Un lápiz entre los dedos

El pasado domingo 22 de enero, Día del Teatro Cubano, amanecimos con la triste noticia de la muerte de Amado del Pino. Graduado de la primera promoción de Teatrología del Instituto Superior de Arte, siempre hablaba de sus colegas de aula como si estuviera aún en tercer año de la carrera: Bárbara Rivero, Osvaldo Cano eran los muchachos. Los chistes de su época de estudiante nos entretenían, y nos asombraba su memoria propia de Funes. Mencionaba nombres, episodios, momentos espléndidos de gracia.

Lo conocí en pleno Periodo Especial. Corría el año 1993 y yo había decidido hacer mi tesis de licenciatura de Periodismo sobre crítica teatral en las publicaciones. Su amigo y también periodista y crítico, Wilfredo Cancio Isla, uno de los mejores profesores en la Facultad, era nuestro tutor. Durante ese periodo, Cancio comenzó a vivir en los Estados Unidos y quedamos al amparo de Amado, coautor junto con el primero de un libro, hasta donde sé, inédito en Cuba, que recorre la crítica teatral y el periodismo cultural dedicado al teatro, desde 1950 hasta entrados los noventas.
 


 

A partir de ese momento, comenzó una relación particular entre nosotros. Nos contradecíamos por cualquier cosa, siempre nos ripostábamos uno al otro. Su papel de tutor, debo confesar, no fue el mejor, porque Amado, que dominaba la historia de la crítica y el teatro cubanos como pocos, no le interesaba ese rol de académico. Nunca le vino bien. En aquellos duros años lo menos que le podía importar a Amado era tal  responsabilidad. Le habían endilgado una tarea en un momento de su vida tan duro como el que estaba atravesando Cuba. Fue Tania Cordero, mi compañera en la carrera, quien lo salvó y me reconcilió con él. Su enorme amor, cuidados y devoción lo rescataron y devolvieron dignamente.

Me llamaba La Polaca. Sabía de mi estancia en Varsovia durante mis estudios preuniversitarios, experiencia que compartía con Tania, quien había vivido junto a su familia en la extinta Unión Soviética. Pero a Tania no le decía La Rusa, sino Su Negra, su Nene. A mí me gustaba que me llamara así. Creo que solo él lo hacía, al igual que Jaime Sarusky era el único que me decía La Flaca, cuando yo era un hilo de estambre.

Recuerdo su paso por Juventud Rebelde, por CMBF, donde Tania leía sus artículos ante el micrófono porque su atropellamiento lo imposibilitaba a hacerlo. Esto último se hizo una práctica, y en los eventos teatrales, Tania era la locutora de sus ponencias y conferencias. Agradecimos a su compañera el gesto tan modesto. Tania, excelente periodista y crítica de danza, ponía su voz sin ningún resquemor. Ella era más que la voz de Amado, eso lo sabíamos muy bien.

El timbre y tono de voz de Amado eran chirriosos, apenas legibles, tenía un acento esencial que quiero atribuir a Tamarindo, su pueblo de origen. Algunos, de varias generaciones, lo han imitado imaginando el cubo de frijoles negros en la secuencia de Clandestinos. Su ronquera particular estaba reservada para las largas conversaciones informales, para el comentario irónico y punzante, a veces pasado de tono que Tania, siempre Tania, reprobaba con un codazo o le decía, “Nene”, y él recuperaba cierta compostura, pero mascullando, como cuando a un niño lo regañan. Porque Amado era un niño grande: alucinado, cariñosito, llamando la atención. Vi muchas escenas donde le rogaba a Tania un favor, un capricho en una pose infantil, reclamando aprobación.

Junto con la producción dramática y la crítica teatral, Amado cultivó  el periodismo. Una vez me dijo que yo había hecho el viaje a la inversa, como Rosa Ileana Boudet, que estudió Periodismo para luego dedicarse al teatro. Creo que en su caso, más que todo, le fascinaba la narración, cocinar una historia, ya fuera en una crónica, en una pieza de teatro o en un cuento al paso. Era un contador de historias y tenía, además, el talento del ojo crítico, más allá de gustos  y preferencias.

Muchas veces no coincidimos en nuestras elecciones teatrales, pero, escogencias aparte, podía asegurar que él atrapaba sentidos, gestos, mínimos detalles que a otros se les iban de las manos.  

Sus crónicas recientes en Cuba Contemporánea lo colocaron en las lecturas inmediatas del aquí y el ahora. Desde España, sus colaboraciones cruzaban el Atlántico y se posaban en el cotidiano nuestro. No se dejó vencer y se mantuvo firme, como un periodista activo en la prensa nacional. Igualmente, jamás renunció a su membresía en la Sección de Crítica de la Asociación de Artistas Escénicos de la Uneac. Y si coincidía una visita suya con una reunión de la Sección, se aparecía cumpliendo la agenda.

Antes de morir, dejó resueltas un par de cosas. Pidió que sus socios, Omar Valiño, Osvaldo Cano o Ulises Rodríguez Febles, se ocuparan del obituario. Logró terminar un libro quizá con la conciencia de que sería el último. Y el azar le puso una fecha inolvidable a su muerte, el Día del Teatro Cubano.

Un buen tipo, nada perfecto pero legal, dirían sus socios. Estoy segura de que él se asombraría al leerme. Le diría a Tania, “Nene, mira lo que dice La Polaca”. Se lo diría sonriendo, con un mocho de lápiz entre los dedos y una mano enrolando el pelo sobre la frente.