Trazas indelebles de “el otro cine” en el Festival de Toronto

A lo largo de cinco años he cubierto periodísticamente, para la revista cultural La Jiribilla, el Festival Internacional de cine de Toronto. Nunca como este septiembre percibí el arrinconamiento de la diversidad cultural a causa del despliegue mediático de las alfombras rojas y las mega stars de Hollywood. Aunque hubo representación audiovisual de más de ochenta naciones, cada vez se vuelve más difícil comprender la vocación ecumenista y panorámica del evento, si el periodista se deja llevar por los ecos en la inmensa mayoría de los medios audiovisuales y escritos, en Canadá y Estados Unidos, a pesar de las más de trescientas obras provenientes de los cinco continentes que se exhibieron a lo largo de once días. Porque, de acuerdo con la “gran prensa”, el Festival de Toronto funciona, mayormente, como una suerte de antesala del Oscar, o vitrina de seducción para productores y exhibidores ávidos de penetrar en el mercado audiovisual de Norteamérica, el más grande del mundo.

A pesar de las apariencias, el Festival propone una inabarcable cantidad de filmes significativos, hablados en los más diversos idiomas, y producidos en las más distantes latitudes, aunque sea Hollywood y sus sacristanes anglosajones quienes concentren la mayor atención de los medios y de la prensa especializada, a tal punto que muchos persiguen en exclusiva las producciones habladas en inglés solo para tratar de predecir los rumbos del negocio y el prestigio, es decir, cuál será el reparto de las estatuillas doradas. Por solo poner un par de ejemplos: 12 años de esclavitud (2013) o Spotlight (2015) triunfaron en el festival canadiense antes de ser reconocidas con el Oscar, y ahora todo el mundo supone que seguirá funcionando de esa manera.  

Este año el Festival se inauguró con el prescindible remake de Los siete magníficos, remake, a su vez, de la japonesa Los siete samuráis. A partir de ese primer día, se sucedieron las grandes o pequeñas producciones norteamericanas, y la mayor parte de las reseñas o noticias sobre el Festival comentaban los aplausos, las pasarelas, las críticas positivas y las ruedas de prensa de varios filmes con sello hollywoodense. Incontables titulares se dedicaron al musical La LaLand, de Damien Chazelle, y algunos le vaticinan desde ya el triunfo en el Oscar. Además, provocaron incontenible alharaca mediática El nacimiento de una nación, Moonlight y Loving, que trataban de acallar las protestas de quienes acusan al cine norteamericano de racista; el drama filial Nocturnal Animals, de Tom Ford; el fantástico A Monster Calls, del español J. A. Bayona, que está haciendo cine hablado en inglés, y la ciencia ficción Arrival, del quebequense Denis Villeneuve, quien desde hace cuatro o cinco años trabaja con las grandes estrellas norteamericanas.

El lema del Festival este año ha sido "infinitas miradas" (Infinite Views), que quiere reconocer el espíritu diverso de un Festival inabarcable, cuya inmensa maquinaria restringe a las mejores películas realizadas lejos de Norteamérica o de algunos países de Europa, a una zona, cuando mucho, de mediana notoriedad, si se las compara con los privilegios y alabanzas que reciben los anglohablantes. Así, el Festival de Toronto simplemente refleja las preferencias y parcialidades que construyen la industria y los mercados del cine, aunque el evento prometa, y de alguna manera garantice, año tras año, diversidad y calidad. La promesa se cumple parcialmente, mientras la revista Hollywood Reporter es la encargada de cubrir en detalle el diario acontecer del festival, y en los medios no especializados, por lo menos, nueve de cada diez noticias hablan solamente de las pasarelas por donde posaron Ryan Gosling y Emma Stone (La LaLand), Leonardo DiCaprio y Rachel Weisz (Before the Flood), Amy Adams y Jeremy Renner (Arrival), Nicole Kidman y Rooney Mara (Lion), Joseph Gordon Lewis por Snowden, y Natalie Portman por Planetarium. De modo que nadie es culpable de ignorancia si considera que el glamour y el ademán histriónico constituyeron el centro de un festival donde aguardaban, con escasa divulgación, muchas otras facetas de interés.

