Una dedicatoria para Leonel López-Nussa en el centenario de su natalicio

Bajo el tórrido verano de este 2016, el despliegue de exposiciones en el ámbito de nuestras artes visuales no ha dejado de ser variado e interesante. Entre las muestras ha resaltado una en especial, por su significación y justeza, al honrar la memoria de Leonel López-Nussa (1916-2004), dibujante, pintor, grabador, ilustrador, escritor, periodista y crítico de arte. Asimismo, sobresale en el panorama expositivo por la cuidadosa curaduría de Nelson Herrera Ysla y el catálogo amplio en textos sobre el artista, bien diseñado por Fabián Muñoz y editado como un número especial de Noticias de Artecubano.

El curador Nelson Herrera Ysla, con la valiosa colaboración de la familia de Leonel López-Nussa, en especial de su hija Krysia, y la participación del Consejo Nacional de las Artes Plásticas, ofrece, con la exposición antológica La pintura respetuosa, una noble ofrenda en la Galería El Reino de Este Mundo, de la Biblioteca Nacional José Martí, en el centenario del natalicio de este relevante creador, cuya descendencia familiar continúa en el camino de una maravillosa contribución a nuestra cultura, en la obra de sus hijos Ruy y Ernán, y de sus nietos Harold y Ruy Adrián, quienes entregan cada día su admirable talento a la música cubana.


Fotos: Cortesía Krysia López-Nussa
 

Un recorrido por la exhibición, abierta desde el 7 de junio hasta el 29 de julio, posibilitó observar la diversidad morfológica y estilística que abordó López-Nussa en su obra: allí estaba la abstracción en sus piezas de los años 50 ―en sus variantes expresionista y geométrica―, la nueva figuración y el surrealismo, así como el arte pop, las citas formales y mixtas de distintos códigos expresivos del cubismo y el arte latinoamericano, y en general, los motivos eróticos, revisitados una y otra vez en su pintura y grabado.

Se evidencia cómo el artista asumió aquellos lenguajes plásticos a través de su visión personal, como resultado, indiscutiblemente, de una bien sedimentada y selectiva asimilación de la cultura plástica y literaria de su siglo.

De cierto modo, sus obras son un recorrido por los sucesivos ismos que identificaron los periodos de la historia del arte en Cuba, pues López-Nussa asimiló las tendencias que incidieron en el resto de las promociones artísticas en activo, durante la segunda mitad del siglo XX en la Isla y en Latinoamérica. A la vez, en las pinturas y dibujos de La pintura respetuosa se evidencia cómo el artista asumió aquellos lenguajes plásticos a través de su visión personal, como resultado, indiscutiblemente, de una bien sedimentada y selectiva asimilación de la cultura plástica y literaria de su siglo, riqueza que el intelectual logró desde sus conocimientos casi autodidactas sobre el arte occidental, y sus propias vivencias como artista que residió en Europa, Norteamérica y México durante la primera mitad del pasado siglo.

En La pintura respetuosa, el curador ha resaltado las manifestaciones artísticas menos conocidas que cultivó el artista, a quien generalmente identificábamos con el afanoso grabador que fue. Algo que siempre nos llega a la memoria cual instantánea, es su imagen de grabador en plena faena en el Taller de Gráfica de la Plaza de la Catedral, donde su presencia fue constante a lo largo de su vida. En este espacio se le rindió homenaje en el año de su desaparición física, con la muestra personal Grabados de siempre, de la colección de archivos de esa institución de la plástica.

A la par, Nelson Herrera Ysla ha enfatizado en aquellas temáticas que inspiraron al creador, sin descuidar el aspecto formal que las distingue en su obra, todo resaltado y separado bajo rúbricas en la pared, como “abstracto, divertimento”, “grotesco, horriblemente bello”, “de la historia: algo muy serio”, “parejas, la vida entera, siempre”, entre otras.


 

Uno de esos subtítulos me pareció particularmente interesante: “palabra e imagen: dos pasiones”, pues resalta una motivación cardinal en su filosofía y estética: la vinculación del signo visual y el texto. Ambos delinean las auténticas preocupaciones de alguien como Ele López-Nussa, quien otorgó una significación semántica, de contenido y visual a la palabra escrita, a la vez que hizo de esta última una vía expedita para comunicarse, informar y orientar sobre arte a un público extenso.


