Un grande de la escena cubana

Conocí a Raúl Pomares en el año 1976 en pleno corazón de la Sierra Maestra.  Hasta allí llegaron él, Carlón Padrón, Héctor Hechemendía y todo el grupo que bajo su dirección se hacía llamar Teatro de Relaciones.  Andaban en una gira por la sierra con el espectáculo El macho y el guanajo de José Soler Puig, dirigido si mal no recuerdo por Ramiro Herrera.

Llegaron abochornados porque tres loquitos de La Habana habían decidido abandonar las comodidades de sus salas de teatro para emprender una labor pedagógica entre jóvenes campesinos de la sierra en una utópica escuela de teatro. Abochornados porque ellos consideraban, y así nos lo hicieron saber, que tendrían que ser los que emprendieran esa tarea, por cuestiones de cercanía geográfica, y sin embargo no lo hacían. Pero preocupados también porque desconocían hasta donde esos tres loquitos harían bien o mal a pesar de sus buenas intenciones.  Al final dijeron, sí puede ser. Con esos tres loquitos puede ser.


Pomares en Retrato de Teresa, junto a la actriz Daisy Granados
Foto: cortesía de la revista Cine Cubano

Pero no importa que no fueran ellos.  Así se lo hicimos saber.  Estaban enfrascados en algo mucho más importante,  el Teatro de Relaciones.

Por supuesto que yo conocía a Pomares desde la década del 60.  Pero él no me conocía a mí. Lo recuerdo en una memorable función de la obra Escuela de automóviles, creo que de Arrabal en el Palacio de Bellas Artes. Era la época en que el teatro como toda Cuba era una fiesta además de París.  Se hizo un debate sobre la puesta que ya anunciaba el papel que jugaría Pomares en el teatro de la zona oriental del país. Allí estaba el antecedente del Teatro de Relaciones.

Cuando se despidieron, allá en la Sierra Maestra, me echó una nota en el bolsillo que decía: “En Santiago me sobra una cama con un cuarto”. Era  quizá la forma de limpiarse ante mí, porque consideraba que yo estaba haciendo el papel que les correspondía.  Pero después descubrió que yo nací en Campechuela en la zona oriental y comenzó a entender.

Fui entonces  visita habitual los fines de semana a su casa en el reparto Sueño.  Allí en época muy dura compartían su desayuno, su almuerzo y sus comidas.   Allí me sentí acompañado.  Conocí a Belkis, la bella pedagoga, a Odesa, a Santiaguito.  Y allí fui testigo de la monumental obra que fue el Teatro de Relaciones en Santiago de Cuba tan olvidada hoy, como tan olvidado es él mismo.

Estuve en sus talleres, sus funciones, sus ensayos. Me moví con ellos.  Me hicieron conocer cada rincón de su amada ciudad.

Y fui testigo de la excepcionalidad teatral que allí ocurría. Santiago era un hervidero gracias a ellos.

Lo conocí a fondo.  Como conocí a Belkis.

Su carácter campechano en mucho ha contribuido a que se olvide su enorme aporte al teatro y a la cultura cubana en la Revolución.  Muchos ni lo saben.  Para decirlo en buen cubano: Pomares no estaba en nada.

En cuanta tribuna hubo decía a todos que se nos iba a ir un Premio Nacional de Teatro tan olvidado que ni siquiera era nominado. Él lo sabía y me decía que no perdiera el tiempo.

En fin. Se ha ido silenciosamente un grande de la escena cubana.  Pero el tiempo lo redimensionará.

Hermano Pomares, en estas líneas precipitadas y sin revisar, me postro a tus pies, hombre de teatro sobre todo, grande entre los grandes.