Tres espectáculos
Fotos: Claudio Sotolongo
 

El árbol blanco: corpus de un sueño

Un pequeño príncipe, hijo de reyes tiranos, tiene un sueño del cual solo recuerda versos sobre las bondades que traerá el nacimiento del árbol blanco. Su sueño es su acto de fe. Fuera del palacio se afilan las armas para la revolución del pueblo. Nuestro príncipe es ajeno a la condición de miseria en tanto cree en la existencia de un árbol que, cual fuente de la vida, sirve de bálsamo a los padecimientos humanos.

Nuestro príncipe es ajeno a la condición de miseria en tanto cree en la existencia de un árbol que, cual fuente de la vida, sirve de bálsamo a los padecimientos humanos.El árbol blanco es el último estreno de Retablos, una obra de fábula en la cual la acción dramática se dilata hasta la inmovilidad. Recurre a la acumulación de sucesos para provocar la progresión, pero el mayor acierto en la historia radica en la reiteración del sueño del príncipe. Nada importa más que el sueño: si fracasa o se cumple; y alrededor de él danzan muñecos y actores. Cuando el actor que manipula al príncipe mueve al muñeco de forma tal que pasa a primer plano el acto de transmisión de la vida y no el resultado titiritero, estamos cerca de construir el camino del recuerdo: se establece el diálogo con el recuerdo que tiene el príncipe de su sueño, donde las palabras pueden olvidarse porque en el cuerpo del personaje se ha escrito el crecimiento del árbol y sus milagros.


El árbol blanco, proyecto Retablos
 

La poética del director se manifiesta en lo grotesco, pero más aún en lo que pudiera llamar técnicas de relación: títeres de distintas dimensiones y vestuarios se emplean para representar un mismo personaje; la perspectiva se transforma en la medida en que los objetos escenográficos se revelan; el imaginario del mundo al cual recurre plagado de zonas oscuras, coreografiadas sobre el filo de una navaja. Su poética vuelve a traer la exposición del sufrimiento, el martirio, y las vertientes de la ironía o la trascendencia que bien pueden ir de la mano. Seres humanoides, surreales, con almas despiadadas, nos sumen en la pálida sombra que emite el reflejo de un grabado de Goya.

La presencia de dos lenguajes en extremo diferentes (el del príncipe y el de aquellos que le rodean) quizá sea una de las causas que ralentiza el espectáculo, aunque la atención se desplaza fuertemente a los personajes de la monja y los leprosos por el contenido filosófico y humano que debaten.

En este hecho escénico el espectador tiene que buscar por sí mismo la forma de entretenerse, y se llama la atención sobre el regreso al pasado y las formas de vivir en el presente.¿Acaso no es lento el tiempo cuando asistimos al surgimiento de una pasión?

En cofre de plata
Se anuncia como Historias bien guardadas, un perfomance teatral para pequeños públicos presentado por La Salamandra (Cuba). En un pequeñísimo espacio de la ACAA, durante media hora, dos actrices proponen a los siete participantes un muestrario del pasado. Un pasado que se sitúa entre los años 20 y 40 en nuestra Habana. El tiempo se construye mezclando fotografías, dedicatorias, cartas, un teatrino, cofres, canciones… elementos que han perdurado y se disponen a través de la curaduría de un museo íntimo.

En este hecho escénico el espectador tiene que buscar por sí mismo la forma de entretenerse, y se llama la atención sobre el regreso al pasado y las formas de vivir en el presente. ¿Se trata de conocer a nuestros antepasados? ¿Añorar un estilo de vida? ¿Acercarse a aquellos años a partir de las cosas bellas que pudieron habernos contado? ¿De qué forma se puede resumir la vida o contar otra época? ¿Acaso podemos conocer los días pasados?

Los motivos de los príncipes son allí como un beso que se deja caer en la noche sobre los ojos del amante, único y tal vez solo comprensible para los seres que han fundado juntos.No debe tratarse de conocer la historia en su totalidad; quizá de que la curiosidad surja, incomode, indague en aquello que fue de los que estuvieron, de los que hablan del presente y dicen “antes no era así…”.

Historias bien guardadas invita a participar en la arqueología de la vida propia, pero a la vez el espectador tiene todo el derecho de exigir que el proceso continúe, y quizá algunos queden con el deseo de encontrar otro día su sitio ante el teatrino.

No hay que temerle a la tristeza
Una bella charla ofreció Rubén Darío Salazar justo antes del comienzo de la primera función de Los dos príncipes en la Sala Pepe Camejo. Las razones de la voluntad, la espera de un hecho añorado, el respeto por la poesía y el azar, impregnaban su aliento. Contó una anécdota sobre una pregunta que hizo un niño de cuatro años al salir de una función: ¿por qué los padres no salvaron a sus hijos?, y en breve la mente de este pequeño, que podía creer en los poderes sin límites de los padres, era la interrogante para acompañar a un espectador durante el espectáculo.


Los dos príncipes, Teatro de Las Estaciones
 

Los motivos de los príncipes son allí como un beso que se deja caer en la noche sobre los ojos del amante, único y tal vez solo comprensible para los seres que han fundado juntos. Con música barroca, composiciones para fiestas sacras y abiertas al gozo del alma, nos adentramos en un mundo que se revela en fábula, verso y especialmente en luces y sombras.

La evocación, cualidad martiana de amar las cosas desde la ausencia de las cosas, dirige la mirada en momentos de silencio y oscuridad durante esta coreografía.Las sombras, los colores, las formas planas insinuando fotografías guardadas con celo, las lucecillas como luciérnagas depositadas bajo las casas, sobre los muñecos, dentro de los elementos cual espíritus elevándose en la noche, están para redescubrir allí el poema de José Martí. Se cuenta otra historia de los dos príncipes: qué pudo haber sucedido antes de los hechos que se presentan en el poema original. Estos príncipes se conocen, se toman de las manos, conversan, y hablan también los reyes y los pastores.

Como las indagaciones que propone el espectáculo sobre el poema de Martí, el teatro de sombras brota con frescura en los más disímiles lugares: en cuadros que portan su propia luz; en los signos del bosque; en objetos y muñecos que con el reflejo construyen la perspectiva, el camino y la metáfora. La obra permite la convivencia de actores, muñecos y sombras, todos personajes, fuerzas motoras del relato, entes que anuncian el acercamiento a las cuestiones del alma y el reconocimiento de los padres como seres semejantes. La evocación, cualidad martiana de amar las cosas desde la ausencia de las cosas, dirige la mirada en momentos de silencio y oscuridad durante esta coreografía. La historia, como espejo, se quiebra, y desde su fragmentación relata el deseo de huir para permanecer. Esta forma de morir remite a los amantes que encuentran el retiro en los templos o en el doble suicidio, como en los relatos de Saikaku.

Ante el réquiem pienso en alguien que al hablar de la muerte lloraba, se le quebraba la voz. Decía que todos fueron al entierro, y era el entierro más lindo del mundo.