Un mejor teatro en las montañas guantanameras

El último trimestre del 2016, trajo para los guantanameros dos golpes muy fuertes; primero, el embate del huracán Matthew, que azotó los municipios del este de la provincia más oriental del país; segundo, el dolor dejado a todos los hijos de esta Isla por la pérdida física del Líder Histórico de la Revolución, nuestro Comandante. Fue el mismo Fidel Castro quien inspiró, hace 27 años, a los actores del Teatro Guiñol de Guantánamo a empacar sus muñecos para partir a las serranías de los poblados más montañosos de la provincia, tras las carencias impuestas por el Período Especial, que afectó todas las esferas de nuestra economía y, por supuesto la cultura. Así nace, el 28 de enero de 1991, como homenaje al Apóstol de la independencia cubana José Martí, la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa. A 27 años de aquel acontecimiento, nuevamente, mochila al hombro, parte desde el parque Martí de la ciudad del Guaso, una vez más, la Cruzada Teatral.


Foto:  Abel Carmenate


En los primeros años, los actores iban en busca de un público desconocedor del arte teatral, solo llevaban la voz y el cuerpo para contar las historias. El montaje se realizaba pocos días antes de la partida para los espectáculos nocturnos que se ofrecían en las comunidades más habitadas de los municipios Guantánamo, Yateras, San Antonio del Sur, Imías, Maisí y Baracoa. Las funciones diurnas se daban en las pequeñas escuelas rurales ubicadas al margen del camino, con las mismas obras que el Grupo Guiñol de Guantánamo ofrecía en las escuelas y parques de la ciudad, caracterizadas por la ausencia de luces, audio y escenografía, elementos de los que también carecían los espectáculos de la noche. Es necesario recordar que los actores-cruzados hacían a pie el recorrido entre las distantes y dispersas comunidades de la serranía guantanamera, donde el 75 % de su territorio está compuesto por elevaciones del grupo montañoso Sagua-Nipe-Baracoa.

Con el objetivo de llevar el teatro a las comunidades más intrincadas de nuestra geografía, así como influir en el gusto estético de los pobladores de las montañas, el rudimentario teatro fue pasando de una opción a una necesidad de los campesinos. Por una parte, era lo único que tenían y, aunque fuera una vez al año, lo esperaban con ansiedad; por otra parte, disfrutaban de las farsas y comedias que, a través de las improvisaciones y peripecias de los personajes hacían reír hasta los más serios y respetados señores de las comunidades visitadas.

Luego de muchas transformaciones, el teatro sigue siendo una necesidad de aquellos que decidieron, por múltiples razones, habitar las montañas guantanameras.

Con el paso de los años y después de no pocos tropiezos, las condiciones de los actores que, contra la corriente del embravecido río de la burocracia provinciana, partían a las montañas a cumplir su función social, fue cambiando. Dejamos de dormir sobre frazadas en el suelo, para hacerlo sobre colchones de espuma de goma, luego de ganar el Premio de Cultura Comunitaria; un camión sustituyó a los mulos que cargaban la comida y tiendas de campaña, caminábamos menos. Pero…, con estas nuevas condiciones se llegaron a más y lejanos asentamientos, y fuimos, poco a poco, descubriendo el ansia de disfrute y la necesidad del esparcimiento sano de los habitantes de lugares que nunca habían visto una obra de teatro. Algunos niños corrían de miedo al ver, sobre la barandilla de un retablo, un títere hablando con otro los bocadillos de un texto teatral, de allí, la famosa frase de los cruzados “A mí nadie me jode, a ese muñequito lo están moviendo por atrás”, parlamento real que fuera dicho por un campesino en el año 1997, en Patana, municipio Maisí, mientas disfrutaba de La calle de los fantasmas, obra de Javier Villafañe, interpretada por el Guiñol de Guantánamo.

Luego de muchas transformaciones, el teatro sigue siendo una necesidad de aquellos que decidieron, por múltiples razones, habitar las montañas guantanameras. Claro, a 27 años, no podemos continuar recorriendo las comunidades con un teatro arcaico y falto de los elementos necesarios para que el público descubra cuan rico es el mundo de la escena, que existen otros géneros que cumplen las funciones del teatro como formadora de nuevos individuos, más cultos e inteligentes. Sabemos que tendremos nuevos retos como actores, ya que la creación artística no se puede recoger en planes de producción ni documentos fríos que, guardados en un archivo, son desempolvados a final de año para encontrar un culpable al incumplimiento de las normas trazadas.


