Un traductor nombrado Jerónimo de Estridón

La traducción de mesa, escrita, es una de las profesiones más exigentes por la multiplicidad de acciones que comprende: primero, la traducción en sí a partir de la lengua de partida; después, la redacción en la otra lengua a la que se vierte, la de llegada, y por último, el tecleado del resultado de esta acción. Quiere esto decir que se trata de tres operaciones que transcurren casi simultáneamente, lo cual confiere una especial complejidad al ejercicio de la traducción, y puede llegar a ser agotadora.

José Martí, traductor insigne, en carta a la niña María Mantilla, exponía ajustadas consideraciones que a continuación reproducimos:

“La traducción ha de ser natural, para que parezca como si el libro hubiese sido escrito en la lengua a que lo traduces, que en eso se conocen las buenas traducciones”.

También advierte acerca del “cuidado con que hay que traducir para que la traducción pueda entenderse y resulte elegante, y para que el libro no quede, como tantos libros traducidos, en la misma lengua extraña en que estaba”. Para Martí, y son sus palabras, “traducir es estudiar, analizar, ahondar”.

Son numerosos los casos de escritores cubanos que ejercieron, siquiera esporádicamente, el noble oficio. Además de Martí, se citan los nombres de Emilio Ballagas, Mariano Brull, Dulce María Loynaz, Alejo Carpentier, Mirta Aguirre, José Lezama Lima, José Zacarías Tallet y otros ilustres, para los que no es aplicable el discutible y tantas veces injusto aforismo italiano que reza “traduttore, traditore”.

Unos pocos ejemplos demuestran la importancia de la traducción. Los avances de las ciencias y la técnica solo alcanzan su universal difusión gracias a la traducción a las demás lenguas; la comunicación entre los pueblos y gobiernos es otra de las esferas en que la traducción revela sus ilimitadas potencialidades y, por último, el placer de leer a Hemingway, a Tolstoi, a Flaubert, a Saramago, a Goethe, a Calvino, a Homero… solo es posible para los hispanohablantes gracias al prodigio de la traducción a nuestra lengua y, en la misma medida, nuestros autores se internacionalizan en la medida que se les traduce a otras lenguas. Así pues, no viene al caso continuar hablando sobre un tema cuya relevancia es más que evidente.

Es, por tanto, el momento de decir algo de Jerónimo de Estridón, o San Jerónimo, uno de los cuatro grandes Padres Latinos de la Iglesia y a quien debemos la traducción al latín de la Biblia, la llamada Vulgata, para el pueblo.

Jerónimo nació entre 340 y 342, se ordenó de sacerdote en Antioquia y murió en Belén el 30 de septiembre de 420. Esa fecha es la de su festividad como santo y en ella, además, se celebra mundialmente el Día del Traductor.  

Nuestro personaje era un políglota. Dominaba el latín y el griego, y profundizó en el idioma hebreo cuando se mudó a Belén. No solo tradujo la Biblia, también otros textos sagrados, en tanto hizo correcciones y revisiones de otros. De entre sus escritos, los más conocidos son sus cartas y los comentarios bíblicos. Era un trabajador incansable y de excelente preparación, veló por la confiablidad de las fuentes de información,  sus conocimientos eran profundos y abarcaban diversidad de asuntos. Si observamos sus características personales antes citadas, estas se corresponden perfectamente con las condiciones que deben primar en el traductor de hoy día.

Se afirma que Jerónimo censuró los desórdenes administrativos de los gobernantes y la vida muelle de los miembros del clero. Por supuesto que se creó dificultades y se le mandó al exilio. Uno de sus escritos revela el estilo filoso de su prosa:

Ese freno de oro en la boca de tu caballo, ese aro de oro en el brazo de tu esclavo, esos adornos dorados en tus zapatos, son señal que estás robando al huérfano y matando de hambre a la viuda, quienes después que hayas muerto y ellos pasen ante tu gran casa dirán: “Con cuántas lágrimas construyó ese palacio, cuántos huérfanos se vieron desnudos, cuántas viudas se vieron injuriadas, cuántos obreros recibieron salarios injustos”, y así ni siquiera la muerte te librará de tus acusadores.

¡Este San Jerónimo era algo serio!