Un cĂ­clope sobre el tejado

Era el cubano más feo que ojos humanos habían visto, pero tenía la más completa colección de objetos usados por Severo Sarduy durante su estancia en La Habana.

Aquella fue una temporada de fructuosa germinación del autor de Escrito sobre un cuerpo. Le insinué una compra sin límites, un negocio de ganancias mutuas, yo a casa con lo de Severo, él acopiaría mis ofertas:

1.    Yo tenía mil dólares (en realidad, casi mil cien).

2.    Una piedra del lugar donde mataron a Martí (la piedra era enigmática por el baño de colores, colores ofuscados, tímidos).

3.    Un esbozo de un pequeño cuadro de un pintor que deslumbraría las Artes Plásticas en América: todos los que comienzan podrían serlo.

4.    Una cuchara con la que comieron, según mi padre, varios rebeldes de la Sierra Maestra.

5.    Un bolígrafo regalado por Guillermo Rosales.

6.    Un ejemplar de la edición original, y única, de Costumbres de los forajidos de Andalucía, publicado en 1821.

7.    Una carta escrita por mi primera novia.

8.    Unos cuantos maravedís.

9.    A mi hermana, que hacía sacrificios innombrables por mí, para complacer mis devaneos literarios, mis caprichos de enfantenragé, aún, y a costa, del cubano más feo que ojos humanos habían visto.

El hombre  no se inclinaba ante lucros así. Yo daba una vuelta para retrasar mis trampas, pero él resistía, firme, y en el preludio a rechazar acosos y embestidas de cualquier magnitud. Yo ofertaba además:

1.    La revelación del sitio exacto donde yacía la tumba de Hart Crane, en el Cementerio de los Americanos, en Nueva Gerona.

2.    Una foto de mi hermana (me decidí por una en que luce más atractiva, sin que lo fuera, porque no estoy aturdido para asegurar o declarar, sin ningún tipo de ondulación, la belleza de mi hermana) desayunando tostadas y café en el frío de Bucarest, 1987.

3.    Un libro que escribí como homenaje a Borges. Yo quería llamarlo Borges en la jaula del tigre (era eso: la interconexión entre el argentino y la cultura inglesa, la de Blake, Byron, Chesterton...), pero el título me parecía demasiado rústico.

4.    Un sable de guerra que me regaló mi abuelo (cuando ya sabía que iba a morirse y entendiendo que en la familia yo me convertía en el único con intereses hacia un artefacto así) y que, por confidencias lejanas, perteneció al ayudante del general español Martínez Campos.

5.    Una chuleta frita de cerdo (o una chuleta de cerdo frito, impongo las dos variantes, previendo que, a pesar de todo, para formas culinarias, hay que andar bien atinado), rebosada y surtida con cebollas, camarones y mayonesa. Mi madre prepara este plato con unas exquisiteces dignas del glamour de la alta cocina.

           Me aproveché de la situación y lo invité a casa.

           –Severo es una cara del peor instinto comercializador, lo vendemos y lo compramos, ¿por qué?

          Como yo quería impresionarlo, dejaba caer frases que parecieran bombas, y no explotaban.

          –Pero por qué esa obsesión con unas pertenencias que hasta el mismo Severo Sarduy se arrepentiría de ellas.

          ¿Vicio? ¿Capricho? ¿Entretenimiento? Mi hermana haría el resto. Y cuando deduje tal patraña, mi corazón comenzó a latir con intensidad.

           Se fueron a un hotel. Se acostaron y él no obsequió ni un simple papel con la firma de Severo.

           Mi hermana deflagraba como una hiena hambrienta. No sólo era el cubano más feo que ojos humanos habían visto, sino un ser infame, una lacra.

          Necesitaba poco escándalo, cero vapores. A comerme las entrañas en silencio. Me encontré un aliado vehemente, siempre a la deriva de negocios donde la calamidad fuese boleto de entrada. No conoció a Severo Sarduy, no quiso leer un solo libro suyo, pero se atrevió a montar la travesía de un tripulante devoto del escritor camagüeyano. Y así, este fan idiotizado poseía “tesoros” que ni los amigos más cercanos del escritor ni su poca y desperdigada familia poseían, y, para comprimir mi envidia y aderezarme a sus gustos, a la vista y a oídos, del cubano más feo que ojos humanos habían visto, y para que cediera de una vez, me enumeró:

1-    Una foto en la que Severo Sarduy lee un libro de Cintio Vitier (Severo deslinda  resueltas oposiciones sobre la cubanidad poética esgrimida por Cintio en su más conocida obra, y afirma una especie de “literatura en cubano”: tal foto procuraba otro rango de opulencia). El rostro de Severo es profundo, de meditación extrema, del libro no se distingue el título, sólo el nombre de su autor, o más bien, el nombre y el inicio del primer apellido. Por el grosor, tal vez, se trate de Crítica sucesiva.

2-    Una máquina de escribir con la que, probablemente, desembarcó en París hacia mil novecientos sesenta. De las teclas de esa máquina, es muy probable hayan salido libros de donosura magna como Mood Índigo, La simulación, y Cocuyo.

