Una lección de historia desde la arquitectura

Recientemente el arquitecto cubano Daniel Taboada Espiniella (Regla, 1931) fue distinguido con el Premio Nacional de Patrimonio, que en lo adelante engrosa su abultado currículo porque, entre otros muchos reconocimientos, ha sido merecedor del Premio Nacional de Arquitectura otorgado por la la Unión Nacional de Arquitectos e Ingenieros de Cuba, y el Premio Arquitecto de la Actividad Pública, que confiera la Federación Panamericana de Asociaciones de Arquitectos.

Taboada —quien sin duda es un referente a tener muy en cuenta cuando se habla de conservación y restauración en Cuba— ha trabajado en más de una treintena de obras, entre ellas, el Teatro Sauto de Matanzas, el Mausoleo a los Mártires del 5 de septiembre, en Cienfuegos; la Casa Natal del Apóstol José Martí, la Fundación Alejo Carpentier, el Museo de la Música, la Fototeca de Cuba y en los Conventos de Santa Clara y San Francisco de Asís, todos enclavados en la parte antigua de la Villa de San Cristóbal de La Habana.

Hace unos años esta reportera tuvo la oportunidad de conversar con Taboada, diálogo que se ha mantenido inédito hasta la fecha y que ahora, a propósito del merecidísimo premio desempolvamos y le ofrecemos a los lectores de La Jiribilla.

Recuerdo que esa conversación se inició queriendo saber por qué a este hombre —que ha consagrado su vida entera a conservar el patrimonio— le gusta afirmar que La Habana es un bosque de arquitectura.

“Es un símil en el sentido de que un bosque posee muchas especies de árboles diferentes y con La Habana sucede lo mismo: no es una ciudad que se caracterice por uno, dos o tres estilos. La Habana en su conjunto desde el siglo XVII —en que empiezan la primeras manifestaciones conservadas— hasta el día de hoy, es todo un elemento vivo que ha ido mutando en su arquitectura; algunas con trasformaciones ya históricas que son el producto terminado que vemos hoy en día.

“No es un producto específico, limpio, sin máculas, sino mestizo como nuestra cultura y eso es, precisamente, uno de sus grandes valores. Muchos extranjeros que nos visitan y descubren la capital —a veces con más claridad que los habaneros— nos dicen: ‘La Habana es una lección de historia desde la arquitectura’.  Y es cierto, aquí uno encuentra ejemplos del siglo XVII —porque del XVI solo nos ha llegado el Castillo de la Real Fuerza— como  el Convento de Santa Clara, que es en sí mismo una joya arquitectónica que respira.

En ese sentido, ¿será La Habana una ciudad de excepción? 

Pienso que sí porque para bien o para mal, ha tenido sus  épocas de alzas y bajas, pero aún en ella se puede apreciar y definir, perfectamente, la evolución de la  arquitectura isleña. ¡Por suerte!, en el momento en que iba a comenzar una gran transformación, que implicaba la demolición de edificaciones, triunfó la Revolución y todos los planes se detuvieron. Aunque para algunos sectores de la arquitectura esa contención se interpreta como sinónimo de depauperación, en realidad ha servido de conservación porque no se demolió. Es cierto que no ha habido el mantenimiento deseado ni adecuado, pero no hay que confundir la conservación con el mantenimiento. Ese es un error o una confusión en el que, a veces, incurren los especialistas.

Técnicamente, ¿cuál es la diferencia entre restauración e intervención arquitectónica?

Cuando participo en un Congreso, imparto una clase o un seminario, no me gusta referirme aisladamente a términos como rehabilitación, recuperación, revitalización o restauración. Etimológicamente restauración es volver una cosa a sus comienzos, a sus inicios, pero en arquitectura eso no es ni recomendable ni muchas veces posible y conduce casi a una enfermedad.

Erróneamente  hay quienes pueden pensar que el arquitecto que se dedica al patrimonio tiene que centrarse nada más que en la restauración. No. Hay que pensar mucho en la conservación: eso es lo más importante de todo, después la restauración puede estar en determinados aspectos o elementos de una obra. Por eso es que prefiero hablar de intervención constructiva, que es como un coctel en el que hay conservación, restauración, rehabilitación y, por supuesto, mucha obra nueva.

Por otro lado, estamos en el siglo XXI y tenemos que incorporar toda la técnica y los avances que han surgido en los últimos 50 o 60 años para esta actividad, pero siempre con mucha responsabilidad y conocimiento de lo que estamos haciendo.

¿Cómo se puede complementar la tradición con la modernidad?

La mejor modernidad está basada en sus raíces. Lo que sucede es que la modernidad no es la misma para todos los pueblos ni para todas las culturas. Cada región del mundo tiene su propia modernidad; cuando es buena la arquitectura expresa, precisamente, las mejores esencias de una cultura nacional y regional.  Por ejemplo, el doctor Rogelio Salmona —Premio Nacional de Arquitectura de Colombia, 1986— en su quehacer llevó a los más altos niveles la expresión arquitectónica en Colombia y ha hecho todo un arte del uso del ladrillo.

Las personas que piensan que la modernidad se puede dar únicamente en función de la técnica más desarrollada están erradas y es un principio falso. La mejor modernidad está basada en la tradición porque no se construye a partir de un mensaje televisivo o por intereses económicos. La tradición se forja con el paso del tiempo, incluso con el transcurso de siglos y es como la esencia misma de las cosas. Todo lo superfluo ha ido quedando a un lado, se ha decantado lo que sobra, la hojarasca y solo sobreviven las raíces, el tronco de la cultura.

