Un fusil que sobresale de la sombra

Agradezco la invitación de Norberto Codina para esta presentación, y en especial a Esther Pérez, quien aparece como editora invitada de este número. Esther, que en los últimos tiempos nos acompaña sistemáticamente en los encuentros de la Cátedra Antonio Gramsci del Instituto Marinello y a quien, mis compañeros y yo, insistimos en ver como la excepcional editora, educadora, pensadora y persona que es.

Estamos ante un excelente número de La Gaceta, que agrupa varios trabajos que darían —individualmente— para los 15 minutos que usualmente se dedican a hablar de la entrega completa. Por eso me ahorro comentarios generales que aludan a los 55 años de la publicación y comienzo esta tarea de presentador, que considero me supera.
 


 

El eje del número —junto a otras secciones que pudieran decirse habituales— se encuentra en un dossier dedicado a Fernando Martínez Heredia. En su introducción se refiere a la obra de Fernando como “una de las más coherentes, intensas y originales generadas en la Isla de 1959 a la fecha”. Con el título Pensar y hacer la Revolución no se trata de un pastiche de textos desconectados y grandilocuentes, todo lo contrario, es un dossier-diálogo colectivo en el que Martínez Heredia participa con sus textos y lo que se escribe de él.

Ya el nombre da para polémica: pensar y hacer la Revolución. Esa conjunción puede dar la engañosa idea de una relación causa y efecto: pensar la Revolución y luego hacerla. Afortunadamente, aunque se expresa en todos los trabajos, los de Magdiel Sánchez Quiroz y Pedro Pablo Rodríguez lo resuelven explícitamente. Dice el joven mexicano, recientemente ganador del Premio de ensayos “Haydée Santamaría” con una versión más extensa de lo que publica La Gaceta, “Pensar y hacer la revolución constituye, como síntesis, el caminar de FMH. En esa unidad se entreteje su práctica política local e internacionalista”. Por su parte, Pedro Pablo lo resume en unas líneas: “Si alguien en el campo intelectual cubano ha demostrado con su quehacer que para hacer la revolución esta ha de pensarse y repensarse una y otra vez, y que ese pensamiento requiere del ejercicio práctico de la revolución, ese es Fernando Martínez Heredia”.

Se ha insistido en la capacidad de Fernando para conectar con la gente joven. Cuando era joven —ajustándonos al criterio biológico— lo hizo con sus coetáneos, y ya luego con los que se han dado en llamar “sus discípulos”, un término terrible si se piensa desde una educación bancaria y vertical de la que no fue parte y rechazó. Esa capacidad de conectar, o diría más, de encantar, se visibiliza en este número. Desde su compañero de siempre Aurelio Alonso (La Habana, 1939) hasta la joven investigadora Rosario Alfonso (La Habana, 1988), la edad de quienes escriben parece relativizar esa mitad de siglo que media entre Aurelio y Rosario.

Incluso en un ejercicio “formal” es difícil despegarse de la cotidianidad con Fernando. En sus funciones de director del instituto Juan Marinello cuando quería “dar” y/o que te compraras una tarea, destacar algo que “hicimos bien” o azuzar un desacuerdo decía a los más jóvenes: “Niño, eres el anuncio de los tiempos que vendrán”. Pues este número de La Gaceta trae, en materia editorial y de futuro, varias anunciaciones. Así por ejemplo, se publican del propio Fernando Martínez El mundo en el que nació Carlos Enrique Marx y algunas cuestiones de método, los primeros epígrafes de un libro resultado del curso que impartió en 2015 a jóvenes —y no tanto— del Marinello, FLACSO-Cuba, profesores y estudiantes de las universidades de La Habana, Oriente y de Ciencias Informáticas, docentes de la Escuela Superior del Partido, entre otros; y El Che en la Casa de Las Américas, prólogo al libro del fondo editorial de Casa De/sobre Ernesto Che Guevara en proceso de publicación. A ellos se suman el mencionado trabajo de Magdiel Sánchez y los pasajes del libro Habitaciones oscuras de Rebeca Chávez, al que me referiré más adelante.

Debe entenderse la imposibilidad de referenciar todos los textos de este número, pido adelantadas disculpas por las omisiones. Sería más conveniente hablar de algunas líneas generales y comunes.

