Una carta para Amado del Pino

 

Tania Cordero me invitó amablemente a recordar una obra de Amado, deferencia que agradezco, y voy a referirme a mi preferida, Penumbra en el noveno cuarto. Pero no quiero aquí ejercer mi oficio con una valoración al uso, como las que en su momento escribí y publiqué, tanto en referencia al texto dramático y a su puesta en escena primero, y a la versión para el cine después, instancias que reafirmaron su valía.


Fotograma de Penumbras, película basada en la obra Penumbra en el noveno cuarto


Hoy voy a dirigirme a Amado, del mismo modo en el que tantas veces hablamos, en vivo y con frecuencia en otros tiempos, en la obligada puesta al día durante sus visitas a la Isla, o por la vía con la que debimos conformarnos en los últimos tiempos: el escueto mensajero de Facebook, donde cada una de sus apariciones se abría con el vocativo “Amiga”, a veces seguido de la flor de un adjetivo cariñoso.

Querido Gordo:

Ha llegado el momento de despedirnos, quién sabe hasta cuándo, y es duro  interrumpir un diálogo en el que mezclábamos lo humano y lo divino, la teatrología y el rumor de turno, los planes profesionales en ciernes con las alegrías por lo conseguido, o las heridas por decepciones humanas que no te podías guardar.

Cuesta pensar que no me enviarás una obra nueva aún caliente, pidiéndome una opinión de urgencia, o que no mencionarás una puesta o un libro que acababa de fascinarte.

Nuestro consuelo es la memoria, en mi caso larga, que se remonta a los años en que eras el estudiante agitado del ISA que no dejaba de leer y de exaltar los mundos que descubrías.

Nuestro consuelo es la memoria, en mi caso larga, que se remonta a los años en que eras el estudiante agitado del ISA que no dejaba de leer y de exaltar los mundos que descubrías, hasta cuando más tarde compartimos muchas veces cotejos de pruebas de imprenta en la sala de una casa de la calle Lombillo que fue sede de la revista Tablas en su primera época, entre galeras y planas ―esas palabras obsoletas hoy y superadas por el desarrollo y la prisa―. En aquella tarea del oficio te dominaba la impaciencia, con el largo pliego en una mano, mientras la otra compartía el aleteo de un bolígrafo con el acto de “torcer” un mechón de pelo sobre la frente. En la alternancia de lectura y escucha, entre tiradas de párrafos, comentábamos la escritura, metíamos la cuchareta con otros temas, nos reíamos y peleábamos, mientras crecían los lazos profesionales y humanos.

Desde aquella época puedo identificar tu pasión por el deporte, y por la pelota en particular, y cómo hay mucho de tus ídolos del picheo y el bateo, como de ti mismo, modelado en el carácter de Lázaro Prado, el pelotero que no quiere renunciar al espacio para la ilusión, a pesar de todo, en Penumbra en el noveno cuarto. Creo también que de tus trasnochadas posaderas, de aquellos tiempos ya lejanos antes de que Tania te metiera en cintura, sacaste a Tati, la criolla femme fatal que se parece a muchas mujeres reales y cercanas, con esa gracia medio guajira y medio letrada con que te gustaba piropear a las muchachas y a las no tanto. Igual, de tu gusto por los ambientes populares, y gracias al oído fino de escritor y a la curiosidad investigativa que te despertó el periodismo, armaste a esa maravilla de carácter que es Pepe y a Renato, sacados quién sabe de qué esquina centrohabanera.


Fotograma de Penumbras


Lo mejor es cómo supiste hacer que los cuatro se encontraran y dialogaran como al azar, para urdir una trama humanísima, de carencias y esperanzas, de crueldades e incertidumbres, matizadas de humor y picardía, con esa capacidad dual de tu proyección misma. Porque te gustaba integrar la mejor poesía con la frase cubanísima y sonora que le da vida y alma a un contexto.

En esa obra aportaste a la escena nacional una aguda reflexión sobre la marginalidad, con aristas que la complejizan; cronicaste penumbras de la vida cotidiana, con una hondura que permite vislumbrar, con ellas, contradicciones de mayor alcance; dibujaste un muestrario humano de personajes ni típicos, ni raros, ni extraordinarios, pero marcados por sus propias verdades, y recreaste los ritos y la mística del deporte nacional como un tema de culto.

Anoche pensé en ti, con el desasosiego de emociones que implicaba para mí la proximidad de esta cita obligada y dolorosa; pero también porque Cuba se batía después de un revés en la Serie del Caribe, te imaginé intentando contagiar de tu mejor aliento a los peloteros en el diamante. Y hoy tengo que resaltar la grandeza de tu espíritu en crear, para nosotros, peripecias de honestidad en las que nos estabas dando, sin saber que nos faltarías, un pedazo de ti mismo.

Tu amiga,

Vivian.