Aportes de la vieja y pontificada Europa…

Las grandes cinematografías europeas tuvieron una representación bastante extensiva, con natural acento en Francia y Reino Unido. El cine galo envió algunos de sus “pesos pesados” clasificables dentro del cine de autor como La muchacha desconocida (coproducción con Bélgica y décima codirección de los célebres Luc y Jean-Pierre Dardenne); Hermosos días de Aranjuez (coproducción con Alemania que marca el reencuentro de Wim Wenders con su etapa estática y verbalista); Benoit Jacquot en Nunca jamás cuenta la historia de un cineasta deslumbrado por una desinhibida artista performática; brillante ensamble de actores franceses (Gaspard Ulliel, Nathalie Baye, Marion Cotillard, Vincent Cassel y Lea Seydoux) lleva Juste la fin du monde, la más reciente película del enfant terrible del cine canadiense, Xavier Dolan; en tanto Elle significa el primer filme hablado en la lengua de Molière, del holandés Paul Verhoeven (Soldado de naranja, Robocop, Instinto básico), y fue tildado de machista y misógino por su trama convencional de thriller vengativo sobre una mujer (Isabelle Huppert) que se empodera en el dominio de las armas y la defensa personal con tal de castigar a quien la violó.

El también francés Olivier Assayas está empeñado en presentar como una gran actriz dramática a la estadounidense Kristen Stewart y juntos trabajaron en Personal Shopper, que continúa la anterior colaboración entre ambos: Clouds of Sils Maria. Al igual que Assayas, también trabajan el intimismo femenino Rebeca Zlotowski con Planetarium, protagonizada por la omnipresente Natalie Portman, y Emmanuelle Bercot con La fille de Brest, mientras que el cine galo también continuó su tendencia reciente al extremismo naturalista con Crudo, escrita y dirigida por Julia Ducoournau, y ganadora del Premio de la Crítica en el Festival de Cannes en mayo pasado. El filme muestra la historia de una muchacha vegetariana quien se convierte al canibalismo. Las escenas de gran violencia explícita causaron tal impacto en algunos espectadores que fue preciso asistir con ambulancias y personal médico a varios que vomitaban o se desmayaron durante la proyección.

Los británicos brillaron con filmes dirigidos por mujeres (más del 30% del cine visto en Toronto entraba en esta categoría) y destacaron en el grupo A United Kingdom (Amma Asante); Their Finest (Lone Scherfig); mientras el irlandés Jim Sheridan contribuía con La escritura secreta a los nuevos elogios que provocaron los respectivos talentos de la jovencita Rooney Mara y la veterana Vanessa Redgrave. El veterano Terence Davies y el debutante William Oldroyd contribuían a las nobles tradiciones del filme de época, el primero con A Quiet Passion, biografía de la poetisa Emily Dickinson, y Oldroyd adaptaba a la Inglaterra victoriana una obra de teatro rusa de Nikolai Leskov, Lady Macbeth.

El equipo británico detrás de El discurso del rey, generó ahora la película australiana Lion, inspirada en la historia real de un niño indio adoptado que se obsesiona con encontrar a su familia biológica. En su primer largometraje, Garth Davis adaptó la autobiografía de Saroo Brierley A long way home, contó con un elenco conformado por su compatriota Nicole Kidman, Dev Patel (Slumdog Millionnaire) y Rooney Mara (Carol), y consiguió una de las mayores ovaciones del Festival por lo conmovedor de un relato extraordinario.

También de Irlanda llegó el director y guionista Terry George, siempre atraído por la historia contemporánea, como demuestran su guión En el nombre del padre y su ópera prima Hotel Ruanda. En La promesa, recrea los últimos días del Imperio Otomano y el genocidio armenio de 1915. De sagaz mirada para elegir a sus actores, George eligió a Oscar Isaac, quien interpreta a un joven armenio que migra a Constantinopla para estudiar medicina, y a Christian Bale, en el papel de un periodista estadounidense afincado en la ciudad. Por encima de las circunstancias políticas, George decide abordar el espíritu de supervivencia y la exuberancia de la vida a través de estos dos hombres, enfrentados en la conquista del amor de una bella joven armenia educada en París (Charlotte Le Bon).

En cuanto al cine proveniente de otros países europeos, continuaron marcando el paso los rumanos (Sieranevada, de Cristi Puiu; Graduación, de Cristian Mungiu), colocados entre lo más realista y convincente, y menos comentado del Festival. Al lado, aparecieron joyas provenientes de este o aquel país, como la búlgara Sin dios (Ralitza Petrova), que recuerda los tiempos de la inquietud moral en el cine de Europa del Este; el bosnio Danis Tanovic vuelve a las primeras planas con Muerte en Sarajevo, laureado en el festival de Berlín gracias al rigor de su coralidad y lo afacetado de su inserción en el impacto de la historia en la Europa contemporánea; y la polaca Powidoki trae de vuelta al sorprendentemente lúcido nonagenario Andrzej Wajda.

