Un repertorio con zapaticos nuevos

En agosto de 2017, Teatro de Las Estaciones cumplirá 23 veranos de andadura titiritera, un reto arduo para una agrupación escénica en estos tiempos de “Hola y Adiós”.  En 2012 comenzamos a dar funciones en nuestro espacio propio, la Sala Pepe Camejo, en el Centro Cultural Pelusín del Monte. Lo hicimos sin poseer las condiciones requeridas, las ajustamos después, en 2014. Tenemos un recinto con aforo pequeño de butacas, vestíbulo-galería, cabina de audio y sonido, clima agradable y un escenario de siete metros por seis. Lo suficiente para echar a andar nuestros sueños y realidades titiriteras, además de conquistar a un público tan fiel como exigente, que repleta las localidades cada vez que anunciamos temporada.


Los zapaticos de rosa, por Las Estaciones. Foto: Ledier Alonso


Defender una programación de espectáculos, es una empresa que gradúa como estratega sociocultural y económico a cualquier director general de una compañía artística. Es como un escalón más,  bien diferente a los proyectos teóricos, pedagógicos y prácticos que asume un colectivo dramático, y a la vez, parte imprescindible de la mecánica que da sustancia y fortaleza con vista al futuro. En ese organigrama mensual, con altas, bajas, estabilidades y sorpresas, entra a jugar un papel fundamental el repertorio teatral.

Treinta y dos títulos hemos estrenado desde 1994 hasta la fecha. Tenemos en activo trece obras, listas para ser llevadas a las tablas o el retablo en cuanto lo dispongamos. Eso nos permite tener un margen anual de ordenamiento, maniobras de promoción y tiempo de preparación para nuevos montajes y reposiciones. Reponer es sinónimo de renovación, reparación y rejuvenecimiento. No tiene sentido alguno retomar un título si no es para devolverle su vida teatral como si fuera la primera vez, pero con toda la experiencia acumulada.

Guardo la memoria fresca de los cuatro actores que éramos en Las Estaciones: Fara Madrigal, Migdalia Seguí, Freddy Maragotto y yo, juntos durante dieciséis años, a cargo de un repertorio, pero sin la seguridad ni el compromiso de mantener abierta una sala. Trabajábamos donde podíamos y nos aceptaban, no fueron pocos los lugares. Así, estrenamos en 2007 Los zapaticos de rosa, una versión para actores y muñecos sobre el conocido poema de José Martí, que yo había escrito en 2004, durante un taller de dramaturgia impartido por el inolvidable Freddy Artiles. Hasta esa fecha no me había atrevido a llevar a escena el manuscrito, tal vez esperando la madurez en la dirección artística o en el histrionismo del conjunto. Yerandy Basart e Iván García, dos excelentes actores veinteañeros, venidos de diferentes lares, con excepcionales condiciones para el teatro de títeres, llegaron en los días preliminares de dicho montaje.


Versión de Los zapaticos... Foto: Ledier Alonso


Las primeras funciones fueron en la Sala Papalote, histórico recinto teatral y escuela de muchos de nosotros (Zenén Calero, Freddy, Migdalia…). Tras los aplausos del día inaugural me enamoré de esta pieza teatral y titiritera. Estuvimos con ella en el Teatro de la Orden Tercera, la Sala Hubert de Blanck, el Teatro Nacional de Guiñol, la Sala Adolfo Llauradó y el Centro Cultural Raquel Revuelta, en La Habana. El espacio del Estudio Teatral en Santa Clara, y el Teatro Principal, de Sancti Spiritus. Me hubiera gustado pasearlo por toda Cuba. Martí es siempre una motivación valiosa, única, reveladora. Antes de nuestra versión titiritera de Los zapaticos…, de Martí, estuvo la de los Camejo y Carril, en los tempranos 60 del siglo pasado, el Teatro Nacional de Guiñol y la Teatrova, también en los 60, el Guiñol Santiago en los 80, El Trujamán con el Guiñol Nacional en los 90 hizo una memorable versión de Abdala… el Héroe Nacional siempre redivivo. Sus historias deberían ser parte de los repertorios activos de todas nuestras compañías.

Algún que otro colectivo de la isla lo ha representado en el siglo XXI. Siempre se agradece, guste uno más o menos de la estética o el ejercicio escénico de esta o  aquella representación. La fuerza de su palabra, tan necesaria como respirar, salta por encima de todo y de todos.


Foto: Ledier Alonso


Esta es la quinta vez que retomamos la puesta en escena de 2007. En 2010, 2012, y 2014, la asumieron indistintamente diferentes actores y actrices, la savia nueva de Las Estaciones, Francis Ruíz, María Laura Germán, María Isabel Medina, Carlos Carret, Karen Sotolongo. Javier Martínez de Osaba, actor invitado del Teatro Mirón Cubano, lo ha hecho en este año. Todos le han puesto su aliento a los versos alados del apóstol, versos llenos de luz y de mejoramiento humano, versos cubanísimos que constantemente tienen algo distinto que decir.

Nuestro repertorio y el público es quien recibe el mayor regalo. El pasado fin de semana volvimos a Los zapaticos de rosa en otras voces, y en la sempiterna voz martiana (el maestro Carlos Pérez Peña, Premio Nacional de Teatro, es la voz de Martí en nuestro espectáculo), volvió a escucharse el canto de Bárbara Llanes en la ‘‘Madre pobre’’, la música delicada e ingenua de Elvira Santiago, las danzas de Liliam Padrón, los colores apastelados de Zenén Calero. No solo gusto yo de volver a este título. Reponerlo es para Las Estaciones, a la vez que un reto, una verdadera fiesta teatral y titiritera, como si Pilar estrenara unos zapaticos eternamente nuevos.