinton fuese quien enfrentase al pirotécnico Trump, por la elección de los “superdelegados” (en detrimento de gran parte de la base demócrata, que acompañó con entusiasmo su intento de “revolución política").

La “derecha” parece interpretar mejor que la “izquierda” la actual oleada, nutriéndose de lugares comunes y miedos (¿acaso el debate sobre los refugiados en la UE, donde Francisco tiene la posición más progresista contra los muros, es muy diferente a los exabruptos de Trump sobre México?), y también de ventajas objetivas (mayores recursos y pragmatismo). La tarea de las fuerzas nacional-populares, progresistas y de la izquierda de la región es interpretar el momento histórico que se abre tras esta elección, y proporcionar los mecanismos para hacer competitivas a las opciones que se proponen un orden alternativo, sin renunciar a las banderas de justicia social.