La rusa El duelista es una impresionante reconstrucción de época sobre el San Petersburgo decimonónico, mientras que la española Julieta prefiere pulsar los registros del estremecedor melodrama maternal, a lo Pedro Almodóvar; la austriaca Safari significa un nuevo aporte a la controversia y la inconformidad de Ulrich Seidl; la danesa La comuna (Thomas Vinterberg) reexamina los años setenta con su liberalidad sexual, y la islandesa Eidurinn prefiere las claves del thriller, con alto sentido del suspenso, dirigido por Baltasar Kormakur.

Renovaciones provenientes de Asia, África y Medio Oriente

Aparte de la impresionante representación japonesa, entre los filmes más aplaudidos por los críticos y especialistas se encontraba el chino Yo no soy Madame Bovary, que el realizador Feng Xiaogang consagra al talento de la actriz Fan Bingbing, en la estremecedora odisea de una mujer por lograr su divorcio. También se concentra en torno a su actor principal, Chen Gang, Vieja piedra, de Johnny Ma, quien construye el elogio a la honradez y la solidaridad en un contexto dominado por el individualismo y la ambición. El elogiado Zhang Yang optó por cronicar el encuentro entre las culturas china y tibetana en Alma en la cuerda.

A la altura de las más significativas, variadas y convincentes cinematografías del mundo estuvo Sudcorea a través de, por lo menos, cinco filmes: La manicura, de Park Chan-Wook; La edad de las sombras, de Kim Jee-Woon; Asura: la ciudad de la locura, de Kim Sung-Soo; Tú y lo tuyo, de Hong Sang-Soo, y La red, de Kim Ki-Duk. La manicura trasplanta una exitosa novela victoriana de Sarah Waters a la Corea ocupada por Japón en los años treinta, mediante un thriller erótico y romántico, que nunca deja de lado las características inherentes al drama histórico. Más o menos en el mismo periodo se ambienta La edad de las sombras, pero trabaja los códigos del cine de espionaje para relatar una historia de amistad y venganza.

Cine criminal y denuncia de la corrupción es la contemporánea Asura: la ciudad de la locura, mientras que Tú y lo tuyo es una joya del intimismo autoral que se mueve fluidamente entre lo imaginario y lo real, para explorar la obsesión y las inseguridades que suele despertar el amor. Sepan los fanáticos cubanos de Kim Ki-Duk que en Corea hay muchos otros autores meritorios, aunque él siga siendo uno de los más provocativos. Su nueva película, La red, explora lo que significa ser coreano y las consecuencias de la división del país.

El maestro indio Adoor Gopalakrishnan presentó, como le corresponde, en la sección Masters, Una vez más, historia de amor, sacrificio y crimen, que compartió espacios con Anatomía de violencia, dirigida por la india asentada en Canadá Deepa Mehta, quien relata la terrible violación y golpiza a dos mujeres en plena calle. El serbio Goran Paskaljevic le entrega al famoso actor indio Victor Banerjee Tierra de dioses, en la cual el personaje regresa a su villa natal en el Himalaya, luego de 40 años de ausencia. 

En paralelo, Ma’Rosa, del brillante cineasta filipino, valga la redundancia, Brillante Mendoza, también presenta un personaje femenino en un marco de violencia, corrupción y crimen, vinculado con la cruzada gubernamental contra las drogas. El vendedor, de Asghar Farhadi (La separación), intenta sostener el tremendo prestigio mundial del cine iraní a partir de un retrato de la violencia barrial en relación con las tensiones domésticas.

Entre nosotras representa el debut en el largometraje de la directora israelí Maysaloun Hamoud, y Benditos beneficios, del jordano Mahmoud al Massad. Ella se aproxima a la realidad de las mujeres palestinas que viven en Israel, aunque se aparta de la visión polarizada del conflicto, pues prefiere denunciar el sexismo nacional, ya sea de matriz hebrea, cristiana o musulmana. Al Massad redacta en imágenes una comedia coral, masculina, sobre un país dominado por ineficiente burocracia. El trabajo de ambos debutantes se sitúa a similar altura que Claroscuro, de la consagrada cineasta turca Yesim Ustaoglu, quien le aplica femenina perspectiva a sus temas habituales de la alienación y el ansia de escape.