¿Es el arquitecto un artista?

Lamentablemente aún el arquitecto no es justipreciado. Creo que hay que revalorizar el concepto general que se tiene de arquitectura. La propia masa de profesionales ha dejado de lado valores fundamentales que caracterizaban la arquitectura  y le daban su categoría de arte mayor, pero no se pude olvidar que la arquitectura forma parte de las bellas artes. A esta altura, no creo que nadie sea capaz —ni se atreva— a ponerlo en tela de juicio. Igualmente pienso que el arquitecto que concluye su carrera y  tiene la suerte de ejercerla, debe de comprometerse con la vida y, sobre todo, con ser lo más culto posible.

¿Es que falta cultura en los arquitectos jóvenes?

Considero que no se atiende lo suficiente; es cierto que se hace mucho, pero no todo lo que se debiera y falta camino por recorrer en ese sentido. Y cuando hablo de cultura, por ejemplo, me refiero a que conozcan nuestras raíces literarias y musicales. El arquitecto no debe estar solamente preocupado por su especialidad, sino que tiene que abrirse a otros saberes y tiene la responsabilidad de estar actualizado en torno al mundo del arte en general y estar informado de cuanto ocurre en su país y el mundo. Es cierto que debemos ir a la especialización porque es un requerimiento de estos tiempos, pero quizá debemos mirar un poco hacia el Renacimiento, periodo en que el hombre sabía de todo un poco. La historia nos da repetidas muestras de que hay que tener un campo visual amplio.

Para usted, ¿la piedra es arte?

Categóricamente sí, de lo contrario no quedaría nada porque —de muchas maneras— la piedra nos ha contado la historia.

Hay sitios en la ciudad en los que el mal gusto aflora o donde los cristales oscuros homogenizan el paisaje urbano, ¿podrán estas tendencias afectar  el perfil de la ciudad?

Tenemos que tener en cuenta, por ejemplo, que las condiciones climáticas de Cuba han condicionado ciertos aspectos relacionados con la climatización. Importar cristales carmelitas o grises con estructuras metálicas es, verdaderamente, un injerto en nuestra arquitectura tradicional. No digo que en algún momento no se pueda utilizar, pero a veces despojan de su esencia al patrimonio edificado. Hay que tener mucho cuidado ¿Acaso restaurar significa homogenizar el entorno?, ¡no, todo lo contrario! Restaurar es darle riqueza al entorno, específicamente a nuestra ciudad, que se caracteriza por esa pluralidad en que nada es igual. Hay que tener en cuenta ese barroquismo cierto y palpable del que nos habló el novelista cubano y Premio Cervantes, Alejo Carpentier.

¿Considera que existe en el habanero una verdadera cultura de la preservación?

Es un camino iniciado y en el que se ha recorrido un tramo pero no se ha llegado al final, que es su objetivo. No obstante, el habanero va teniendo conciencia del entorno en que vive y de los valores culturales que atesora su ciudad. Pero realmente esa toma de conciencia no avanza con la misma celeridad que ciertas costumbres negativas y tampoco ayuda el propio deterioro de la ciudad en un medio tan agresivo como es el nuestro. Por ejemplo, las temporadas de lluvias son un suplicio, un momento doloroso para la ciudad y para quienes la amamos.

No solamente nos duele la ciudad como algo físico, sino que estamos conscientes de lo que ocasionan las lluvias en las personas que la habitan. Creo que los medios de comunicación pueden ayudar mucho en estas ideas y en el conocimiento del ciudadano para que profundice en los valores de su ciudad. La Habana ha tenido importantes reconocimientos internacionales como haber sido inscrita en la lista del Patrimonio Mundial de la Humanidad y eso no se hace por gusto, ni se regala, ni se realiza de una manera festinada. Ese tipo de decisiones entraña análisis muy serios y profundos por parte de especialistas que no son  cubanos ni pro-habaneros sino que sus juicios son imparciales. Por eso tales decisiones nos dan la seguridad y la certeza de que nuestro trabajo tiene importancia no solo para nosotros sino para todo el mundo.

¿En lo más íntimo que significa San Cristóbal de La Habana?

Es un sentimiento que tengo desde pequeño: La Habana es un regalo. Disfrutarla ciudad desde Regla es todo un espectáculo que me acompaña desde mi infancia. A veces las personas que están inmersas en la ciudad, no tienen una mirada tan cercana.

En 1955 se graduó de arquitecto por la Universidad de La Habana. Muchos de sus compañeros abandonaron Cuba luego del triunfo del 59 ¿Tuvo que ver La Habana con su permanencia en la Isla?

A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de conversar con varios colegas que se marcharon de Cuba y te digo que lo sienten enormemente. Puede que no regresen si determinadas condiciones no se les crean, pero el que ha nacido y vivido en La Habana la recuerda como el ser más querido. Es que la ciudad conserva un espíritu vivo, cercano y amoroso que no le permite a uno desprenderse, aunque quiera.

¿Cuál obra le gustaría realizar?

Es un anhelo no solo mío sino de muchos compañeros: irnos un poco más allá del exponente aislado. Mentiría si dijera que es una obra puntual que está en la calle tal, número tal o es la obra de determinado período. No. El ideal de los que trabajamos en conservación y restauración del patrimonio construido, es la zona en su totalidad.

Anhelamos ver grandes zonas restauradas porque eso nos va a dar un ejemplo y una esperanza de que todo lo demás se podrá hacer. La restauración y la conservación son como una manchita de aceite que comienza pequeñita, pero se va extendiendo hasta convertirse en una inmensa mancha, en una totalidad.