Un Drake que no era Francis navegó por el río Sagua

A principios de los años 40 del siglo XIX, Sagua La Grande había pasado de ser “una tosca villa de los confines” a un pueblo floreciente gracias a las ricas y productivas haciendas que prosperaban a lo largo del río del mismo nombre.

Una de tales haciendas era propiedad de la familia Drake, de la rama anglo-cubana de James Drake, un británico llegado a la isla caribeña en las últimas décadas del siglo XVIII.

Negociante astuto, James Drake, quien al parecer nada tenía que ver con el famoso pirata inglés Francis Drake, consiguió hacer fortuna y montar en La Habana La Casa de Comercio Drake situada en Oficios No. 7, y que con el tiempo daría origen a firmas tan reconocidas en el Reino Unido como la Kleinwort and Co., LTD.

Drake se mezclaría con criollos como los de la familia Castillo, de vieja prosapia, que además de ilustres pergaminos —marquesado de San Felipe y Santiago—, tenía conexiones no solo con el mundo financiero habanero, sino también con algunos bancos de New Orleans.

Y de aquí que Drake, una vez casado con Carlota del Castillo iniciaba el clan que muchos años después, en la persona de uno de sus descendientes, llamado James Drake Jr., pero más conocido como Santiago Drake, en los mencionados años 40 era propietario de los ingenios azucareros Saratoga y Júcaro, este último muy cerca de Sagua La Grande.

Cuentan algunos que aunque no guardaba parentesco alguno con el viejo Francis, Santiago era “una fiera” para los negocios y tanto sus adversarios como sus socios debían andar ojo avizor.

El Júcaro, dicho sea de paso, se conocía también como Vega de Mar, en razón de que el hermano de Santiago, llamado Carlos, había obtenido el título de conde de Vega Mar, pero como desde 1770 ya existía la familia de los condes de Jaruco y Mompox, los pichones anglo-cubanos evitaron las probables confusiones.

A Santiago le resultaba también atractivo el negocio del transporte y por la época fundó la ruta de transporte de La Habana a Puentes Grandes, entonces «una agradable población de veraneo a unas escasas tres millas del corazón de La Habana».

La línea rutera se componía de coches tirados por seis caballos para dieciséis pasajeros —12 dentro y cuatro al descubierto, con el conductor— y para muchos correligionarios todo no era más que un entretenimiento de Don Santiago para matar el tiempo.

Sin embargo, ante la evidencia del desarrollo de la provincia de Matanzas,  sobretodo de la ciudad de Cárdenas y la propia Sagua, Santiago decidió ahorrarse los dos o tres días que duraba viajar a sus propiedades por infernales caminos o navegar casi el mismo tiempo en pequeños barcos de velas, a los cuales les resultaba harto difícil surcar el curso serpenteante del poco profundo río Sagua.

Para ello compró en 1841 un buque a vapor, de segunda mano, llamado Col. Jewett, construido en Nueva York, con capacidad de 110 toneladas; 100 pies de largo, 20 de ancho y un puntal de bodega de seis pies.

El viaje de traslado cuentan que fue agónico, pues el capitán que lo trajo —llamado John Marschalk— no pudo hacer más de siete nudos por milla, se vio obligado a realizar varias escalas para proveerse de leña y casi estuvo a punto de naufragar.

Ante las críticas mordaces de muchos contemporáneos, el emprendedor descendiente de James Drake, diría: «El barco es un buen barco y ha arribado en perfecto orden, si mis asociados no lo creen así, pueden irse al diablo. El hecho es que yo he pedido el barco enteramente bajo mi responsabilidad y si los hacendados de Sagua no pagan mi precio, lo mantendré como mi yate a vapor».

En carta a un amigo de Nueva York confesaría luego con cierto realismo: «…mañana el Jewett será  hecho súbdito de su majestad católica, bajo el nombre de Jején. Le he dado ese nombre para ver si, por el bien de su homónimo, estos pequeños insectos que campean y abundan en Sagua, respetarían a los pasajeros a bordo de su tocayo».

Diez años anduvo el Jején dando tumbos por la aguas —dulces y saladas—aledañas a la zona norte de la actual provincia de Matanzas, pero al cabo de dos lustros terminaría la aventura de Santiago Drake y el Jején, pues según cuentan a finales de 1853, un hermoso vapor llamado Veloz-Cayero [1], reemplazaría al viejo y peligroso barquito.

Para la fecha Santiago se encontraba “navegando” en las sociedades europeas hasta morir en Francia en 1871.

 

Nota:
  1. Tenía el Veloz-Cayero 25 pies, más largo que el Jején, pero con los mismos seis pies de calado en razón del poco fondo del río Sagua. En cambio el nuevo vapor podía  hacer 12 millas por hora. Fuente: Historia de la villa de Sagua la Grande y su jurisdicción,  de Antonio Miguel Alcover, citado por Roland T. Ely en su libro Comerciantes Cubanos del siglo XIX, Editorial Librería Martí, 1960.