“Un virtuoso no depende de los premios”
Fotos: Cortesía del entrevistado
 

Desde sus asientos, el público se deja llevar por los sentidos. Saborea cada nota y baila con cada vuelco que el ritmo le arranca a los huesos en forma de escalofríos, de emoción que sale por la piel con vida propia.

Las personas, en la distancia que impone el escenario, disfrutan de ese lenguaje sonoro único, sello de cada intérprete que se sienta al piano.

El joven también saborea las sinfonías. Se percibe en los arrebatos de sus manos. Quienes lo miran no acaban de comprender cómo operan esos dedos, tan autónomos y a la vez tan coordinados con el resto de su anatomía.

Entre esos análisis y el goce efímero que proporcionan los conciertos, los espectadores no reparan en cuánto demanda un rato en escena. Ahmed Alom, como la mayoría de los pianistas, lo sabe. Consume horas y horas de sus días en el ensayo de lo que procura entregar como algo perfecto.

Este cubano de 17 años de edad ha transitado por la adolescencia a pasos agigantados. Revela una madurez que no solo resume fascinación por su labor creativa, sino que contempla ―con interés profundo― el respeto a los públicos.

Participar en eventos como este Encuentro de Jóvenes Pianistas, y compartir escenarios con grandes figuras del ámbito nacional y extranjero, constituye un mérito que se ha ganado. Además, es una condición que, como confiesa Alom, le impone “metas que demandan una superación incesante.

“En esta carrera uno debe madurar con rapidez. Cuando tenía 13 o 14 años, me comportaba como el típico adolescente: rebelde, protestón, ansioso por hacer cualquier cosa, menos estudiar.

“En estos momentos, a pesar de estar aún en esa etapa de la vida, pienso de manera diferente y asumo mi carrera con la misma profesionalidad con que lo hacen artistas experimentados.

“Más que una costumbre, estudiar constituye un acto  que no me cuestiono nunca, una necesidad. Por supuesto, parte de esa conciencia se la debo sobre todo a mi madre, que cuando era pequeño me insistía para que cumpliera con mis obligaciones como aprendiz de músico.

“Es cierto que, para la mayoría, mis 17 años pueden representar inestabilidad, inseguridad; pero no en el caso del gremio, pues debemos concretar tempranamente nuestros proyectos futuros.

“Me he relacionado con importantes figuras de los escenarios musicales cubanos y foráneos, soy consciente de que pocas personas de mi edad pueden hacerlo; así como intervenir en espacios como este Encuentro”.

La trayectoria de quienes optan por la música generalmente dibuja un camino marcado por logros y desalientos. No son pocas las renuncias, tanto en el plano personal como en el familiar. Asimismo, las condiciones materiales que demandan estos perfiles encarecen los proyectos; desde la obtención de los instrumentos hasta las clases particulares, los ensayos, las presentaciones...

Pudiéramos referir, a cambio, que una carrera encaminada hacia la cultura y matizada por la melodía es, de hecho, atractiva. No obstante, en estos tiempos donde todo parece señalar “la ruta más fácil” en cuanto a sacrificios, un muchacho que elija la senda “intrincada” siempre podrá sentirse solo y diferente.

“Me he adaptado a vivir en este mundo y me resulta muy disfrutable, sobre todo por los resultados que palpo tras los esfuerzos. Muchos de mis amigos, en tanto, también son músicos y estamos compenetrados. Como grupo de semejantes, con iguales intereses, nos entendemos muy bien; sin embargo, comparto con otras personas fuera de este círculo.

“Aunque soy de quienes se adaptan a diversos ambientes, no significa que no perciba cómo crecen los segmentos de la juventud que dignifican la banalidad. Es lamentable ver cómo, a medida que crecen los avances tecnológicos, aumenta una cultura hipnótica, que no les permite ni les exige pensar.

“A todo el mundo no le tiene que gustar la música clásica; mas considero que en Cuba existen buenísimas opciones para que las personas opten por otros productos, sobre todo aquellos que fomenten la tradición cultural. En ese sentido me siento minoría, pues somos pocas las personas que nos interesamos por mantener esta práctica”.

Ahmed Alom, aun cuando no entra en la norma de sus contemporáneos, no contradice el espíritu de su generación. Se le nota la inquietud, las ganas de divertirse y de vivir esos otros mundos que tanto se anhelan cuando no se pasa de los 20. A la vez, es uno de esos “bichos raros”, pitoniso en su grupo etario, con cara infantil y pensamiento de adulto. Todas sus cualidades lo han hecho quien es: un hombre seguro de lo que persigue, que no vive de la fama, pero que tampoco le teme.

“La música es un arte, más allá de lo rentable que pueda resultar. Es triste cuando las personas subordinan su talento y lo ponen en función de proyectos que solo buscan el dinero, la parte comercial. Este tema hace que muchas veces se desconozcan el esfuerzo y la calidad. No obstante, aquí radica uno de los retos para nuestro segmento, en asumir la música como una forma de vida, no como un medio.

“Por ejemplo, estuve cerca de tres años sin presentarme en concursos, hasta 2016, cuando participé en dos certámenes en México, donde estudio para terminar los cursos iniciados en Amadeo Roldán. No creo que esta ausencia disminuyera para nada mi calidad; todo lo contrario, la reforzó. En ambos eventos (concurso Nacional de Música de Cámara y Concurso de Piano Siglo XXI) obtuve el primer lugar y es algo que me ha sentado bien. Luego de permanecer un año ensayando, montando repertorio, fue grato dicha recompensa.

“Sin embargo, no creo que los concursos definan al pianista. Más bien representan una manera de prepararse, de darse a conocer, de ponerse  a prueba con otros intérpretes. El verdadero virtuoso no depende de los lauros, debe dedicarse por entero al arte para entonces ganar el premio más significativo: la admiración de su público. Me gustaría, ahora y en un futuro, ajustarme a esa definición”.

Mientras Ahmed sueña con ser un artista consagrado, grabar discos y estrenarse en Cuba con una orquesta ―en México debutó recientemente―, habla de lo bien que le hace tocar en la Isla, compartir con la gente del pueblo, apoderarse de las ovaciones siempre entendibles; apartar esa nostalgia agregada de los temas nacionales cuando se interpretan en suelos extranjeros.

Recorre a Cervantes, a Saumell, a Chopin, a Bach, a Rajmáninov (su preferido)... Se ve allí, detrás del instrumento, y no olvida la primera vez, a los diez años, cuando las teclas “solo eran un manojo de blancas y negras sin sentido”.

Ahmed respira y lo hace con la convicción de que todo saldrá bien, porque ha venido a “ofrecerse”, a regalar lo que mejor sabe hacer y lo que más le complace en la vida.