3-    Un manuscrito inédito, un cuento tal vez, y el “tal vez” se impone, porque en Severo los géneros se cruzan, se nutren entre sí: sucede en De dónde son los cantantes, en Maitreya, y en Daiquiri. De algo sí uno está seguro: la pertenencia a este autor está fuera de dudas: es una historia pulsada por sus acordes hedonistas, un cruce de escrituras aparentemente despilfarradas, en suntuoso carnaval, o en simulacro de ese carnaval.

4-    La copia de una carta escrita por Severo a Roland Barthes, donde, entre mucho más, le plantea que Derrida lo llena menos después de cada lectura.

5-    Un cepillo de dientes que usó alguna vez y que tenía inscripto en la parte posterior “Para L”. ¿Quién es L? ¿Lezama Lima (su adoración por esos cuerpos de lenguajes mestizos, neobarrocos, creados por el autor de Paradiso)? ¿Lacan (uno de los dilectos hieráticos, también figura muy próxima a su amado François Wahl)? ¿Luis Goytisolo, hermano de su gran amigo Juan Goytisolo? Poco importa, nada más ordinario que intentar desentrañar enigmas que tal vez no lo son.

7- Unos cuantos comprobantes de los boletos utilizados por el escritor en viajes a Nantes, Roma, Londres y Buenos Aires.

El cubano más feo que ojos humanos hayan visto no se removió siquiera. Una muralla de Tenochtitlán no soportaría.

     –A él no le gustan las desventajas ––creyó mi aliado.

     –No, lo que yo pienso es distinto. Intuye que llegará el día en que surja la “severomanía”, como la “lennomanía”.

     –Permíteme negarlo. Eso es lo que harían casi todos, lo que, es probable, quieras hacer tú, él no, él es una excepción. Y no lo creas tonto, porque jamás ha dejado de demostrar que no tenga el lobo en su encierro.

      – ¿Y qué hacer?

      –Renunciar. O buscarle una debilidad, debe tenerla, aunque bien escondida. También hay métodos más rudos, pero yo no soy optimista con ellos.

Se me ocurría algo que era confuso aún. Me quedan siempre graves deudas al principio de mis impulsos, pero los destrozos en mi ánimo me obligan a actuar.

Un viejo amante de mi hermana, de visita en el país, francés, sesentón, se haría pasar por François Wahl, la pareja sentimental de Severo Sarduy por más de treinta años. En realidad, él (y lo conocía con fijeza) se hacía pasar por disímiles personajes, todos franceses, desde un atolondrado viajante de comercio hasta Claude Chabrol, en un festival de cine; así que la representación se convertía en un lúcido ejercicio de  sus capacidades caricaturescas. Después, los objetivos, las estrategias, todo se cumpliría sin menospreciar un detalle.

Una cuestión afectiva puede deshacer hasta las piedras. Más si el ilustre  François Wahl busca recuerdos de su entrañable partenaire, para acercarse a esas memorias extraviadas, en el intento de recobrar cada minuto del aire de su ser amado, pero, dispuesto ya en una accesible zona de encuentros, a atestiguar esos entes como falsos, algo como “Severo jamás tuvo un traje así, odiaba ese color, era muy impávido para los colores”, o “en una carta a La Quinzaine Littéraire replica los detalles de ese documento que usted posee”. Y así, demeritando, gota a gota, fragmento a fragmento, hasta desmesurar la legitimidad de las pertenencias del cubano más feo que ojos humanos habían visto.

El viejo amante de mi hermana cumplió su misión. El resultado final no fue lo halagüeño que yo pretendía. El cubano más feo que ojos humanos habían visto, molesto, iracundo, terriblemente decepcionado, alquiló un bote, una lancha, una pequeña embarcación (el dato es impreciso y, además, poco importante) y se fue mar adentro. Había sol fuerte esa mañana, se encasquetó una gorra, llevaba consigo una botella de whisky, y en la acendrada corriente que buscaba el soplo del país, lanzó aquellas fruslerías que el destino y un embaucador de monta menor le habían hecho creer que pertenecían al egregio Severo Sarduy, su ídolo, nuestro ídolo.

En el mar estarán mejor, en el fondo del mar, pensó con tristeza el cubano más feo que ojos humanos habían visto, y eso reafirmé yo, cuando supe la noticia, con el riesgo de tantos detalles imprecisos.

 

Tomado de Cubaliteraria

 

FICHA

Carlos A. Esquivel Guerra (Elia, 1968) Poeta y narrador. Ha publicado los libros Perros ladrándole a Dios (1999, Premio a la mejor Ópera Prima del año en Cuba), Tren de Oriente (México, 2001), Los animales del cuerpo (2001), El boulevard de los Capuchinos (2003), Bala de Cañón (2006), Matando a los pieles rojas (2008), Los hijos del kamikaze (2008), Cuarteaduras (2013), Hablando mal de los otros (2013) y Once (2014).