Un Premio para los escritores de Nuestra América

Quizás no haya premio en el mundo hispanoamericano tan limpio ni altruista como el Casa de las Américas. En él no hay agentes literarios ni editoriales pulsando por ciertos autores que después el mercado del libro promocionará en busca de ganancias.
 

Desde que apareció en abril de 1959, a solo tres años el triunfo revolucionario, los objetivos de este galardón fueron netamente culturales y se trazó como único objetivo estimular y difundir la obra de los autores del Continente.
 

Muchos que hoy son un grupo de consagrados se dieron a conocer al ganar este certamen. Entre ellos pueden citarse al ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, el cubano José Soler Puig, el salvadoreño Roque Dalton, el peruano Alfredo Bryce Echenique y el chileno Antonio Skármeta.
 

Casi todos los grandes escritores de Nuestra América han tenido que ver con él. Ya sea como jurados, como premiados o como ambas cosas. El que empezó siendo Concurso Literario Hispanoamericano cambió su nombre a Latinoamericano en 1964 y ya en 1965 era el Premio Literario Casa de las Américas, denominación que conserva hasta hoy. Pero el certamen no solo cambió su nombre sino que con el transcurso de los años se fue expandiendo. Primero hacia Brasil. Después hacia el Caribe anglófono y francófono. Impulsó un género como el testimonio que dio a conocer, entre otros muchos sucesos del área, a la figura de la luchadora indígena guatemalteca Rigoberta Menchú. Desde el año 2000, la Casa concede además tres premios honoríficos: el de poesía, José Lezama Lima, el de narrativa, José María Arguedas, y el de ensayo, Ezequiel Martínez Estrada.
 

En el año 1995 una amiga me instó a que enviara mis cuentos al Premio Casa. Ella misma mecanografió los que había escrito sin grandes pretensiones y lo llevó hasta Tercera y G. Yo no me hacía ilusiones al respecto. Era para mí algo muy grande ganar ese concurso y, sin falsa modestia, no consideraba mis escritos merecedores de un galardón que para mí era y sigue siendo el más importante de las letras hispanoamericanas.
 

No sé si fue una racha de buena suerte. Pero aquellos primeros cuentos obtuvieron el codiciado galardón y creo que el día en que me lo anunciaron me sentí la mujer más feliz del mundo. Todavía no podía imaginar que diez años más tarde obtendría de nuevo la victoria, esta vez con mi primera novela, Fiebre de Invierno. El haber sido ganadora en dos ocasiones de este reconocimiento no influye en lo más mínimo en el respeto y la admiración que despierta en mí un concurso en el que, como ya dije, no hay presiones de agentes literarios ni de editoriales ni espurios intereses mercantiles.
 

Cuando me tocó ser jurado fui testigo de la transparencia con que se trabaja en la Casa. Como cubana no recibí los manuscritos de mis compatriotas para evitar que cualquier atisbo de simpatía influyera en mi veredicto. Tampoco ningún funcionario intervino en la decisión final. Es por eso que respeto tanto los galardones que año tras año entrega una institución que mucho tuvo que ver con el llamado “boom” latinoamericano a pesar de que se atribuya casi siempre el mérito a editoriales españolas y europeas.
 

 Solo hay que recordar que el primer Jurado que concedió los reconocimientos del Premio Casa estuvo integrado nada menos que por Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, José Lezama Lima, Carlos Fuentes y Nicolás Guillén. Autores consagrados y noveles participan esperanzados cada año en un concurso donde los latinoamericanos ven una manera de eludir los intereses de los monopolios de las editoriales, más allá del irrisorio estímulo monetario que ofrece este certamen netamente cultural y emancipador.
 

Ahora que se acaba de premiar la edición 2017, nada me parece más justo que reconocer una labor de cincuenta y ocho años que cada vez se extiende a nuevos escenarios como pueden ser el mundo indígena o el de los emigrantes latinos de Norteamérica. Se trata de un concurso para todos, inclusivo como pocos en el mundo. Celebremos pues su existencia descolonizadora e indispensable.