Un maestro de la escena cubana

Hay intelectuales que escriben teatro y logran buenas obras; hay  dramaturgos que escriben teatro y logran excelentes obras; y hay poetas dramáticos que escriben teatro y logran obras señeras. Los primeros intentan copiar los tintes de su realidad, los segundos alcanzan a reflejar algunos de los condicionamientos de su época, y los terceros asumen al teatro como un espacio imaginario para la interpretación reflexiva y lúdica de lo sensible de la realidad.


Foto: Cortesía Alina Morante


Eugenio Hernández Espinosa es uno de esos dos o tres creadores de mi generación, viva, con cuya obra puede blasonarse la dramaturgia cubana contemporánea. Poeta dramático por excelencia, ha sabido recoger el habla popular y, con su ingenio y talento, convertirlo en un arma para desentrañar la sensibilidad de grandes sectores de nuestra población que han padecido, históricamente, del menosprecio y la discriminación por las élites culturales.

Ya desde el mítico Seminario de Dramaturgia del CNC (1961-1964), sus textos denotaban una capacidad para dejarnos percibir en ellos cómo podía construir dramas de una intensidad poco común, que caracterizaba a sus personajes y a los conflictos de un hálito; que trascendían la mera reproducción de las circunstancias para develarnos peculiaridades, síntomas y concepciones que abarcaban a toda la condición humana.

Sus personajes, luego de presenciarlos en la lectura o la escena, van a acompañarnos  siempre, por la capacidad que muestran de oponerse a todo lo que intente reprimirlos o circunscribirlos a la derrota.

Sus personajes, luego de presenciarlos en la lectura o la escena, van a acompañarnos  siempre, por la capacidad que muestran de oponerse a todo lo que intente reprimirlos o circunscribirlos a la derrota; ellos se resisten a ser perdedores, pese a que esto pueda llevarlos a su destrucción física. Es este espíritu indomable y transgresor el que logra conmovernos en María Antonia, Mi socio Manolo y Calixta Comité, tres de las más grandes tragedias del teatro cubano de todos los tiempos.

Pero su escena no se reduce a estos hitos; la mordacidad, el humor y la ironía, latentes en toda su obra, se señorean en Lagarto pisabonito, Emelina Cundeamor, Chita no come maní, entre otras piezas, para, sin ceder en sus postulados, hacernos reconocer, con regocijo, los cimientos de nuestra cultura popular tradicional, en la que se fundamenta.

Nacido en el populoso barrio del Cerro, criado bajo conceptos cristianos y desde adolescente formado por criterios de izquierda, este vital ser, este  hombre de teatro, este maestro que tanto ha aportado a sus raíces, se niega a no responder al reto de la hoja en blanco, de la realidad presente y de sus sueños, para asombrarnos con su próxima obra, que comenzará a escribir a partir de los 80, que este año cumple. ¡Enhorabuena!

¡Muchos más cumpla, maestro de la escena; deslúmbrenos con el vigor de su nueva obra!