Un mito incipiente

La historia de la literatura cubana ha dado un solo mito que es personaje: Cecilia Valdés, de la novela homónima de Cirilo Villaverde. Acaso Juana Borrero (1877-1896) hubiera sido el mito-escritor(a) si su muerte se hubiera dilatado en el tiempo.

Su figura ha provocado un caudal notable de estudios dedicados a su vida y obra, por lo intensa de la primera y lo relevante de la segunda, desarrollada en dos vertientes: su poesía y su epistolario privado, hecho público paulatinamente gracias a Fina García Marruz y María del Rosario Díaz.  

Su figura ha provocado un caudal notable de estudios dedicados a su vida y obra, por lo intensa de la primera y lo relevante de la segunda.Miembro de una familia de artistas ―su padre fue Esteban Borrero Echeverría, poeta, ensayista, narrador, a quien se debe una obra memorable: El ciervo encantado. Cuento prehistórico (1905), en la cual advierte, metafóricamente, de los peligros de la cercanía geográfica a los Estados Unidos―, era hermana de Dulce María Borrero, también poeta y activa defensora de los derechos de la mujer, además de educadora, y de Mercedes Borrero, que cultivó discretamente la pintura y contrajo matrimonio con un importante pintor: Ramón Loy. Por cierto, Juana tampoco fue ajena a esta manifestación y recibió clases de Dolores Desvernines; ingresó posteriormente, en 1886, en la Academia de Bellas Artes de San Alejandro, y recibió lecciones de Armando Menocal. Dejó algunos dibujos notables a pluma y varios lienzos, algunos de los cuales se exhiben en nuestro Museo Nacional de Bellas Artes. 


Pilluelos, pintura de Juana Borrero expuesta en el Museo Nacional de Bellas Artes.
Foto: Kike
 

Educada en las letras desde su infancia, su casa en Puentes Grandes era visitada frecuentemente por los más relevantes escritores de la época, entre ellos, Julián del Casal, por quien la entonces casi niña sintió una especial devoción que no pocos han visto como una especie de amor platónico y quien, de cierto modo, ejerció influencia en la poesía de la autora. Fina García Marruz calificó esta relación de “una amistad-idilio”, que quedó trunca por una desavenencia ocurrida entre ambos que los mantuvo alejados hasta el postrer aliento del poeta, ocurrido en 1893. Tal distanciamiento no impidió que  el también periodista Casal escribiera en La Habana Literaria, el 13 de julio de 1892:

Todas sus composiciones inéditas, ya las que duermen en el fondo de su memoria, como ramas de corales bajo las ondas marinas, ya las que oculta en sus estuches, como enjambre de luciérnagas vivas en vasos de cristal (porque esta niña, como verdadera artista, comprende la mezquindad de la gloria y repugna la ostentación de sus sentimientos), están humedecidas por ese relente de tristeza que se aspira en las estrofas que acabo de copiar. A través de esas composiciones, el alma de la niña parece un botón de rosa amortajado en un crespón, un ramo de violetas agonizante entre la nieve, un disco de estrella sumergido en un lago turbio. Las que irradian fulgores esplendorosos son aquellas en que revela su gran talento de artista, bosquejando un paisaje, como los de Sanz, verdaderamente ideal, o cincelando una estatua que, por el soplo de vida que las anima, parecen sustraídas del taller de un Rodin. (...)

Sí pudo disfrutar del amor de otro lírico notable, Carlos Pío Uhrbach, a pesar de la oposición de su padre. Entre ellos hubo una copiosa correspondencia recogida en su Epistolario (1966-1967), enriquecido posteriormente con otras cartas reunidas bajo el título Espíritu de estrellas. Nuevas cartas de amor de Juana Borrero (1997). Carlos Pío cayó en la manigua insurrecta en 1897.


Foto: Tomada de Internet
 

En 1892 viajó con su padre a Nueva York, donde conoció a José Martí, quien, se afirma, ofreció una velada en su honor en el Chickering Hall. En Washington recibió nuevamente clases de pintura, esta vez guiada por el pintor Mac Donald. Regresó a Cuba al año siguiente y colaboró en revistas como La Habana Elegante, El Fígaro y Gris y Azul. Fue incluida en la antología Grupo de familia, poesías de los Borrero (1895). Su padre, muy comprometido con la insurrección que había estallado en febrero de 1895, emigró ese año con su familia a Cayo Hueso, donde Juana murió el 9 de marzo de 1896 víctima de tisis. Poco antes, aún en Cuba, había aparecido su libro Rimas, con prólogo de Conde Kostia (Aniceto Valdivia), donde quedaron expresadas sus emociones de ingénita melancolía propia de su temperamento:

La corta parábola de su lírica ha legado a nuestra poesía el ejemplo breve, pero extraordinario, de un ser hecho para la pasión y la poesía.¿Quieres sondear la noche de mi espíritu?
allá en el fondo oscuro de mi alma
hay un lugar donde jamás penetras
a clara luz del sol de la esperanza.