Auténticas rarezas, capaces de informar al mundo sobre realidades terribles eludidas por los grandes medios de comunicación, resultaron La reina de Katwe (Sudáfrica, Mira Nair), inspirada en el personaje real de una niña que vivió en la Uganda rural e intentó convertir en realidad su sueño de transformarse en campeona de ajedrez; Cuerpos extranjeros (Túnez, Raja Amari); Hissein Habré, una tragedia de Chad (Mahamat-Salen Haroun); Corrientes, pastos y caras lindas (Egipto, Yousry Nasrallah) y Kati Kati (Kenia, Mbithi Masya).

Una de las principales secciones del Festival, llamada City to City, trajo a Toronto la emergencia del cine nigeriano, que en los últimos veinte años constituye entretenimiento principal de millones de africanos en el continente y en la diáspora. Se programaron ocho estrenos mundiales entre los cuales se cuenta La fiesta de matrimonio, de Kemi Adetiba; 93 días, dirigida por Steve Gukas, y La ley de Okafor, secuela del taquillerazo Esposas en huelga.

Finalmente… América Latina

El jurado de la sección Plataforma premió la biografía de producción británica Jackie, dirigida por el chileno Pablo Larraín, y que presenta un devastador retrato de Jacqueline Bouvier en los días previos y posteriores al asesinato de John F. Kennedy. Natalie Portman personifica a la viuda del presidente y el filme significa la primera incursión de Larraín en el cine anglosajón. El chileno gozó de un raro privilegio: presentar dos películas en la misma edición del Festival de Toronto. También se exhibió Neruda, atípica biografía del célebre poeta, y candidata al Oscar por Chile. De este país también procedía Jesús (Fernando Guzzoni), sobre un adolescente sumergido en la inercia, que pierde el tiempo metiéndose en problemas junto con sus amigos.

El mexicano Amat Escalante ganó el León de Plata a la mejor dirección en la Muestra de Cine de Venecia por La región salvaje, protagonizada por actores no profesionales, y que aborda críticamente temas tan incómodos como el machismo y la violencia en ambientes sórdidos e inmorales. También fueron exhibidas, por México, dos películas dirigidas por mujeres: La caja vacía, con la actuación y dirección de Claudia Sainte-Luce, confirmada ahora entre los talentos emergentes de Latinoamérica, y Tamara y la Catarina (de Lucía Carreras), sobre la solidaridad y la camaradería entre dos mujeres en puntos opuestos de la existencia. 

El cine brasileño conquistó elogios con Aquarius (Kleber Mendonca Filho), con la presencia de la incombustible Sonia Braga; mientras que la sección más exclusivista e intelectual del Festival, Wavelengths, seleccionó la coproducción con Portugal El ornitólogo, dirigida por Joao Pedro Rodrigues, uno de los filmes más atrevidos en términos de estética visual de todo lo visto en el Festival. El alemán Werner Herzog se interesó por las relaciones conflictivas entre los seres humanos y la naturaleza en Sal y fuego, rodada en Bolivia con un reparto internacional que incluye a Michael Shannon, Verónica Ferres y Gael García Bernal.

Argentina y Colombia se vieron representadas por sendas tríadas. La embajada del país gaucho incluyó la celebrada Hermia y Helena (Matías Piñeiro), una vuelta de tuerca respecto a los caracteres creados por Shakespeare en Sueño de una noche de verano, además de El auge del humano (Eduardo Williams) y Los decentes (Lukas Valenta Rinner); mientras que los tres filmes colombianos exhibidos fueron Pariente (Iván D. Gaona), X Quinientos (Juan Andrés Arango) y La mujer del animal, en la cual Víctor Gaviria (La vendedora de rosas, Sumas y restas) aporta otras imágenes naturalistas sobre los bajos fondos de su Medellín natal.

En coproducción con Colombia se realizó la cubana Santa y Andrés, segundo largometraje de ficción de Carlos Lechuga, muy celebrado por su anterior Melaza, y concentrado ahora en revisitar ciertas intolerancias de los años ochenta. Cuba estuvo también presente en Toronto mediante el documental The Rolling Stones Olé Olé Olé!: A Trip Across Latin America, una de las grandes atracciones del Festival, y que muestra la gira de la mitológica banda, con insistencia en el concierto en la Ciudad Deportiva.