Un reconocimiento inevitable

Para muchos estaría clara la respuesta si alguien preguntase por qué volver a hablar de Fresa y Chocolate, el filme cubano, cuando no está programado en estas jornadas del festival. La película representa un hito, y llama en cualquier instante, especialmente bajo el hálito de estos días cinematográficos, a volver sobre ella, sobre sus valores y aportes. También su huella está en muchos filmes que se proyectan hoy en el cine latinoamericano.

Confiriéndole el protagonismo a un personaje abiertamente homosexual, este clásico propone un nuevo diálogo, que encuentra su consagración en la manera en que se nos presenta a Diego: alta apropiación de la cultura, espíritu inconforme y batallador, integridad y alta autoestima. Todo lo que lo hace acreedor de la amistad de un heterosexual convencido.

David es una figura rica en su parábola sicosocial. La manera significativa en que evoluciona de una irracional y machista homofobia a una aprehensión de nuevos códigos humanos justificaría la concepción de la evolución en su sentido más estricto. El abrazo final propone implícitamente la tolerancia, la aceptación y el reconocimiento a lo diferente que, como Diego, también puede enarbolar un carácter íntegro y reflexivo. Lo esencial se halla en la agudeza para sugerir la supresión de prejuicios y barreras inútiles, que laceran notablemente el diálogo con la otredad.

Diego siempre se nos presenta portador de un humor punzante. Su constante estocada, su condición de víctima, de marginado, le hace asumir la posición defensiva que elige la broma perenne como escudo, y muchas veces como espada. No se burla únicamente de ciertas cosas que lo admiten, sino de todo.


La representación de los caracteres de los personajes responde a las imperantes de la película

 

Otra vertiente en esta coordenada de lo identitario reside en la opción por el exilio como única solución a los conflictos. El tratamiento de este aspecto en la obra ha sido muy discutido, pues se ha leído como una renuncia pasiva a los valores de identidad nacional, pero no se trata de eso. Esta decisión responde a la necesidad del personaje de sentirse libre, lo que no conlleva en ninguna circunstancia a la renuncia de su condición nacional.

El otro guiño subtemático descansa en la visión del joven comunista perfilado desde el maniqueísmo. Resulta muy inteligente, sobre todo en el personaje de David, su complemento, Miguel (compañero de cuarto). Si bien negativo hasta la caricatura, ostenta el mérito de sacar a flote al dirigente monolítico, extremista e intolerante. La alusión a la cultura nacional se percibe en el filme (con toda intención) en boca del personaje de Diego. Su admiración devota por notables personajes de nuestra cultura como José Lezama Lima, Ignacio Cervantes y Ernesto Lecuona se percibe como una pleitesía casi sacra a lo nacional.


Cuidadosa escritura fílmica, personajes que se crecen en sus papeles, y una elegante puesta en escena

 

Fresa y Chocolate vulneró barreras y cambió la faz del cine cubano y del arte por extensión. Demostró que existen imperativos humanísticos que van más allá de la afirmación o la negación a ultranza. Reflejó y enriqueció la idea del ser nacional. Dejó claro lo vital de la comunicación y el respeto a la individualidad. La fuerte amistad entre David y Diego se hizo inevitable, cada uno reconoció en el otro a un amigo. Fresa y Chocolate es un sí por la comprensión y por Cuba.