Pero no me preguntas lo que duerme
bajo el sudario de la sombra muda…
¡Detente allí. Junto al abismo, y llora
como se llora al borde de la tumba.

(“Intima”)

Ese tono nostálgico de su poesía, propio de su carácter y advertible en composiciones suyas antes de que Casal, el poeta de Nieve, fuera presencia en su vida, se acentúa al trabar conocimiento ambos. Este acercamiento favoreció su percepción estética y contribuyó a que su lenguaje se despojara de los vicios románticos hasta comulgar con algunas de las características de nuestro modernismo literario, movimiento al que siempre ha sido adscrita, junto a Casal, los hermanos Urhbach y Bonifacio Byrne. Aquel contacto provocó también el tratamiento de otros temas, pero, como se ha afirmado, “no se produjo una transformación medular del estilo de Juana Borrero al contacto con la obra de Julián del Casal”. Tal aire casaliano puede advertirse en “Las hijas de Ran”:

Envueltas entre espumas diamantinas
Que salpican sus cuerpos sonrosados
Por los rayos del sol iluminados,
Surgen del mar en grupo las ondinas.

Cubriendo sus espaldas peregrinas
Descienden los cabellos destrenzados,
Y al rumor de las olas van mezclados
Los ecos de sus risas argentinas.

Así viven contentas y dichosas
Entre el cielo y el mar, regocijadas,
Ignorando tal vez que son hermosas,
Y que las olas, entre sí rivales,
Se entrechocan de espuma coronadas
Por estrechar sus formas virginales.

Ese modo de expresión, sin embargo, no era el propio de su íntima necesidad de expansionarse espiritualmente, porque quizá el mayor rasgo de la poética de Juana Borrero ―presente, además de en su poesía, en sus cartas― sea la pasión desbordada, excitante, resumida en palabras suyas a Carlos Pío Urhbach: “¡Tengo una sed inmensa de sacrificarme en algo”!, y que late en un poema como “Última rima”, clara expresión de ese volcán alumbrado que llevaba dentro:

Yo he soñado en mis lúgubres noches,
en mis noches tristes de penas y lágrimas,
con un beso de amor imposible,
sin sed y sin fuego, sin fiebre y sin ansias.

Yo no quiero el deleite que enerva,
el deleite jadeante que abrasa,
y me causan hastío infinito
los labios sensuales que besan y manchan.

¡Oh, mi amado! ¡mi amado imposible!
mi novio soñado de dulce mirada,
cuando tú con tus labios me beses
bésame sin fuego, sin fiebre y sin ansias.

Dame el beso soñado en mis noches,
en mis noches tristes de penas y lágrimas,
que me deje una estrella en los labios
y un tenue perfume de nardo en el alma!

Fina García Marruz, en memorable síntesis de Juana Borrero artista, ha señalado: “Más que decir que Juana fue un caso de precocidad artística singular, diríamos que ella representa, prescindiendo de los frutos ulteriores que pudo habernos dado, la poesía de la anticipación. Lo suyo es esa presencia del misterio, esa calidad de víspera, de umbral, de joven, como la ve Darío, que está frente a una puerta enigmática”.

Este poeta nicaragüense, al escribir para el periódico bonaerense La Nación una nota necrológica poco después del fallecimiento de Juana, la valoró así:

Hay en ella sonetos admirables, a lo Casal, llenos de un sensualismo místico, extrañísimo, en el cual quizá encontraríamos la influencia del poeta de Nieve, tan celebrado por su maestro Verlaine, y por el poderoso Huysmans.

¡Pobre y adorable soñadora que ya no es más de este mundo! ¡Flores para la flor! ¡Bien resonarían para ella las palabras que lamentaron la muerte de la dulce Ofelia!

Yo saludo a la virgen que asciende a un balcón del Paraíso, en donde estará como la amada de Rossetti o la Rowena de Poe; mas es más hondo mi lamento si considero que ese ser especial ha desaparecido sin conocer el divino y terrible secreto del amor...

Mujer y artista, la corta parábola de su lírica ha legado a nuestra poesía el ejemplo breve, pero extraordinario, de un ser hecho para la pasión y la poesía, encarnación de que, cito a Augier, “no fue un triunfo, pero fue un impulso; no fue una realización absoluta, pero sí un esquema admirable”.