Foto: Abel Carmenate


Hasta el momento la labor de actores y directores teatrales ha estado marcada por las condiciones de la cruzada para su creación artística, pero se hace necesario salir de este encasillamiento. Para ello tenemos dos opciones: Uno, nos convertimos en actores de cruzada permanente, carentes de recursos, que presentan una obra incompleta y mutilada ante un público que cada año exige más y mejores propuestas teatrales; dos, incorporamos a la cruzada las obras que, utilizando los recursos escénicos necesarios, llegan a las comunidades con interesantes y novedosas propuestas. Creemos necesario equipar las obras con  el aparataje técnico requerido para que ganen en calidad las puestas en escena y así el disfrute del público sea mayor, al descubrir cuan amplio y enriquecedor puede ser el teatro, y que su mensaje sea más claro y directo, además de ver todo lo esplendoroso sin que se sientan minimizados ante las constantes promociones televisivas de las propuestas en los grandes y lujosos teatros capitalinos.

Sé que es difícil, pero no imposible, nuestro público más fiel, quiere y pide un mejor teatro y nosotros queremos dárselo, lo merece, pero las limitaciones nos impiden hacer ese regalo anual a los que, desde las montañas, contribuyen a la economía agraria de nuestro país. Es una necesidad social, si tenemos en cuenta que el éxodo del campo a la ciudad aumenta cada año y uno de los factores que inciden es precisamente el poco o nulo desarrollo cultural que las instituciones competentes dan a los habitantes de la serranía. Unas veces por el poco apoyo gubernamental, otras por el desinterés hacia el prójimo.  

Es una necesidad social, si tenemos en cuenta que el éxodo del campo a la ciudad aumenta cada año.

No es noticia que las nuevas tecnologías están invadiendo a pasos agigantados a toda la sociedad. No es de extrañar que, en cualquiera de las comunidades que visita la Cruzada Teatral cada año, se graben las funciones con sofisticados celulares y hasta suban a Facebook las fotos de los actores en escena. Todo el que tenga acceso a esas imágenes estará viendo a través de las redes sociales los empobrecidos y descoloridos vestuarios, la falta de iluminación, la ausencia de escenografía, la carencia de un sonido adecuado para los cientos y hasta miles de espectadores que en los lugares visitados prefieren salir a disfrutar de las propuestas teatrales, de uno de los más antiguos proyectos comunitarios de nuestro país.


Foto: Yoan Rodríguez


A través de estas 27 ediciones de la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa, varias generaciones de actores guantanameros se han ido sumando a la quijotesca experiencia, es muy importante para un actor su desarrollo, la Cruzada se ha convertido en esa escuela que exige más y más del actor debido a las disímiles condiciones a las que se enfrenta para realizar su trabajo. No pocos colectivos nacionales y extranjeros se impresionan ante la hazaña de convencer a una tropa artística para que desarrolle su teatro en función de los que más lo necesitan, tampoco creo que sea una obligación para ninguno de nosotros, es, más bien, una cuestión de conciencia. Ya nuestro José Martí, habló de la utilidad de la virtud en el siglo XIX. Hoy, cuando ya comienzan los preparativos de la edición 28ª de La Cruzada Teatral, apelemos a la conciencia de los decisores, golpeemos los burós para los que se sientan en cómodas sillas detrás de ellos abracen esta invitación que lleve mejor condición de vida a los campesinos guantanameros.

Este año participaron en la Cruzada cuatro grupos extranjeros, 5 colectivos guantanameros y 4 del resto del país. Se visitaron 207 comunidades y se ofrecieron 266 funciones con un total de 60 115 espectadores. A veces, las cifras se dejan ver frías, eso es cuando no contribuimos con ellas. Cuando cada día te levantas a las 6 a.m., recoges tu colchón y te montas en un camión, te bajas en una comunidad, después de haber puesto tu vida en peligro por lo agreste de la geografía y las malas condiciones de los caminos y luego eres recibido por niños que baten sus pañoletas azules y rojas al aire para darte la bienvenida con cantos y bailes; cuando ves que la risa y el gozo de los infantes que apenas te dejan continuar el diseño de la obra, entonces las cifras son tan calientes que te queman. Asimismo quema el pesar cuando no puedes llegar a una comunidad distante por la falta de un transporte de montaña y el desinterés de  “algunos” y los niños se quedan esperando a que su dosis anual de teatro les llegue…,  quizás, para el año que viene.

No quiero, con estas reflexiones, encontrar culpables, menos canonizar a los que hacemos la Cruzada, solo quiero que empuñemos la espada y el escudo que protege nuestra cultura de la fuerte globalización a la que hoy se enfrenta con verdaderos deseos de hacerla universal. Para ello tendremos que, primero hacerla local y nacional, que lleguemos con nuestro arte a cada comunidad y que los habitantes de esos lugares sientan que nos importan, que son nuestra razón de ser. Por ellos, no importan los sacrificios, y sí el deseo de que reciban cada año, un producto artístico sin recortes ni limitaciones. Cuando lo logremos, los habitantes de las comunidades intrincadas de la serranía guantanamera lo agradecerán mucho más que hace 27 años, cuando un grupo de teatreros soñadores abandonaron sus cómodas condiciones hogareñas para llevar la felicidad a su público.