Parece una preocupación colectiva la insistencia en poner a hablar a la gente común, lo que se diría “la gente del pueblo” sobre y desde la revolución. Así ocurre a partir de los seis cuentos de Fernando que inician la revista (solo uno de ellos publicado antes). En narraciones cortas empiezan a asaltarnos las canciones antiguas que tararea una tía, liberales alzados y conservadores, guardias rurales, combatientes de las gestas independentistas que no llegaron a generales hasta ese Emilio Vapalpueblo que se mueve de la fragua al torno, del taller a la discusión, del martillo a la lectura del periódico Hoy, para rematar con frases demoledoras como “Por él sé que existe ‘mecánico popular’, y que no toda la sabiduría va a las aulas” o “Yo me pregunto de cuántas historias está hecha la Historia”. Después, el propio Fernando complejiza el asunto al recordarnos que el joven Marx “quería poner su talento personal en una relación íntima y nueva con el genio del pueblo” y que “Siglo y cuarto después, en Cuba nació una revolución socialista de liberación nacional desde la conjunción y los combates de una vanguardia política y ‘el ingenuo suelo popular’” (esta última, frase del propio hombre de Treveris).

Pero decía que esta insistencia es una preocupación colectiva. A propósito, dicen Oscar Zanetti en su trabajo El intrusismo historiográfico de Fernando que en su obra tiene especial relevancia “la cuestión del papel desempeñado por el sujeto popular en nuestra evolución nacional” y Julio César Guanche en La fuerza de Fernando, que este se situó “en una posición ventajosa para comprender las múltiples dimensiones sociales de la política, para visibilizar al pueblo, y para hacer algo tan importante como difícil de entender: identificar cómo gana y cómo pierde la ‘gente común’  dentro de un proceso determinado”.

Las preocupaciones y temas tratados por Fernando se ventilan en todos los trabajos del dossier, y hacen que debamos enfrentarnos a los textos a golpe de emboscada: a cada paso, a cada frase, nos asalta uno nuevo o se amplía otro.

Quisiera particularizar en algunos textos, por la manera en que nos hablan hoy. En el mencionado El mundo en el que nació Carlos Enrique Marx… de Fernando, el autor se bate con la importancia de analizar las realidades en las cuales se “produce” el pensamiento, y considera en esas realidades no solo el elemento “material”; habla de examinar “por una parte, el medio social y el decurso histórico, la formación, las motivaciones y las pertenencias ideológicas de los autores; por otra, la producción misma de conceptos y conocimientos sociales en función de sus concreciones sociales e históricas”. Esto forma parte de una preocupación dominante de Fernando: ver los marxismos y los socialismos desde su historia, que no se inicia —a la manera más simple— con Marx y “El socialismo”. Más adelante, como un mazazo, nos dice –o le dice a sus intérpretes utilitarios– “tengo una posición determinada como marxista. No todos los marxistas piensan igual que yo. Esto lo podría decir todo profesor al comenzar su curso de marxismo, pero, lamentablemente, no es lo usual. Creo que algunos no lo saben, a otros no les parece bien decir algo así, y no faltan quienes creen que solo son marxistas los que piensan como ellos”.
 


 

Me detengo ahora en el trabajo de Rebeca Chávez. Como se sabe, las entrevistas (al respecto amplía en este número Rafael Acosta de Arriba en calidad de entrevistado) tienen su dinámica propia, como el testimonio y las cartas; a veces una dinámica más rica que otros tipos de textos. Rebeca se lanza a preguntar por la experiencia vital de Fernando en los sesenta, específicamente por Pensamiento Crítico y el Departamento de Filosofía; y Martínez Heredia, con libertad, menciona nombres, emite juicios y recrea a un tiempo procesos, hechos y actores. No se esconde, como no lo hizo nunca y asume cada palabra con responsabilidad. ¡Y esto se anuncia como parte de un libro! No pude menos, al leerla, que recrear una canción popular del Noro y Primera clase: “¡Si así está la parada, ¡cómo estará la terminal!". A manera de muestra, me quedo con una frase de Fernando en este diálogo sobre aquellos años: “Empezamos a ser criticados por algunas personas del campo revolucionario. Nos encuentran excesivos, demasiado radicales y quizás algo irrespetuosos” .1. Fernando no elimina a “los críticos” (los que les criticaron a ellos) del “campo revolucionario”; 2. Demuestra que a él (y varios de sus compañeros) a los que hoy se puede considerar sin dudas revolucionarios —y han sido legitimados desde perspectivas diversas como tales— les llegaban críticas en nombre de “la Revolución”.

