Un premio para Leal, por toda su vida

Ante una sala colmada de amigos, personalidades de la cultura y trabajadores de la Oficina del Historiador de la Ciudad, fue entregado a Eusebio Leal Spengler el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas 2016. Atentos a los detalles del sobrio acto, a las palabras de los disertantes y, sobre todo, a las del homenajeado, los presentes allí pudimos aquilatar, una vez más, la fuerza de su oratoria.



Todo lo debo a mi tiempo y a la Revolución generosa. Foto: Internet
 

En la lectura del acta de otorgamiento, Ana Cairo Ballester, presidenta del jurado, dijo que este fue unánime en su decisión. “Por el entendimiento de Leal de las ciencias sociales y las humanidades con un carácter integral en el que se articulan los impactos sociales, culturales y económicos. Por su aporte a la transformación humana y a la consolidación de la identidad nacional. Por el impacto en la conservación y rehabilitación social de La Habana como ciudad, junto al resto de las ciudades del país. Por la labor pedagógica, no solo mediante la docencia directa, sino también por su difusión a través de la radio, la televisión y el intercambio personal”.

María Isabel Domínguez, miembro del jurado y autora de las palabras de elogio, hizo mención de algunos datos relevantes de la trayectoria académica del intelectual, “resultado de una vida dedicada al estudio, rescate, conservación y difusión de la historia para hacerla trascender a la realidad, a través de una obra en que se ha combinado la salvaguarda de los valores patrimoniales con lo ético, lo patriótico y la identidad nacional.

Respaldan esta incansable trayectoria “casi dos decenas de libros publicados, la impartición de docencia y conferencias en más de 60 universidades e instituciones científicas de más de 20 países y su condición de Doctor Honoris Causa de unas 20 universidades cubanas y extranjeras. Vida y obra que ha sido consecuente con el presupuesto martiano que la historia se debía escribir para que perdurase y valiese, para que inspirase y fortaleciese. Este espíritu está presente en su quehacer cotidiano y en su vocación pedagógica de Eusebio Leal”.

Pero si algo sobresale en él de manera muy especial es su aporte al trabajo social ―añadió―, aquel que desde el barrio ha sido capaz de movilizar energías de sus habitantes todos, poner en diálogos sueños y realidades e impulsar procesos de transformación humana. De esa utilidad trata este premio”.

En sus palabras de gratitud Eusebio Leal hizo un recuento de algunos momentos de su vida relacionados con el camino que siguió hasta llegar a la Oficina del Historiador de La Habana: “Cuando trabajaba en el Diario perdido de Carlos Manuel de Céspedes ―dijo―, y después de haberle anunciado la buena nueva a Hortensia Pichardo y Fernando Portuondo, mis amigos queridos, resultó que, buscando una clave interpretativa de la historia y de los conflictos humanos que se producen en las gestas de las grandes revoluciones, llegué al antiguo cementerio de Puerto Príncipe en Camagüey. Allí en una losa solemne, hornada con los escudos de nobleza de los marqueses de Santa Lucía, cuyo último protagonista de la saga fue Salvador Cisneros, rezaba el siguiente epitafio: 'Mortal, solo y solo polvo cualquier hombre'.

“De manera que, a partir de cierto momento, cuando se recitan estos títulos conseguidos a lo largo de la vida y que han sido, ciertamente, fruto del esfuerzo, del cariño y la amistad hacia mí y hacia otros; uno siente una especie de reposo interior y no le asalta ninguna de las dos grandes serpientes que acechan al pie de todo ser humano: la vanidad y la envidia”.

Al exponer sus razones de la invulnerabilidad ante dichos riesgos, el historiador de La Habana expresó: “Primero, porque he sentido una gran admiración por mis contemporáneos, no solamente por los que me precedieron en el tiempo. Y segundo, porque fui curado de espanto al comienzo de esta historia, cuando mi mala conducta en la escuela, hija de tantas y tantas problemáticas que vivíamos, me sacó un día del aula, sin haber concluido siquiera el quinto grado. Apenas lo había comenzado”.

Mi mamá ―agregó―, preocupada por mi destino, me llevó a Don Rogelio Hevia, un asturiano generoso que era dueño de la bodega del barrio. Y le dijo: 'como si fuera un padre se lo entrego'. Allí aprendí los más modestos menesteres. Y así de una cosa en otra, la vida me fue llevándome, hasta que finalmente ocurrió un acontecimiento que no era ajeno a mí, y que provocaba el derrumbe de la antigua sociedad cubana, el triunfo, la victoria rotunda de la Revolución. Un hecho inédito en la historia de América Latina”.

“En agosto de 1959 ingresé en el gran palacio de los Capitanes Generales. Tenía apenas 16 años cuando un anciano me dio la bienvenida y me preguntó cuáles eran mis atribuciones intelectuales. Le respondí que no tenía prácticamente ninguna. La primera señal fue la educación obrero campesina, la cual culminé unos días antes de comenzar en gran proceso de la alfabetización, al cual me sumé en los barrios periféricos más pobres y miserables de La Habana. Allí, sin embargo, personas maravillosas me acogieron y sentí el grato placer de trasmitir mis modestos conocimientos a un anciano y a otros más que pudieron asistir al magnífico acto en la Plaza de la Revolución.

Pero, ¿qué pude haber hecho de mérito?, se preguntó Leal en su oratoria de agradecimiento. “Primero ―dijo― recuperar fuentes. La oficina había perdido todos sus libros, todos sus papeles. Hoy tiene un yacimiento cultural, patriótico y cubano de decenas de miles de ejemplares.  Hoy la biblioteca Francisco González del Valle está entre las más importantes, junto a la de la Sociedad Económica de Amigos del País”.

Al responderse la misma interrogante, Eusebio Leal también hizo otras menciones. “Hoy nuestra fototeca, que no existía, pues todas las fotos de cubanos ilustres se fueron al archivo nacional, tiene más de 250 mil fotografías; además se escanean los documentos. Así ha sido creado un fondo educativo útil a los historiadores y a todos.

“Pero todo lo debo a mi tiempo y a la Revolución generosa. No vio ella mis defectos ni mis limitaciones, sino buscó cuanto podía ser útil en mí para hacer lo que he hecho. Caminé incansablemente por las calles conduciendo a miles y miles de trabajadores. Conduje a incontables reyes y jefes de estado. Les acompañé para mostrarles un proyecto que no existía, un palacio y una plaza. Hasta que un día se firmó el Decreto ley 143. Al menos se ha hecho un poco y me complace”, afirmó.

El Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas se otorga a los investigadores más destacados en el país en estos campos. Fundado en 1995 es concedido por el Instituto Cubano del Libro, el Instituto Cubano de Investigaciones Culturales Juan Marinello, el Ministerio de Cultura y el Consejo Superior de las Ciencias Sociales y Humanísticas, del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente; como testimonio de público reconocimiento a la obra de aquellos autores que enriquecen el legado de esta área del conocimiento, al desarrollo económico, social o cultural de la sociedad cubana y cuyos aportes han sido socializados mediante libros, publicaciones periódicas o la entrega de informes de investigación.

El homenajeado recibió el diploma (obra del artista de la plástica Ernesto García Peña) de manos de Abel Prieto, Ministro de Cultura, y de Juan Rodríguez Cabrera, presidente del Instituto Cubano del Libro. Los integrantes del jurado fueron Aisnara Perera Díaz, Juan Jesús Guanche Pérez, María Isabel Domínguez García, Lidia Turner Martí y Ana Cairo Ballester, quien fungió como presidenta.