 

Muchos solíamos buscar su columna en la revista Bohemia, no solo por la necesidad de ponernos al día ―algo que no dejaba de lado el autor con su constancia periodística―, sino porque sus artículos estaban signados por una magnífica calidad literaria y fluían con una peculiar amenidad, lograda mediante su agudo humor criollo e ingenio peculiar. Paralelamente, el autor conseguía una comunicación eficaz con los lectores, a quienes transmitía su valoración con total certitud, no importaba si eso le traía inconvenientes. Cumplía la función de orientar tan cara a la crítica y transmitía conceptos de apreciación artística, así como sobre las técnicas y estilos del arte en general.

Otorgó una significación semántica, de contenido y visual a la palabra escrita, a la vez que hizo de esta última una vía expedita para comunicarse, informar y orientar sobre arte a un público extenso.

Algún día ―esperemos que no sea muy tarde― se publicará una selección de lo mejor de la crítica de arte en el país, de manera que deje para la posteridad los aportes de los críticos a nuestra historia del arte. Entre ellos, López-Nussa se destacó como cronista de un acontecer que, gracias a él y a otros, ha quedado cual registro de lo sucedido en el transcurso de más de un cuarto de siglo en la cultura cubana.

Otra atención merece su visión respecto a los cambios que se fueron produciendo hacia el final del siglo XX, con la irrupción del fenómeno del nuevo arte cubano a partir de 1981, transformaciones, por cierto, que exigían un enfoque totalmente diferente a partir de otras premisas teóricas. Lo novedoso en nuestro arte no se parecía en nada a las convenciones artísticas de dos siglos atrás, ya que ponía de cabeza el concepto de la naturaleza del arte en sí. Y aunque Leonel no captara o tuviese a mano las fuentes teóricas (recordemos que entonces no teníamos la tecnología digital ni actualidad en nuestras ediciones) para entender un fenómeno como el del conceptualismo, no dejó de revelarnos las nuevas inquietudes de aquel revolucionario movimiento artístico, que no pasaron desapercibidas ni obviadas por él. Por ejemplo, una de las primeras exposiciones de ese nuevo fenómeno fue reflejada por el crítico bajo el título “¿Qué hacer para comunicar lo sano y lo sabroso?”, en su sección cultural titulada Ver, Oír y Escribir, de la revista Bohemia, donde publicó sobre la muestra homónima de 1981, sobre la cual apenas existe nada, porque incluía piezas de carácter efímero producidas por diez artistas muy jóvenes que en aquel momento estremecían el arte insular.

Autor conseguía una comunicación eficaz con los lectores, a quienes transmitía su valoración con total certitud.

Vale recordar, además, que como artista y escritor, López-Nussa se suma a esos casos de intelectuales cubanos multifacéticos, como el pintor Carlos Enríquez, que fue también novelista; Marcelo Pogolotti, pintor y ensayista; Alejo Carpentier, arquitecto, musicólogo, periodista, crítico y escritor; Thelvia Marín, escultora, pintora, poetisa, ensayista y narradora, y Manuel López Oliva, crítico de arte y pintor, entre otros que no cabría mencionar en esta reseña. Solo que López-Nussa, quien cultivó la pintura y las artes gráficas, no fue únicamente autor de novelas (policíacas), además de periodista, sino también un fructífero crítico de arte.

Mas volviendo al asunto que nos ocupa, y que se especifica en la exhibición bajo el epígrafe “palabra e imagen: dos pasiones”, podemos afirmar que en ambas actividades, insertas en su propia y única cosmovisión artística, tenían un lugar significativo el dibujo y la ilustración a textos. De ahí que uno de sus libros, de necesaria consulta, sea El Dibujo, editado en 1964 y reeditado en 2010.

Para entender un fenómeno como el del conceptualismo, no dejó de revelarnos las nuevas inquietudes de aquel revolucionario movimiento artístico, que no pasaron desapercibidas ni obviadas por él.

En esa dualidad que Leonel López-Nussa cultivó desde el texto y el arte, creo necesario puntualizar en la jerarquía que otorgó a la ilustración. Desde su propia vida artística esa manifestación fue trascendente, porque fue un ilustrador premiado (obtuvo Medalla de Plata en la Feria Internacional del libro Leipzig, Alemania, en 1970, por sus ilustraciones al libro La Tierra del Mambí). Pero también desde el periodismo nos traslada la relevancia que le concedió. Sorprende la actualidad de su artículo “¿La ilustración es un delito?”, donde con acritud se pregunta por qué el nombre del ilustrador de un libro de literatura infantil de la Editorial Gente Nueva aparece casi escondido, en el reverso del libro, y cito: “en letras diminutas, como si se tratara de un delincuente: Eduardo Muñoz Bachs, el conocido diseñador”.


