Un hilo de papalote

Niños y jóvenes cubanos, nacidos bajo el bloqueo, que no conocen otra realidad, se reunieron el sábado 18 de febrero en el contexto de la Feria Internacional del Libro de La Habana. En el escenario de la loma que se levanta frente al Morro se celebró una fiesta de alegría en un océano de sol, donde el azul del cielo no se podía distinguir del azul del mar. Papalotes en vuelo se libraron como un arcoíris por un sueño de libertad, donde música, sol y aire salobre propiciaron un ambiente de felicidad, a costo cero. Ante mis ojos desfilaba una fiesta de ritmos y sonrisas, motivada por una injusticia que hace llorar. Pero estos niños no lloraban, simplemente defendían sus derechos mediante el baile, la música, el papalote y la conciencia de ser libres.


Foto: Sonia Almaguer


Fue entonces que una serie de contrastes vinieron a mi mente, como perlas de un mismo collar, presas todas de potentes dicotomías: la ligereza de las sonrisas inocentes de estos niños jugando con los papalotes y la gravedad de la razón que los llevó hasta allí. La levedad del viento y la pesada condición económica que su país padece. La alegría de la fiesta y la firmeza de esta tierra, que cada día se enfrenta a ese aislamiento que el bloqueo pretende imponer, privándola de conseguir transacciones comerciales ventajosas más allá del mar.

Así, los niños corriendo entrelazaban los hilos de sus juegos y una trama de líneas blancas fragmentó el cielo, en un enredo de hilos como vidas. Vidas de un pueblo que este bloqueo divide, familias que se separan por la necesidad de emigrar en busca de una mejor perspectiva de vida; padres e hijos que se miran, de una costa a la otra, a través de la pantalla de un teléfono, con el sueño de reunirse un día, en su tierra, en condiciones más favorables.

Debe ser por eso que aquel día, en una maravillosa mañana de febrero, mirando el sol, el mar y la espléndida ciudad de La Habana frente al Morro; vi en aquellos papalotes los hilos de tantas vidas distantes, que sin embargo no han perdido la esperanza de volver a casa y reencontrarse con esas raíces alas que permanecen ligados, inevitablemente y por siempre, así sea mediante una fina cuerda, un hilo de papalote.