Un pensamiento sonriente para Raúl Pomares

Creo en la música de las esferas. En ese orden pendular del universo cuya ars combinatoria no deja los días hermosos sin respuestas contrarias. A la caída de la tarde del lunes 19 de enero de 2015, pensaba en cuál sería la mala noticia de esa magnífica jornada matancera de intercambio intelectual y, sobre todo, amistad.

A primera hora, me habían regalado, por primera vez en mi vida, una bandera cubana, algo que había añorado tener por muchos años. Luego viajé a Matanzas para sumarme a los dramaturgos Sergio Blanco, Ulises Rodríguez Febles, Yerandy Fleites y Abel González Melo, al teórico José-Luis García Barrientos, al director Pedrito Franco y su tropa de El Portazo que, bajo el techo de la Casa de la Memoria Escénica, culminaban un par de apretados días de encuentros alrededor del teatro. Solo faltaba la función de Kassandra, del franco-uruguayo Sergio Blanco, en la asunción cubana de la actriz Giselle Sobrino dirigida por González Melo.



Raúl Pomares en El hombre de Maisinicú. Foto: cortesía de la revista Cine Cubano.
 

En pleno goce por las mágicas horas compartidas, fiel a mi filosofía sobre las idas y los regresos del péndulo, comencé a rumiar sobre qué no estaría saliendo bien en La Habana dejada atrás con tantas tareas logísticas en manos de mis compañeras de equipo. Pero la mala noticia fue peor. Me la trajo un titular del periódico Granma llegado al móvil: Raúl Pomares había muerto.

La noticia no fue una sorpresa porque me había mantenido al tanto de su larga agonía. Sí me causó el triste aturdimiento ante la constatación de la muerte de una persona admirada y querida. Y más adentro, la aflicción porque él no había recibido, durante el último tramo de su larga vida, los grandes reconocimientos que con toda justicia merecía.

A él no le importaron. Lo conocí bien y, en su fuero interno, fue una persona que posesiones y adulaciones no le interesaron. Fue un hombre natural, diáfano, popular como el teatro que concibió y practicó.

Fue figura esencial del teatro de relaciones, la reinvención del Cabildo Teatral Santiago sobre una antigua tradición arraigada en Santiago de Cuba desde los siglos coloniales hasta las últimas décadas de la República. Se equivocan quienes piensan que fue una mera extensión o rescate de aquella. Por el contrario, tomaron el carácter juglaresco del contador de historias en la calle, pero lo bombardearon con el saber y las técnicas de la vanguardia que el Conjunto Dramático de Oriente había conocido muy bien y convirtieron una tradición con material escénico en teatro. Pomares firmó obras, dirigió puestas y protagonizó espectáculos. Resultó el líder de esa manifestación, una de nuestras escasísimas escuelas, tendencias, estilos con sello propio, nuestro más nacional teatro callejero. Por desgracia, digámoslo sin ambages, mal conocido a conciencia por nuestro movimiento teatral y hasta menospreciado por los cultivadores de otras líneas. Y esta es la verdadera y más profunda razón por la cual no recibió el Premio Nacional de Teatro.

Y aunque no tuviera en cuenta los premios, estos son importantes más allá de las personas, legitiman la importancia, el valor de una obra realizada. Esa es la importancia que les doy, así que me lastima esa injusticia.

También pudo recibir, con largueza, el Premio Nacional de Cine. Su rostro nos acompaña en decenas de películas, tal vez unas 100, nada menos. Y se hizo familiar a los cubanos desde la televisión. En una telenovela que se transmite en la actualidad rinde un excelente trabajo actoral sin pronunciar palabra alguna.

La historia del teatro insular recogerá su aporte a la escena y la cultura santiagueras. Allí fue un fundador de los grupos arriba nombrados, aún de sus antecedentes y de múltiples iniciativas de gran trascendencia social. Entre ellos, junto a Joel James, del Festival del Caribe y en solitario del proyecto comunitario en medio de las montañas de la Sierra Maestra.

Yo lo tendré conmigo, además, como una de las personas que me hizo reír con mayor facilidad. Solo de verle traspasaba una impar simpatía. En estos días he compartido algunos de sus cuentos y anécdotas y place saber que, aun quienes no lo conocieron en persona, pueden reírse a carcajadas y conmoverse con sus historias. Será otra manera de existir. Y cada vez que, en días señalados, despliegue mi nueva bandera en el balcón dedicaré un pensamiento agradecido y sonriente a quien llevó esa enseña por dentro y por fuera.