Finalmente, como corresponde a un buen número y una buena revista, hay trabajos que en una primera lectura no he podido “resolver”. Digo que es bueno porque una publicación que no genere cola o saga debía preocuparse. Me ocurre con El intrusismo historiográfico de Fernando, de Oscar Zanetti. En este texto transparente, sincero y fiel a la academia historiográfica, en el que se exponen con amplitud, seriedad y claridad los aportes de Fernando a la historiografía cubana se dice: “Desde luego, cuando se entreteje con la vivencia el juicio histórico siempre resulta controvertido y las interpretaciones, pese a la contundencia factual en que se asientan, son sobre todo propuestas para el debate”. Personalmente, quizás por la libertad que otorga la no pertenencia gremial, prefiero al Trotski del prólogo a Historia de la Revolución rusa: “(…) en épocas de revolución es un poco peligroso asomar la cabeza sobre las murallas” [1]. (para mirar con objetividad desde arriba).

En junio, al morir Fernando, escribí un trabajo de nombre poco afortunado en el que decía: “Fernando merece un texto negativo, que sería un texto en rebeldía. Fernando merece ser interpelado: Pensamiento Crítico no es LA Revista, Fernando no es EL Premio Nacional de Ciencias Sociales, Fernando no es EL historiador, Fernando no es EL Maestro de Juventudes de la Asociación Hermanos Saíz… si nos quedamos con esas cosas, en unos meses se apostillará en el recuerdo algo como un Lord inglés. Entre otras razones, Fernando merece un texto negativo porque uno se queda sin la más puta idea de cómo armar un mapa con lo hecho, con lo vivido. Y en esta Cuba de hoy, donde quedarse sin mapas parece una moda, hay que gritar al menos desde los tres jirones que vienen a la cabeza” [2]. Creo que este dossier de La Gaceta es, en este sentido, un conjunto de textos negativos.

Siendo riguroso, este número es más que el homenaje a Fernando. Sus lectores encontrarán una deliciosa entrevista a Rafael Acosta de Arriba, considerado por Daniel Céspedes (el entrevistador) “uno de los intelectuales cubanos más prolíficos en escrituras y temáticas”. No puedo borrar el recuerdo de mis primeras clases como profesor de historia del preuniversitario y la manera en que, para hablar de Céspedes, acudía a “La Revolución de Yara” de Figueredo y “Los silencios quebrados de San Lorenzo” de Rafael Acosta. Sobre su pasión cespediana y las miradas e indagaciones historiográficas recientes sobre el Padre de la Patria se conversa aquí; como también de la crítica de arte, la curaduría y las investigaciones de Acosta acerca del Congreso Cultural de La Habana que se realizó en 1968. Este es un trabajo que no se desconecta del eje de la revista, como se ilustra en palabras del investigador titular del instituto Juan Marinello: “La crítica se basa en la duda y se alimenta de la polémica, por eso y por su carácter incisivo, suele ser tan molesta, sobre todo para el blanco de sus dardos y más en un paisaje letrado (el nuestro) en el que impera el axioma de: «No se te ocurra tocarme ni con el pétalo de una rosa»”.

Menciono finalmente el díptico que conforman Al rescate de Leonardo de Graziella Pogolotti y Julio Antonio Mella de Leonardo Fernández Sánchez. Como señala Graziella, Leonardo —cuya talla y papel verdadero “habrán de valorarse cuando emerjan de los archivos los testimonios de su quehacer periodístico”— nos entrega a un Mella vivo, “una figura atlética, gallarda, saco verde y pantalón de franela, zapatos de dos tonos, fuerte el mentón voluntarioso, alta y poderosa la cabeza, luminosos los ojos, sobre los que llamea la melena rebelde”. Precisamente Mella, fue puerto y despegue para Fernando Martínez Heredia.

Reitero mis disculpas por las omisiones. Les sugiero completo, de principio a fin, este número de La Gaceta. Considero, volviendo a los cuentos de Fernando, que constituye un material que sobresale, “una punta de fusil que sobresale del bulto de la sombra”.     

 

Notas:   
 
[1] León Trotski. Historia de la Revolución rusa. Tomo 1. Ruedo ibérico, 1972. p. 5
[2] Fernando Luis Rojas. Fernando Martínez y la jamonada en salsa. En https://medium.com/la-tiza/fernando-mart%C3%ADnez-y-la-jamonada-en-salsa-f1ce8ff70f01