 

En esa dirección, es necesario apuntar cómo López-Nussa integró el texto a su propia obra pictórica y gráfica. En la serie Coplas, dos obras de 1997 y otro par fechadas en 1998, que se muestran en la Galería El Reino de Este Mundo, se observan los versos de ese género lírico popular incorporado en la composición pictórica, copla manuscrita a la derecha de franjas diseccionadas horizontal y verticalmente, a modo de estela precolombina, en la que el artista combina las formas oníricas y las estrofas. Como en otras etapas, estas piezas se relacionan con el contexto del arte cubano de esa última década del siglo, uno de cuyos rasgos fue la vuelta introspectiva hacia temas existenciales. Esa sensibilidad suya hacia lo popular y las dinámicas propias del arte en aquella etapa del Periodo Especial, se refleja también en esa serie en la que introduce coplas, donde se inquiere sobre la vida y la muerte.

Como artista y escritor, López-Nussa se suma a esos casos de intelectuales cubanos multifacéticos.

Mientras me preparaba para escribir para La Jiribilla [1] —todo un reto si tenía en cuenta que varios de nuestros mejores críticos de arte han enaltecido en estos meses, con amplitud y profundidad, la vida y obra de López-Nussa en el centenario de su natalicio, dejando apenas pasaje biográfico, análisis histórico o estético-crítico por develar―, descubrí que, además de significativa para nuestro arte, como bien establecían esos prestigiosos autores, su producción fue extraordinariamente cuantiosa en cada especialidad que abordó. Honesto con su filosofía y praxis artística, manifestaciones tan diversas como la pintura, el grabado, la ilustración, el dibujo, la novela, la crítica de arte, el periodismo, el persistente ejercicio de la crónica literaria y la reflexión como ensayo estético, me demostraron que López-Nussa era, en verdad, muy productivo.  


 

Me pregunté entonces cómo podía un cubano que vivía el “día a día” aquí, lograr ese rendimiento “olímpico”, porque, al mismo tiempo, el artista debía compartir esas 24 horas como esposo, padre de familia y abuelo, sin dejar de ocuparse de otros asuntos tan domésticos como cotidianos. La respuesta, breve, me la dio su hija Krysia. Y fue tan lógica que no sé cómo no pude pensar antes en ello. López-Nussa pintaba, dibujaba y grababa durante el día, y dedicaba la noche a la escritura. “En la casa no teníamos televisor. No fue hasta mediados de los 80 que mi hermano Ernán lo compró, aunque solo veíamos algunas películas”, me contó también su hija, a la par que aclaró sobre lo cinéfilo que fue su padre (algo visible en sus artículos), y agregó cómo le alcanzaba el tiempo para llevar a sus hijos a pasear al Parque Forestal (por ejemplo) y compartir reuniones los fines de semana en familia mientras hacía bocetos en la mesa.


 

La pintura respetuosa nos ha permitido no solo el disfrute de obras poco conocidas de Leonel López-Nussa, sino de igual forma dignificarnos con la recordación de este creador.

La pintura respetuosa nos ha permitido no solo el disfrute de obras poco conocidas de Leonel López-Nussa, como refería al inicio, sino de igual forma dignificarnos con la recordación de este creador que fundara, junto a otros grabadores, el Taller de Gráfica de la Plaza de la Catedral. Crítico de arte que obtuviera el Premio de Crítica de Arte Guy Pérez Cisneros por la obra de toda la vida en Cuba (2000), fue un hombre sencillo que supo integrar las artes plásticas, la literatura y el periodismo, asumidos desde una modestia y laboriosidad ejemplarizantes.

Hoy me sumo, con humildad, a los reconocidos autores que en este verano de 2016 hemos sido invitados para discursar sobre su arte, con el deseo unánime de honrar a un cubano que dedicó su vida enteramente a la cultura y al arte de su patria.

Notas:
1. Especialmente deseo agradecer a Krysia López-Nussa la gentileza de proporcionarme la información que requería para este trabajo.